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EL PERIÓDICO
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Represión, miedo, humillaciones, silencio impuesto, sotanas y tricornios, tuberculosis, miseria y hambre


El líder de VOX, Santiago Abascal (c), en una imagen de archivo. El líder de VOX, Santiago Abascal (c), en una imagen de archivo.
Aunque algunos sostengan lo contrario, el franquismo fue eso.

Metiendo en su pechuga todo el polvo del mundo. “Alianza y Condena” Claudio Rodríguez

El griterío reaccionario de Vox y de los nostálgicos del franquismo, el ruido mediático de sus medios afines, los improperios arrojados desde redes sociales, las amenazas, más o menos veladas, proferidas contra quienes somos para ellos diferentes, sus mentiras y su simplismo demoledor tienen un peligro para la estabilidad democrática que no puede tomarse a la ligera.

Ni se puede, ni se debe bajar la guardia. El retroceso a una España en blanco y negro y nostálgica del franquismo en algunos lugares, contra toda lógica, empieza a dar algunos resultados indeseables, incrementando los prejuicios y odios irracionales.

Cuando manipular y tergiversar sale muy barato, cuando cada vez se leen menos periódicos y no digamos libros, cuando los criterios fundamentados en una información veraz se sustituyen por meras opiniones subjetivas es, más que recomendable, visitar hemerotecas y consultar lo que los historiadores han dejado plasmado de lo que fue el franquismo y de aquella postguerra de pesadilla.

Hubo en aquellos años quienes no tenían más recurso ni desahogo que maldecir en voz baja.

En estos primeros días de 2021, me he propuesto exponer y recordar el ambiente de aquellos años, para que no regrese nunca el miedo, el aceite de ricino y la desesperación como componentes de la realidad cotidiana. Con una mezcla venenosa de dolor y asco.

Quizás, leyendo estas páginas vuelva a tenerse presente que la violencia estructural puede pesar mucho… quebrantar voluntades y revivir horribles experiencias que duraron demasiados años y las más hirientes hasta, al menos, mediados de los años cincuenta.

Los derrotados y ultrajados fueron muchos cientos de miles, más de medio país. Una inhumana represión en el ámbito de la vida cotidiana afectó, sobre todo, a las mujeres. No olvidemos que ‘roja’ fue un insulto, una descalificación que anunciaba males diarios y duraderos. Se vieron obligadas a vivir la desazón de que sus maridos, hermanos e hijos estuvieran en prisión, frecuentemente, condenados a muerte. A diario las descargas junto a las tapias de los cementerios se dejaban oír en la madrugada, con su anuncio de muerte.

Ellas y sus hijos se vieron obligadas a padecer en silencio la miseria, el desprecio y el hambre. Esta situación, durísima en sí misma, llevaba aparejada, especialmente en la España profunda, los rapados al cero, las violaciones y el sentirse indefensas a merced de los vencedores con su cruel inquina. Sufrieron además vejaciones insoportables como los paseos por las calles donde eran conducidas como ganado, insultadas y escarnecidas. Únase a esto una vigilancia malsana y permanente. Estos lacerantes actos de venganza solían tener lugar a la hora del aperitivo, esto es, a la salida de misa… una lúgubre fila de mujeres asustadas, desaliñadas eran impunemente insultadas y maldecidas mientras las beatas y la burguesía provinciana comentaba sin piedad ‘algo habrán hecho’

Todos los componentes de una vida, mínimamente digna, habían desaparecido. Un frío que helaba los huesos, un silencio lúgubre y espeso. Las casas sin persianas ni visillos para que se las pudiera vigilar mejor. Estómagos vacios y vidas rotas carente de toda intimidad. En definitiva, una tristeza y un sufrimiento infinitos.

El fanatismo traía consigo como corolario toda esa barbarie ¿Por qué? Porque quienes habían triunfado habían sido los más viles, los oportunistas, los rastreros y quienes se arrimaron al sol que mas calienta o quienes intuyeron en qué dirección soplaban los vientos favorables y actuaron en consecuencia.

A otros y a otras no les quedó otro remedio que aceptar los hechos como si de una fatalidad se tratara. Tuvieron que aprender a soportar estos tormentos y desprecios a diario. Fue un tiempo lúgubre de conciencias sufrientes y doloridas. Por eso resultan, no solo ridículas sino increíbles, esas injustificadas apelaciones a una dictadura, que supuestamente trajo paz y prosperidad.

Usureros y prestamistas hacían su ‘agosto’ todo el año. La calle pertenecía sólo a los vencedores que hacían gala, a diario, de una jactancia insultante y de una arrogancia con ribetes de soberbia. Se sentían con derecho a humillar para demostrar su victoria y que los vencidos estaban a su merced.

Su actitud fue permanentemente rencorosa. Se comportaban sin ninguna prudencia, con una falta de empatía insultante y malsana. Verdaderamente hace falta mala sangre para echar de menos y reivindicar ese pasado siniestro de nuestra historia que fueron los años cuarenta y primeros cincuenta.

En cada pueblo de la España profunda existía un cacique y por encima, el cacique de España, que de cuando en cuando se paseaba bajo palio.

Los jerarcas del Movimiento entre su griterío ensordecedor y sus una y mil veces repetidas consignas, parecían sentirse orgullosos de su ignorancia, desconfiaban del conocimiento y hacían gala de una credulidad ridícula.

En pocas ocasiones, se puso tan fehacientemente de manifiesto, que la maldad es inagotable e insondable y que para ellos, las menciones a Dios eran un comodín que utilizaban a su antojo y para su exclusivo beneficio.

Por eso, resulta inconcebible, que haya quienes sienten añoranza de un periodo tan negro y tan cruel. Debería haber un acuerdo generalizado para arrojar al estercolero una sarta tan grande de estupideces y mentiras que huelen a mugre y a rancio nacional-catolicismo.

Hoy disponemos de un sistema público de salud, que como se ha demostrado en estos meses difíciles de pandemia, ha sabido estar a la altura de las circunstancias, con una actitud abnegada, cuando no heroica, pese a los recortes, a los bajos sueldos y a las privatizaciones.

Contrasta poderosamente con los estragos que causaban la falta de higiene con sus secuelas de enfermedades infecciosas... y el hambre. La tuberculosis, sin ir más lejos, tenía efectos demoledores… los parásitos eran omnipresentes… así como la lenta agonía, de que un día y otro día, no hubiera nada que echarse a la boca. En definitiva, unas condiciones de vida aborrecibles.

Historiadores y escritores, del exilio interior y exterior, nos han mostrado las huellas que en los ojos dejaban tantas lágrimas.

Había que oír, asimismo, menciones laudatorias al Arco de Trajano, por ejemplo, por el único motivo de que el Emperador romano era español. Es más, semejantes sandeces se tenían por verdades históricas, admitidas sin paliativos y hasta por una manifestación de patriotismo.

El confinamiento no es nuevo. Cientos de miles de españolas y españoles vivieron confinados en su propio país. Las denuncias, la vigilancia enfermiza, la creencia de que los malos tratos y las palizas eran remedios efectivos contra cualquier intento de insumisión produciendo una falsa e hipócrita sensación de paz y orden. Barrios enteros se convirtieron en cárceles con barrotes invisibles de odio. Como acostumbraba decir un jefe local del Movimiento: ‘tenéis que recordar, siempre, que tranquilidad viene de tranca’

No es posible hablar, con un mínimo detenimiento, ni mencionar siquiera todas las tropelías que se cometían desde la escuela, con el canto de ‘el cara al sol’ hasta el Nodo obligatorio en los cines.

No hemos olvidado la férrea censura, las camisas azules y los correajes o los gritos constantes de Gibraltar español, vinieran o no a cuento. Con todo, la mayor podredumbre la constituían el estraperlo y la tan extendida corrupción, que poco más o menos, venía a entenderse como un derecho e incluso como un botín de guerra. Y a todo eso se le llamaba, pomposamente, ‘nuevo orden social’.

Las sotanas eran omnipresentes, todo estaba sometido a su escrutinio y vigilancia: las inocentes manifestaciones de cariño, el tamaño de los escotes, la longitud de las faldas, y la constante apelación a los actos que envilecían la condición humana, así como la amenaza del infierno donde los pecadores se consumirían en el fuego eterno, añadiendo más dolor a la falta de visibilidad y al enclaustramiento reaccionario que padecíamos.

Cualquier gesto era considerado sospechoso y el maligno parecía que tenía habitación reservada en la casa de los desafectos. Un extremado cinismo, no olvidemos que la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud, se adueñaba de la vida pública y se disfrazaba de beatería. Se practicaba impunemente el ‘a Dios rogando y con el mazo dando’.

La policía política se caracterizaba por la brutalidad y encarnizamiento de sus métodos. Casi todas las familias tenían algún cadáver en el armario, aunque algunos enterrados en las cunetas, a los que oficialmente se les consideraba desaparecidos. El llamado régimen y quienes, gracias a él hicieron fortuna, supieron utilizar en provecho propio, las ventajas que la manga ancha les proporcionaba para los denominados ‘negocios’. Así prosperaron no pocos.

Hace ya años que murió Magdalena, una octogenaria, que apenas recién casada vio como detenían a su marido y poco después lo fusilaban. Vivió lo suficiente para ver morir al dictador, aunque no lo sobrevivió mucho tiempo. Recuerdo que solía repetir, con rabia y, al mismo tiempo, con cierta retranca "a la mierda el abanico se acabó el verano".

A la vista está que algunos veranos no se han acabado todavía. Ojalá que pronto podamos mandar a paseo el abanico, porque no quede ni rastro de quienes haciendo gala de una ignorancia, de un odio ancestral y de un infinito afán ‘de pisotear’ a quienes no opinan como ellos… demostrando que no son otra cosa que fascistas, aunque ahora se les llame populistas de derechas… apelen a la dictadura y sientan nostalgia de ella, es decir, de los privilegios obtenidos impunemente, a costa del sufrimiento ajeno.

¿Cuándo se podrá por fin, pasar página?

Sic transit gloria mundi.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.