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La hora del internacionalismo ecopacifista

Es falso que la clase trabajadora carezca de interés por las cuestiones internacionales. Cierto es, sin embargo, que a lo largo de la Historia la urgencia del combate diario por sobrevivir le ha restado tiempo para estudiar las repercusiones que la Política internacional y la Geopolítica proyectan sobre su vida. Las cúpulas del poder le han impedido por la fuerza aproximarse a desentrañar la Razón de Estado, esa oculta ecuación entre intereses territoriales e históricos que mueve los designios estatales; diseños, por cierto, casi siempre ideados secretamente y aplicados a sangre y fuego por los poderosos.

No obstante, las clases despectivamente llamadas subalternas –aquellas que con su trabajo diario sacan adelante a los países- nunca han querido perder la atención sobre tales asuntos. Y ello porque conocen que, en demasiadas ocasiones, el curso de la Política internacional determina el discurrir de su propia existencia. No solo por cuestiones vinculadas al intercambio de comercio o de tecnología; sino, sobre todo, por el hecho de que el conflicto y su expresión suprema, la guerra, durante demasiado tiempo ha formado parte del lenguaje geopolítico. Es parte de tal lenguaje porque la conflictividad entre Estados –y también dentro de ellos mismos- acostumbra ser una pugna por la rapiña privada de la riqueza colectivamente creada y suelen intentar resolverla a tiros y a cañonazos. Y en las guerras, la carne de cañón siempre ha sido, resulta ser y han intentado premeditadamente que lo sea, la clase obrera.

Panorama bélico

Vemos ahora mismo la guerra abierta en Libia, el Sahel, Siria y Yemen; parece emerger en el Mediterráneo oriental greco-turco en torno a Chipre; la vimos ayer en Irak, Afganistán, Uganda y Sudán; anteayer en el sureste de Asia, en Vietnam, Laos y Camboya; tiempo antes, en la guerra indo-pakistaní; en Biafra-Nigeria; en la martirizada Palestina; señaladamente en las dos pavorosas Guerras Mundiales... La ambición y la locura desenfrenada se adueñaron entonces -y vivimos el riesgo de que se adueñen ahora- de las clases dominantes, imperiales, coloniales, fascistas o neoliberales, que son las que suelen emprender las guerras; en demasiadas ocasiones, no obstante, consiguieron o impusieron arrastrar tras ellas a sus respectivos pueblos mediante la enajenación ideológica y poderosos aparatos de propaganda que hicieron confundir a grandes masas sus intereses con los de quienes las oprimían.

Ante aquel panorama bélico actualizado, la clase obrera añade hoy a sus preocupaciones la de observar los efectos que causa o puede causar el acceso a la cumbre de países tan importantes como Estados Unidos, Brasil o el Reino Unido, de Presidentes o Primeros Ministros procedentes de las clases dominantes, que han dado muestras evidentes de padecer desequilibrios mentales; pese a ello, no se les impide seguir dotados de un inmenso poder que les capacita para desencadenar nuevas y aterradoras guerras, cuyos principales perjudicados serían, precisamente, l@s trabajador@s del mundo.

Es táctica recurrente de políticos de las superpotencias o grandes potencias, tanto en la cúspide de su poder como en declive, inventar guerras con las que alardear de fuerza militar para, con ella, potenciar o recobrar apoyos sociales vigentes o perdidos. También resulta habitual que busquen enemigos débiles y vulnerables que les garanticen una fácil victoria. Lo que sucede es que, a veces, tal elección le sale rana a quien la adopta: fijémonos en Vietnam, un pequeño país del sureste asiático, que defendió paladinamente su tierra contra la invasión militar de los Estados Unidos entre 1964 y 1975, infligiéndole una derrota militar, social y política sin precedentes. Pero hasta cuatro millones de seres humanos -58.000 norteamericanos, el resto vietnamitas- perdieron la vida en aquel conflicto. Recordemos Afganistán, que expulsó al Ejército soviético, pero, dada la alianza talibán con Washington para lograrlo, se ve sometido a la actual ocupación militar estadounidense y extranjera. Presenciamos hoy la cruel guerra en Yemen, cuyo pueblo en armas, a costa de un sufrimiento inaudito, detiene militarmente al gigante de Arabia Saudí, armado hasta los dientes, incapaz de conseguir su propósito geopolítico de dominar la salida del Mar Rojo.

A la espera de sorpresas

Por todo ello, much@s trabajador@s se preguntan hoy qué sorpresa en clave bélica nos puede deparar Donald Trump, con miras a remontar los pronósticos electorales adversos ante los comicios presidenciales del próximo mes de noviembre. ¿Será capaz de mantener el tipo, como hasta ahora formalmente lo ha hecho negándose a desencadenar una nueva guerra abierta, sin recurrir a una confrontación bélica para sacar pecho a partir de ahora ante sus potenciales votantes belicistas de extrema derecha? ¿Osará transformar la guerra comercial, ya abierta con China, en una contienda bélica en el Pacífico? ¿Podrá vencer las presiones hacia la guerra procedentes del poderosísimo complejo militar-industrial estadounidense -al que públicamente critica, pero al que aumenta exponencialmente los presupuestos militares? ¿Qué piensa hacer al respecto y en los próximos meses este gigantesco poder fáctico que vende armas a medio mundo a precio de oro y que necesita mantener encendido el fogón del odio y la inestabilidad desencadenantes de los conflictos armados y de las guerras? Si Trump sucumbe a esas presiones -o a las de su propio ego inestable, como otros muchos temen- ¿cuál será el próximo escenario de las batallas por venir y cuáles van a ser los pueblos trabajadores que las sufran en sus carnes? ¿Los pueblos de Venezuela, de Irán, el Próximo Oriente, el Norte, el Centro o el Este de África? ¿Azuzará guerras encubiertas u otras entre sus aliados subalternos, como Colombia y sus supuestos enemigos, como Venezuela? ¿Promoverá el derrocamiento de regímenes democráticos, nacionalistas o indígenas, como ya ha hecho en Bolivia? ¿En qué parte del mundo sucederá todo esto?

En cuanto a Jair Bolsonaro, iluminado dirigente de Brasil, ¿llevará a su país a una guerra civil –con posibilidades de extenderla por el surcontinente- si sigue avanzando tan atropelladamente como lo está haciendo hacia la confrontación social interna brasileña? ¿Proseguirá su ruta hacia la hostilización de sus vecinos y hacia el cruce de un umbral ecológico sin retorno, por espolear la deforestación de las selvas amazónicas que proveen de oxígeno a toda la Humanidad?

A propósito de Boris Johnson, ¿admitirá la hegemonía alemana de Europa –cocausante histórica de las dos guerras mundiales- continente del cual aquel ha apostado por separarse dando tan irresponsablemente un portazo? ¿Cuánto va a tardar en involucrarse el Reino Unido en la contienda que Grecia y Turquía riñen en el Mediterráneo oriental -con Francia apoyando a Atenas con su Marina de guerra-, por las aguas territoriales y los fondos marinos llenos de hidrocarburos en torno a Chipre, la antigua posesión británica? ¿Puede escalar esta guerra hasta una conflagración continental? El controvertido líder populista de derechas británico, adalid del Brexit, ¿con qué nueva pataleta se propone sorprendernos?

El denominador común de muchos de estos potenciales conflictos armados es que quien pagaría su precio en sangre y destrucción sería la clase obrera de dondequiera que tales guerras surjan, por inducción de cualesquiera de los mentados líderes o, reactivamente, de aquellos otros dirigentes que se sientan obligados a oponerse a tales designios. No olvidemos que hay otras grandes potencias, como China, Rusia, India, Francia o Reino Unido, así como países de tamaño menor pero con armamento atómico, tales Israel o Pakistán, y otros líderes en juego como Xi Jinping, Vladimir Putin, el líder ultranacionalista hindú Narendra Modi o el derechista israelí Benjamin Nethanyahu, que si bien no muestran desequilibrios mentales o emocionales tan manifiestos como los de Trump, Bolsonaro o Johnson, sí están dotados de enormes poderes. Con ellos pueden permitirse inducir o neutralizar todo un catálogo de agresiones o de revanchas, con arsenales nucleares propios en su poder, amén de amplias cotas de ambición personal.

Un repaso a la Historia nos hace recordar que la crisis político-militar derivada de la rapiña económico-colonial intra-europea, desencadenó la Primera Guerra Mundial y que la crisis económica de 1929 trajo la Segunda conflagración mundial. De los 200 millones de muertos, heridos o desaparecidos de ambas contiendas, ocho de cada diez de ellos eran trabajador@s.

Los sectores más conscientes de la clase obrera se comprometieron en oponer históricamente al monstruoso aparato de destrucción de la guerra imperialista, colonialista, neocolonial, fascista o de anexión el potente mensaje del internacionalismo, hoy inextricablemente unido al pacifismo, formas supremas ambas de la solidaridad entre las clases trabajadoras del mundo.

Ahora, cuando más temiblemente persiste el potencial de los arsenales atómicos acumulados durante la Guerra Fría y se ceban los de las armas convencionales de la superpotencia, de las grandes potencias y las potencias medias; cuando una epidemia mundial amenaza al futuro de la Humanidad con un patógeno ultramicroscópico que infecta y mata ya a un millón de seres humanos; es ahora cuando surge el riesgo de que algunos políticos desequilibrados y/o sin escrúpulos, azuzados por las clases dominantes que les apoyan, experimenten una pulsión homicida: la de distraer su ineptitud en la lucha contra la pandemia barajando construir nuevos enemigos para desencadenar nuevas guerras. Tal riesgo que crece ahora de manera exponencial. Y ello porque una nueva crisis económica, de alcance desconocido será -si el pacifismo internacionalista no lo impide-, el temible corolario de esta devastadora epidemia mundial.

Urge pues rescatar el mensaje internacionalista y solidario de la clase obrera como poderosos dique político, social y moral para enfrentar la crisis pandémica y sus evidentes efectos socioeconómicos. También para rectificar el rumbo enloquecido de una globalización descontrolada, en manos neoliberales, que ahonda la desigualdad a escala planetaria y alimenta los conflictos de clase. Nadie duda ya que el futuro de la Humanidad está en juego, pues un mero patógeno ha puesto en jaque todo un sistema mundial globalizado, conmoviéndolo hasta sus tuétanos.

La clase obrera -en cuyos rangos figuran trabajador@s industriales, campesin@s, emplead@s, funcionarios, parad@s, estudiantes y soldad@s...-, es la única que tiene la capacidad para asumir con éxito la responsabilidad histórica de enfrentar y superar esta crisis. Y lo conseguirá si logra vertebrar una política de alianzas inteligentes con otros sectores sociales que sintonizan con los anhelos democráticos que le han movido históricamente. Y ello porque l@s trabajador@s llevan siglos ganando el combate por la supervivencia en libertad de tantos hombres y mujeres que, sin su organización y sus ideales, hubieran perecido, pese a aquellas clases dominantes y déspotas que, con tanta, con demasiada frecuencia, se proponen conducirles al matadero.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.