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EL PERIÓDICO
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La política prometida


Pongamos que tras muchos esfuerzos adquirimos un automóvil. Puede incluso que nos fuercen a hacerlo a crédito, y estemos en la obligación de pagar la cuota de inviolabilidad del rey y olvido de los crímenes por cuarenta años cometidos. Es un vehículo utilitario que, siendo sus propietarios, no podemos sin embargo conducirlo personalmente. No hay problema pues son muchos los que se ofrecen a conducirlo por nosotros con el compromiso de llevarnos a donde deseemos ir.

Y en esto que, ¡cómo pasa el tiempo!, no importa quién con sacrificio lo logró, sino quién lo utiliza. En este ir y venir, rasponazo por aquí, abolladura por allá; el paraíso de la chapa y pintura. Peor aún, algunos conductores sabiéndose en coche ajeno, averían la caja de cambios y, ya en el límite, están para gripar el motor. Algo contradictorio, dado que se les contrató en una agencia conservadora.

Si el coche echa humo, para que decir los dueños. Resulta que hace ya tiempo, los conductores decidieron establecerse por su cuenta con seguro a todo riesgo de los demás. Se les decía, vamos hacia la igualdad. Y el conductor respondía: “allá vamos. Destino igual da”. Como el que no se entera. Dado que están físicamente al volante, intentan convencer a los propietarios mediante hechos consumados de que tienen legítimamente (derecho de uso) autonomía para ir a la playa o la montaña.

Y aquí llega el error que puede ser histórico. Llámelo alienación o enajenación, muchos propietarios comienzan a renunciar al vehículo. Estos asumen que esta para chatarra; aquellos pasan de conductores autistas y aspiran a conducirlo asambleariamente. Los de más allá optan por ir a pie y rodear el congreso. Sin embargo, toda esa renuncia es absurda. En la práctica, un suicidio social.

El coche/democracia no es de una elite política, aunque lo conduzca. Es un logro tras mucha lucha por el sufragio universal. La única garantía de llegar, sin violencia, a un destino habitable para todos es perseverar en lo que es de todos, la democracia. Abandonarlo es renunciar a cualquier futuro. Hay que reivindicar su propiedad en las urnas y en las conversaciones. Dejar claro a los conductores que si desvían camino, no renuevan contrato para el siguiente viaje. Existen ya muchos medios para enviar mensajes sin esperar cuatro años.

El desafío más grande de nuestra época no es la pandemia del coronavirus. Es el de la amnesia colectiva que lleva a la dejación del poder. La derecha española esta intencionalmente en campaña para deteriorar la política y la imagen de la democracia. Saben de su importancia. De su poder para dar y quitar. Especialmente si los gobiernos son de izquierdas o progresistas. La derecha hace política para las élites, y las élites no están contentas con la democracia a menos que sea una democracia de las élites. Por ello, en medio de una pandemia global, en España hoy en día lo más estéril no son los hospitales sino la política de derechas. Para eso existe ya la vacuna: recordar y hacer recordar que la democracia no es un regalo. Es un logro y una herramienta propiedad de los ciudadanos; potencialmente, la mayor amenaza para las oligarquías, la plutocracia, las elites o los poderes facticos. Para ellos es, como siempre ha sido, una lucha por conservar el poder. Su aspiración es que los propietarios del coche renuncien a él y vuelvan a marchar a pie: se llega menos lejos y mucho más lento. Permítanme terminar con un refrán castellano: “Iba en su yegua y preguntaba por ella”. La democracia la tenemos, toca no bajarse de ella. Es más, pongámosla al galope.

Catedrático de Sociología Matemática.