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La farsa del postfranquismo


“Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes fueron de oro puro, sino de oropel y hoja de lata.”

Miguel de Cervantes

En la práctica de los rituales sociales se suele decir que la costumbre refuerza a la costumbre. Entonces celebramos la navidad en el solsticio de invierno, en el hemisferio norte, y se dice que ha nacido Jesús. Y todos tan contentos. Nadie se pregunta la presencia del árbol navideño. Da la sensación que siempre ha estado allí. Que es inevitable. Como la monarquía diseñada directamente por el dictador.

El término “farsa” proviene del latín “farcire”, “rellenar”. Se denomina así a una forma dramática en la que los personajes se desenvuelven de manera caricaturesca o en situaciones irreales. La farsa pretende denunciar una realidad oculta, ignorada o controlada. Se diferencia de la comedia, en que no siempre moverá a la risa. Aunque siempre conmoverá un sentimiento de vergüenza en el espectador. La ciudadanía española es generalmente una espectadora complaciente de lo que han hecho con sus vidas. Mientras en la historia de los pueblos sus gentes ocupan plazas y calles para defender sus derechos, en este país se prefiere la comodidad de los sofás para consumir la farsa que les ofrecen desde los medios de comunicación adictos.

En teatro se utiliza el estilo de la farsa para criticar la forma en la que viven los seres humanos, manifestando diferentes posturas en torno a la organización social y a las imposiciones que los individuos siguen a rajatabla y que en el fondo no los llevará a ninguna parte. Así está hoy la España sometida a las contradicciones que surgieron de la voluntad electoral de la ciudadanía. La derecha, y una parte de una izquierda aparente, sigue aludiendo al bipartidismo monárquico como sistema perfecto para la realización de España. Entonces, la disrupción de Podemos ha reunido a Felipe González en las mismas tesis con José María Aznar. Sin embargo, hablan de símbolos que no se respetan y de conductas que no se practican. Ambos son un exponente de la calidad de sus lealtades.

Así todo, en el marco de un escenario que deja en evidencia la impunidad de los corruptos y la deshonestidad de los líderes, cuando apelan al patriotismo mientras sirven a intereses ajenos a aquellos que importan a las personas buenas de este país. Los nombres de los “Panamá Papers”, pese a todo el esfuerzo por ocultarlos, lo dejaron en evidencia. También la lista de aquella inconstitucional amnistía fiscal que, al decir de su creador Cristobal Montoro, no había sido una amnistía. Conocer todos sus nombres aún está pendiente. Cosas de esta farsa que vivimos en España. En junio de 2017 el Tribunal Constitucional anuló la amnistía fiscal del Gobierno de Mariano Rajoy, siendo Montoro, ministro de Hacienda. El Tribunal Constitucional declaró entonces de forma unánime la inconstitucionalidad de la amnistía fiscal aprobada por el gobierno del PP en marzo de 2012. Recordemos, en esta farsa de las palabras, que Montoro insistió en llamar “regularización tributaria” a la amnistía que permitió evadir miles de millones de euros a los grandes defraudadores fiscales, en momentos en los que se empobreció a una mayoría de españoles para pagar el rescate bancario. Bankia incluido.

Han desgastado el significado de las palabras. Hablan de patria para referirse a “sus” privilegios conquistados por la fuerza de las armas o de una legalidad a medida. Por ello, cuando se refieren a la justicia, las usan mientras esgrimen sus actuaciones contra la disidencia que han creado con sus conductas reprochables. Ahora, influyen contra los intereses del conjunto en foros internacionales por la mezquina razón de no haber sido elegidos como protagonistas de estos tiempos. Dicen defender lo que degradan.

Pero, viéndolo bien, son simples en su mezquindad y capaces de calificarse liberales, mientras viven con privilegios de los presupuestos del Estado. Como en las mejores farsas aluden a “la razón de Estado”.

Peligroso vaticinio si recuperan el poder por medios violentos.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.