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EL PERIÓDICO
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De ofensas, disculpas, perdones y concordia


"¿A qué 26 millones de hijos de puta habría que fusilar?" pregunta el diputado Odón Elorza a VOX en su intervención del pasado día 2 de diciembre en el Congreso de los Diputados. "¿A qué 26 millones de hijos de puta habría que fusilar?" pregunta el diputado Odón Elorza a VOX en su intervención del pasado día 2 de diciembre en el Congreso de los Diputados.

La milicia es una profesión generalmente vocacional que demanda para su ejercicio determinados requisitos a quienes optan por abrazarla. Entre tales atributos figura uno, quizá el más destacado que, pese a contar con otras denominaciones anteriores, hoy podemos definir como empatía. Se trata de un compromiso que lleva al individuo que lo experimenta a situarse en el lugar del otro, sea éste otro individual, comunitario o social, a cuya defensa, en su caso armada, se consagra. Aunque hay muchas otras, esta es la dimensión social de la milicia que quiero aquí desarrollar.

Entre las profesiones, la que la milicia implica resulta pues caracterizada por una sociabilidad suprema ya que el militar pone a disposición de los demás su persona y, en ocasiones, su vida. No es un guardián del orden, como pudiera serlo el policía, ni un escolta, ni un guardaespaldas, cometidos, por lo demás, específicos con códigos propios; sino que el militar es aquel que asume la defensa de la sociedad, la nación o el Estado a los que pertenece de una manera más amplia y completa. La dimensión defensiva de la milicia implica la existencia de una fuerza exterior que se le opone, por lo cual la instrucción del militar para neutralizar, cuando surja, esa ofensiva será un requisito obvio entre los que se le exigen.

Por todo ello, será muy importante que la percepción de lo que ha de defenderse y la de aquello contra lo que le cabe oponer su defensa habrá de ser claramente especificada. Tal es la responsabilidad del mando militar: definir el objeto ofensivo contra el cual debe proveerse la defensa, que asegure la integridad y la libertad de la sociedad ofendida. Comoquiera que no todos los momentos de la vida militar se corresponden con episodios que precisan disponer de la misma intensidad en la defensa, ni las ofensas a combatir muestran el mismo empuje, los ocios militares requieren de un entrenamiento mental y físico, de un ejercitamiento constante. Ello facilitará la disponibilidad cuando el episodio crucial salga al paso.

Pero, cuando el ocio militar olvida este mandato, no es infrecuente que las mentes de algunos individuos se extravíen o bien imaginando ofensas que no existen o bien confundiendo la entidad del atacante o la de aquellos a quienes se ha de defender. Desde luego, nunca el enemigo de una sociedad, ni de una nación, ni de un Estado es la sociedad, la nación o el Estado mismo.

Creo que esto es lo que ha sucedido hace apenas unos días entre algunos miembros de dos promociones militares en las que figuran jefes y oficiales españoles retirados. Teniendo en cuenta que las características de los grupos sociales se singularizan, entre otras cosas, por la creación de lenguajes y códigos propios, todo el mundo sabe que en la milicia este fenómeno cobra la intensidad de las fratrías, comunidades reducidas con una densidad de valores –o contravalores- propios que emerge en sus expresiones, sus estilos de vida y sus costumbres. Si se trata de fratrías masculinas o muy masculinizadas, como es el caso, será frecuente que el léxico incorpore esos rasgos, independientemente de la corrección social existente extramuros del grupo en cuestión. Por ello, interjecciones, expresiones malsonantes o bravuconadas acostumbran salpicar los contactos intra-grupales en este tipo de colectivos cosa que, siendo socialmente incorrecta, no presenta otra gravedad que la de una inercia residual de un machismo en retroceso. Mas la reiteración de ese afloramiento verbal, la competitividad expresiva o los alardes de todo tipo, una vez descontrolados, generan, casi siempre, un salto de grado, una escalada hacia lo que se conoce como palabras mayores. Es la fase de la interacción grupal en la que la dimensión comunicativa de aquella se trunca de manera abrupta cuando se rebasa el límite de la corrección hasta el punto de incurrir en enunciados que pueden frisar una potencial criminalidad, es decir, un resultado amoral, asocial, inhumano.

Cuando un grupo de militares bromea, en el mejor de los casos, con la necesidad de fusilar a 26 de los 47 millones de votantes españoles -más de la mitad de la nación-, a cuya defensa e integridad su compromiso militar les une, algo indica que todos los topes de lo permisible han sido rebasados. Y ello se agrava exponencialmente al surgir en un ámbito donde la tenencia y uso de armas de fuego es consustancial al ejercicio militar.

Dentro de una democracia constitucional parlamentaria, ¿cómo puede haber sobrevenido un episodio como éste? ¿Es irrelevante que tal exabrupto haya surgido dentro de un grupo de militares en WhatsApp o, por haber surgido de espaldas a la sociedad, precisamente, resulta inquietante?

Hay una primera contradicción. Si la milicia consiste sustancialmente en la defensa de la comunidad, de la sociedad, de la nación, del Estado, no es coherente que quien tanto se entraña con lo defendido, por lo que está dispuesto incluso a dar la vida, se extrañe, se aparte y se aleje del objeto de su defensa y lo convierta en su enemigo. Lo entrañable, cuando se extraña, genera el espanto, lo siniestro. El horror.

Los 26 millones de españoles y españolas que en su día, ejerciendo su libertad y sus derechos, votaron opciones de centro-izquierda, izquierda o extrema izquierda, no pueden ser jamás el objetivo a atacar militarmente en nombre de la defensa social, nacional o estatal. Creerlo así implica una aberración de tal calado que incita y deriva hacia la guerra civil. Y de guerras civiles, el pueblo español está dolorosamente harto: cuatro contiendas fratricidas en el siglo XIX; decenas de asonadas; innumerables revueltas; reiterados levantamientos; pronunciamientos castrenses …surgidos de los cuarteles y protagonizados por distintos espadones, culminaron en el siglo XX en una dictadura, más otra crudelísima guerra civil, pese a su brevedad desgraciadamente inolvidable, y un colofón dictatorial de cuatro décadas con posguerra forzadamente militarizada por el último dictador.

El hecho de que, desde ámbitos castrenses, surjan incitaciones, siquiera jocosas, a una nueva guerra civil, a fusilamientos en masa, a golpes de Estado y derrocamientos por las armas de un Gobierno legítimo por parte de jerarquías militares -incluso pertenecientes al generalato-, que invocan peligros fantasmagóricos que, como tales, no existen, resulta algo enormemente preocupante. Ni España se va a romper, ni el poder le pertenece patrimonialmente a la derecha y, menos aún a la extrema derecha: es al pueblo soberano, a los millones de votantes, a quienes corresponde determinar, con su voto, quien ha de ejercerlo, quien ha de gobernar. Y si el pueblo soberano vota a la izquierda, los jefes militares se callan y obedecen, porque su misión es la de acatar la soberanía del pueblo que se expresa en las urnas.

Tengamos en cuenta una evidencia: en los cuarenta años de democracia, no han existido experiencias de Gobiernos de coalición pues el voto se configuraba en torno a un bipartidismo, imperfecto, pero obvio. Hoy, el voto se ha fragmentado más, se ha hecho mucho más plural y hemos de enseñar a y aprender con, la clase política, a que se cogobierne coligadamente. Se trata de un desafío nuevo. Y lo nuevo no cabe percibirlo como una traición contra nadie ni contra nada. Es sencillamente una evolución que sale al paso en una sociedad que crece.

Pese a lo sucedido, en la vida social, casi todo tiene remedio. La ciudadanía española tiene derecho a recibir excusas de quienes la han ofendido de manera tan evidente. Pídannos abiertamente perdón y, en consideración a tantas horas de guardias, alertas, rigores y sacrificios que, junto con sus abnegadas familias, han entregado a la defensa de nuestra seguridad en su vida profesional activa, serán por nuestra parte deseosamente perdonados. Tal es el primer paso. La concordia es el lenguaje de seres humanos racionales provistos de corazón. Ejerzámosla y celebremos la Constitución que, hace ahora 42 años, nos hermanó solidaria y duraderamente.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.