Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Frente a la corrupción, honradez y concordia


El expresidente del Gobierno y del PP, Mariano Rajoy (i), saluda al presidente de honor del PP y expresidente del Ejecutivo, José María Aznar (d), durante la inauguración de la convención nacional del Partido Popular en 2015. El expresidente del Gobierno y del PP, Mariano Rajoy (i), saluda al presidente de honor del PP y expresidente del Ejecutivo, José María Aznar (d), durante la inauguración de la convención nacional del Partido Popular en 2015.

La cascada de acusaciones vertida ante el juez por Luis Bárcenas, tesorero del Partido Popular, sobre la formación política que le ha dado a él emolumentos millonarios, coche oficial, chófer y secretaria durante lustros, marca un antes y un después en la política española. Nunca el alcance de la corrupción había llegado tan lejos en la historia de la democracia en nuestro país. La convicción de que fueron fraudulentas y financiadas con fondos procedentes de cohechos y sobornos casi todas las elecciones a las que el PP ha concurrido desde su mismo origen, constituye una ofensa sin precedentes a los valores democráticos. A través de buena parte de sus dirigentes, esta formación política, surgida de los rescoldos del franquismo, ha llegado a un estado tal de latrocinio, hipocresía, abyección, altanería y maldad que pone entre la espada y la pared a cada uno de sus votantes de buena fe.

Ya no puede invocarse la falta de información del ciudadano de a pie sobre las prácticas políticas reales en las que el Partido Popular ha incurrido. Dada la información ya existente, así como el volumen de los procedimientos judiciales abiertos contra casi un millar de sus dirigentes por corrupción, si sus votantes siguen avalándolo con su voto, se arriesgan a que el PP los convierta en cómplices necesarios de sus exacciones. Nadie mejor que su tesorero Luis Bárcenas para dar cuenta de estos delitos.

El dilema

El dilema viene cuando el votante habitual del PP, ciudadano medio, honesto, de buena fe, de centro-derecha, que cree que la democracia es mejor que la dictadura y prefiere el mercado al Estado, se plantea a quién votar a partir de ahora. Sabe que más a su derecha, una serie de dirigentes políticos, bajo raras siglas vociferantes, atrae hacía si gentes sencillas pero desinformadas, para hacer apología excluyente de lo español frente al resto de los humanos; sataniza las reivindicaciones sociales de los desahuciados, los pobres, los menores y los excluidos; se consagra a aventar los valores tradicionales e inmovilistas de los poderosos, los mismos que han mangoneado la Historia de España desde casi siempre; y que antepone la defensa del toro bravo a la defensa y el amparo de los que sufren, mujeres incluidas. Eso sí, se dicen cristianos y cubren con banderitas de España prácticas inmobiliarias que ocultan algunos de sus dineros.

Otra presumible opción que le queda al hasta ayer votante del PP es la de dar su voto a una formación que se dice centrista, pero cuyo líder, otrora valiente, no tuvo reparo en escorar hacia la extrema derecha sus planteamientos; dejando así a su formación tiritando por su irresponsabilidad y rompiendo la bisagra política e ideológica que equilibró una fase del arranque de la Transición a la democracia desde el franquismo. Haber dinamitado de tal manera la opción centrista ha causado a la democracia un daño muy difícilmente reparable, por el momento.

Para completar el desconcierto de quienes, desde el sistema de valores de la derecha democrática, apuestan por la tradición institucional frente a la modernidad, un hito más de su declinación lo constituye la amoralidad probada del ex titular de la jefatura del Estado, un pobre hombre sobrevenido en multimillonario, educado por Franco en la implacabilidad de los poderes, signado y estigmatizado por una irresponsabilidad impune con la que fue inmunizado vitaliciamente en 1978, con el aval de la ley Suprema. No hubo, entonces, fuerza política suficiente para impedirlo.

A ello hay que añadir las reiteradas y erráticas fluctuaciones de una serie de inapelables y todopoderosos jueces, buena parte de ellos incapaz de entender del todo la responsabilidad social que la democracia pone en sus manos y que, para colmo, se atrinchera ilegalmente en un órgano judicial supremo del que, inconstitucionalmente, impide su renovación. Si, además, ajustamos el círculo de las arbitrariedades en escena, con el premeditado encanallamiento de la vida parlamentaria, inducido por la actitud chulesca y provocadora de la mayor parte de los diputados y senadores de la oposición, sin reparar en el terrible dolor impuesto al pueblo por una epidemia desbocada, de la que ellos distraen su atención –como prueba la actitud imbécil de una señora que se deja fotografiar en una revista de vanidades en plena tercera ola criminal de la pandemia-… todo ello, y muchos más detalles, dibujan un desolador panorama frente al votante consciente que acostumbraba dar su voto, casi siempre, al PP.

¿Qué hacer?

¿Qué puede hacer? Lo fácil sería abstenerse de darle su papeleta, a la espera de que el PP asuma su responsabilidad en el terrible daño ético, político, social y económico –no lo olvidemos- causado al sistema democrático por sus prácticas fraudulentas, inmorales, corruptas. Sobresueldos; comisiones; sobornos; cohechos; regalos; adjudicaciones de obras públicas a los paganos privados de la financiación electoral del Partido Popular; reiteradas metidas de mano en las arcas públicas; más falseamiento de tesis doctorales, chulería sin límites –“que no me voy, que no me ví a ir”, mascullaba ante la televisión Cristina Cifuentes, a la que sus propios compañeros descabalgaron del poder, no por falsear su tesis, que es lo grave, sino cruelmente, mediante la emisión de un vídeo donde evidenciaba una presumible patología cleptomaníaca. Esto en cuanto al menudeo político.

En lo político y lo geopolítico con mayúsculas, queda constancia histórica de lo que hizo el máximo dirigente del PP, presidente del Gobierno, con respecto a los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid; con 193 muertos en la escena, e intentando atribuir a ETA lo que ya sabían que era obra de yihadistas. ¿Hay que olvidar que, a sabiendas de la falsedad de la existencia de armas de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein, aquel líder del PP del bigotito y de la sonrisa imposible, se apuntó a la mentira y trató de enrolar a nuestros compatriotas uniformados -y a la Nación entera- en una guerra cruel que ha dejado un millón de víctimas y triturado el mapa geopolítico del Medio Oriente inundándolo de sufrimiento? ¿Han olvidado nuestros compatriotas uniformados lo que ese otro individuo, entonces ministro y premiado luego con una Embajada -el mismo que removió el avispero catalán con unas medidas insensatas, que despertaron el entonces durmiente independentismo-, aceptó, consintió o toleró lo que se hizo con los cadáveres de los militares muertos en el terrible accidente aéreo en el extremo septentrional de Turquía, al caer a tierra un avión Yak, subcontratado además de manera anómala a una dudosa compañía ucraniana?

¿Qué más tiene que pasar para que ciudadanos honestos, de centro-derecha, que se declaran cristianos, que en su día saludaron la salida de España de la tiniebla franquista, dejen de apoyar a los herederos de los legatarios del dictador que, incapaces de condenar sus exacciones, reproducen exponencialmente actos, actitudes y maldades del general ferrolano?

A los votantes del PP -como a todo votante-, siempre les quedará la opción de rectificar su voto. Y considerar que hay otras alternativas en la escena. Si logran no dejarse arrastrar al rencor por los medios afines al odio y a la mentira –medios que hoy, por desgracia, proliferan y que fueron, probadamente por los jueces, financiados con dinero procedente de la corrupción- tal vez puedan comprobar que hay vectores políticos distintos que les convenga conocer, para rechazarlos con argumentos racionales, no viscerales, o para plantearse, dentro de su libre albedrío, si les vale la pena modificar hacia ellos el sentido de su voto.

Cabría añadir un ruego, en este caso, discúlpenme, personal: por favor, votante del PP, no base el sentido de su voto en un mero peinado, o en un odio visceral de cualquier tipo o en una antipatía hacia una persona, como por ejemplo, la que, tras ser defenestrada por parte de algunos de sus iguales, recorrió España en su coche y consiguió los apoyos suficientes para liderar su partido, un partido histórico, que forma parte de la memoria y de la actualidad de nuestro país. No les descalifiquen por nimiedades gratuitas. Júzguenles, critíquenles por sus actos y por su omisiones, por lo que demuestran y lo que callan, por el tipo de combate que despliegan frente a la pandemia; por las medidas de protección de los trabajadores y de las empresas que han decidido adoptar; por los miles de ERTES emitidos; por lo que tratan de hacer y hacen contra el maltrato a la mujer; contra los desahucios; a favor del impuesto mínimo vital; por la eutanasia como expresión de la muerte digna…Todas estas medidas pueden gustar o no, pero son una prueba gubernamental sustantiva de que se discuten, se tratan y se adoptan, cuando se consideran viables.

Si en plena pandemia, a la crítica constructiva se opone el linchamiento, esa actitud destructiva, corrosiva y desmoralizadora que observamos cada día en el Congreso de los Diputados, asistimos a un crimen doble, cebado por la desatención a lo urgente y vital, que es hoy la lucha contra la muerte; desgraciadamente, de los bancos de la oposición parlamentaria, solo suelen aflorar interjecciones irracionales que distraen el foco de donde ha de estar: encima del patógeno asesino que sigue matándonos y condicionando muestras vidas.

Por otra parte, conviene recordar que no hay precedente, en la democracia española reciente, de Gobiernos de coalición, mucho más complejos que los Gobiernos monocolores. ¿Qué en su seno hay desacuerdos?: pues claro que los hay. Y debe haberlos. De la crítica y la autocrítica surge la mejor acción, la unidad de acción. ¿Que la situación exige alianzas para sacar adelante medidas favorables a las mayorías sociales? Pues se hacen las alianzas. ¿Qué es la política sin alianzas?: mero dogma, mera impostura, dictado…

Como colofón, resulta inconcebible el voto en contra de Pablo Casado sobre el acceso a España de los fondos europeos que nos ayudarán, sin duda alguna, a paliar los tremendos efectos de la pandemia sobre la salud y la economía españolas. En esa actitud, se observa la deriva aberrante con la que ese político, sin conciencia estatal alguna, comparece en la escena política española. La derecha en España no necesita petimetres sino estadistas, gentes honestas capaces de reconocer autocríticamente todo elemento de toxicidad aún activo en la herencia política recibida y desmentirla cada día aplicándole el antídoto de prácticas honradas y transparentes. Seguro que gentes de esta condición cabe hallar entre la militancia y los hoy segundos rangos del PP.

Pero lo que hoy sucede en el PP es ejemplo de un flagelo que acostumbra acompañar las prácticas políticas, cuando los valores democráticos desaparecen de las cúspides decisorias de los partidos: la izquierda también supo de ello no hace tanto tiempo. Consiste en la enorme distancia que suele abrirse entre la base electoral honesta y las cúpulas que se apartan de ella con prácticas deshonestas. La mejor manera de corregir tales derivas es, precisamente, la participación política, dentro y fuera de las organizaciones, aquella que asegura el control de las direcciones de los partidos y hace emerger allí arriba la honestidad que reside abajo. Si dedicamos horas y horas de cada día a ver la televisión, dedicar una hora semanal o quincenal a conocer los problemas que nos afectan y a mitigarlos con la información y la participación políticas enmendaría muchos errores, propios y ajenos. La Política, con mayúsculas, es algo demasiado importante para dejarla a solas en manos de los que mandan; y ello porque el poder, fuera de control, se emancipa de su responsabilidad social y acaba por generar tan solo daño, injusticia y sufrimiento.

Evocando a John Lennon, demos una oportunidad a la paz, que aquí y ahora, se llama democracia y se apellida concordia. Ajustemos pues cada uno de nuestros votos a las convicciones profundas basadas en la razón y en la objetividad. Será el primer paso en dirección a amistarnos en la unidad de un consenso imprescindible. La honestidad no es patrimonio de nadie. La necesitamos más que nunca para salir adelante.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.