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HEMEROTECA
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El genio y el hombre


A los humanos nos cuesta mucho, mucho, separar la calidad de las obras de los genios, de la calidad moral del hombre en el que habita el genio. Y me refiero sólo a los genios, no a los artistas de tres al cuarto de dudosa catadura moral, pues a estos últimos es fácil ignorarlos sin más. Pero con los auténticos maestros es más difícil, porque, al menos a mí, se nos hace complicado comprender, como personas de dudosa moralidad o de sucia ideología, realizaron obras que son una maravilla. Seguramente la respuesta me la dio George Steiner, cuando dijo: “No es posible comprenderlo todo”.

Me ocurre con Richard Wagner. Cuando visualizo los viejos reportajes sobre el nazismo, siempre con música de Wagner de fondo, pienso en Woody Allen que dijo: “Cuando escucho a Wagner durante más de media hora, me entran ganas de invadir Polonia”. O en el testimonio directo de su mujer (Cosima Liszt) cuando explicó como en un almuerzo, Wagner se pronunció sobre la cuestión judía y dijo: “¡Hay que quemar vivos a los judíos! Y eso en los mismos días que estaba escribiendo, la música de Semana Santa de “Parsifal”.

Y lo mismo con Martin Heidegger, a quien comencé a tomar manía, cuando mi lectura de la biografía de Hannah Arendt, escrita por Laura Adler. Y de la cual no me gustó nada, la forma en que Heidegger trató a Hannah, durante su relación sentimental. ¿Y que decir de su compromiso con el nazismo, durante su época de Rector de la Universidad de Friburgo, del cual hace unos tres años, se publicaron una serie de documentos que lo probaban? ¿O de esa frase que jamás retiró: 'La esperanza de ser el “führer” del “führer”'?

Hay que comprenderlos, dirá alguien. Pero no es fácil, difícilmente posible. Nosotros somos personas “normales” ¿insignificantes? Gracias a esos gigantes tenemos una herencia inmensa. Imposible imaginar nuestra existencia sin “Tristán e Isolda”, sin otras páginas de Wagner, sin “Ser y Tiempo” (la edición de las obras completas de Heidegger, abarca más de cien volúmenes), sin los múltiples libros sobre Kant, sin los ensayos sobre los “presocráticos”.

Steiner cuenta una anécdota, que arroja algo de luz sobre ese dilema. Estaba en el centenario de Heidegger en Friburgo, y casi llega a las manos con Ernst Nolte (un historiador hasta cierto punto neonazi). En ese momento Hans-Georg Gadamer (discípulo predilecto de Heidegger y gran filósofo) que era físicamente un gigante, pone sus manos con toda tranquilidad sobre los hombros de Steiner y le dice: “¡Steiner! ¡Steiner! Cálmese usted. Martin era el más grande entre los pensadores, y el más mezquino entre los hombres”. Es un análisis excelente, según lo veo yo, no justifica nada, pero no cabe duda de que es verdad. Heidegger, Wagner… Hay muchos otros ejemplos.

Sin ir más lejos Celine (seudónimo de Louis Ferdinand Auguste Destouches) que, junto a Rabelais, sería uno de los grandes magos de la literatura francesa moderna, por su “Viaje al fondo de la noche”. En ese hombre horrible se escondían, grandes invenciones poéticas. Y también una inmensa compasión humana. Como médico se portó de maravilla con los pobres y los animales. Por eso es tan difícil comprender, como de ese mismo hombre, brota esa basura infame que es “Bagatelas para una masacre”, y otros textos de igual catadura. Panfletos, horribles panfletos antisemitas.

¿Qué hacer frente a ese dilema? Como lector tengo una gran deuda con esos textos que, de alguna manera, amueblan mi mente y mi ser. Pero ni por un instante, soy capaz de defender a sus autores. Como tampoco soy capaz de imaginarme, las contradicciones internas y las luchas psíquicas, de esos grandes titanes. Mientras no seamos capaces de imaginar – escribe Steiner - como nos comportaríamos en condiciones semejantes, deberíamos ser cautos. Mientras ignoremos lo que haríamos, si los carniceros y verdugos llamaran a nuestra puerta. Mientras ni imaginar podamos, como eran los chantajes, las amenazas veladas o no, que deparaba la vida cotidiana de esas personas; deberíamos ser prudentes. Me admiran aquellos que tienen la certeza, de haberse comportado de forma íntegra, en situaciones semejantes.

¿Cómo se explica que, después de la guerra y a pesar de la insistencia de su amigo Karl Jaspers, Heidegger nunca accediera a pedir perdón? ¿Cómo se explica ese silencio? pregunta Laura Adler. Y Steiner responde: “Vanidad y una gran megalomanía”. Muchos franceses que escribieron asquerosidades, las limaron, las borraron “a posteriori”. Heidegger no. Cuando se reeditó “¿Qué significa pensar?” podría haber eliminado fácilmente aquella fórmula infantil: “La esperanza de ser el ‘führer’ del ‘führer”. No lo hizo. “Yo veo ahí – dice Steiner – vanidad, bajeza y también, si se quiere, un pérfido candor”.

Y hay más casos. No olvidemos que en Sartre, también hay frases horribles: “Todo anticomunista es un perro”, por ejemplo. Cuenta Steiner como cuando era profesor en Pekín, había en su seminario, dos hombres con la columna destrozada por las torturas de la guardia roja, que ni siquiera conseguían sentarse. Habían hecho pasar una carta para Sartre: “Al Voltaire de nuestro siglo. ¡Hable de esto, ayúdenos!”. Y él se limitó a decir, que “las supuestas torturas de la guardia roja, eran una mentira inventada por la CIA americana”. Sabía de sobra lo que ocurría. Entonces ¿dónde están los grandes hombres? ¡Y Freud! – remacha Steiner – Vaya a Roma. Allí está el gran museo del fascismo. En la primera sala se exponen los regalos recibidos por Mussolini. En una bonita vitrina está “La interpretación de los sueños”, con esta dedicatoria de Sigmund Freud: “Al “duce”, a quien debemos tanto, por haber restaurado el esplendor de la antigua Roma”. Así que…

Todos estamos expuestos a la vanidad, a la coba, al miedo, a la angustia. Las intermitencias de la razón, no del corazón, como escribió Proust. Por eso en el dilema, prefiero quedarme con las grandes obras, con el genio que no con el hombre. Con la primera frase del primer libro de Steiner: “Una buena crítica, es un agradecimiento”. Sí, me gusta esa frase. Me identifico totalmente con esa idea.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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