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EL PERIÓDICO
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Economía de casino


Llevamos ya varias décadas viviendo peligrosamente. Desde los años noventa en los que se impuso la desregulación del sector financiero, este dejó de ser un instrumento al servicio de la economía para convertirse él mismo en un sector económico. Y no una actividad cualquiera, sino en la más importante y trascendente. Ligado a esto, el dinero dejó de ser un depositario de valor para convertirse en una mercancía con la que poder especular, mientras cualquier operación de crédito no hacía sino crearlo en abundancia.

Quedó atrás la vieja noción de una economía productiva que era la base de la riqueza económica, constituida por actividades industriales o de servicios que creaban valor, con un sector financiero necesario para asegurar los flujos de dinero y los sistemas de pago pero que no añadía valor. Se construyó una realidad en la que no se trataba de disponer de activos o crearlos, sino de utilizarlos como depositarios de apuestas. La riqueza financiera -que en realidad no es tal riqueza- rebasa en mucho el capital realmente existente.

Si el PIB mundial, antes de la pandemia, era de 86 billones de dólares, el capital financiero era ya de 200 billones de dólares. Como se puede suponer y la crisis de 2008 lo hizo bien patente, los movimientos de este volumen de dinero generan burbujas especulativas sea cual sea la dirección que tome en cada momento. Los grandes gestores de fondos son ahora más determinantes para la economía mundial de lo que lo son los estados o incluso las grandes corporaciones empresariales. Cuando van de compras, se hacen con el dominio de sectores enteros de las economías de los países y fijan las condiciones. Las veinte mayores gestoras mueven 34 billones de dólares -para que nos entendamos, el doble del PIB de la Unión Europea- y Blackrock, que es el operador principal, juega con el equivalente a cuatro veces el PIB español.

Justamente, las posiciones en España de Blackrock ilustran muy bien las maneras de actuar de estas compañías. Están convirtiendo, silenciosamente, algunos sectores como el bancario o el energético en un oligopolio. Participa en 21 empresas del Ibex-35 y es el mayor accionista individual de los bancos Santander, BBVA, Caixabank y Sabadell. En estas circunstancias, el concepto "competencia" queda francamente diluido. Precisamente, la estrategia de estos grupos consiste en esto, constituir de facto situaciones oligopolísticas en las que las empresas participadas acaban por concertar precios y condiciones bajo la consideración que competir no resulta eficiente. Hay unos perjudicados: los consumidores. Su inversión, además, es puramente funcional y en ningún caso a largo plazo.

Priman lo que llaman la "creación de valor" para el accionista, es decir apuestan porque los gestores de las participadas prioricen el reforzar el valor bursátil de la compañía, recorriendo a menudo, por ejemplo, a la recompra de acciones. El objetivo está claramente marcado. Cuando se atraviesa el umbral de ciertas plusvalías, se abandona todo vendiendo y marchando para repetir la operación en otro lugar. En realidad, como explica muy bien el economista italiana Mariana Mazzucato, lo que hacen no es crear valor en las compañías, sino desarrollar un desvergonzado sistema de extraerlo. Estamos ante un capitalismo absolutamente financiarizado, sin ningún sentido de responsabilidad respecto a los efectos de las decisiones económicas que se toman.

Quizás el ejemplo más extremo son los fondos de cobertura -hedge fund en la terminología inglesa al uso-, los cuales se hicieron tristemente famosos en el desencadenamiento de la crisis de 2008. Son para inversores a gran escala, desinhibidos y ambiciosos, que no se quieren contentar con tasas de beneficio moderadas. No aprendimos nada. Vuelven a mover entre 6 y 8 billones de dólares. Fondo buitres y agresivos que especulan con el empobrecimiento evidente de los demás. Operan en el que en la jerga se conocen como "posiciones a corto". Es decir, cogen en préstamo títulos de manera condicionada, vendiéndolos a precios elevados y recomprando a la baja. Apuestan a la caída del valor, haciendo una especie de profecía que inducirán a que se cumpla. Grandes apuestas, juego, riesgo y efectos demoledores. La economía queda lejos de eso, pero aún más la decencia, la ética o la moralidad. 

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR