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Los nuevos escenarios tras la guerra comercial sino-estadounidense

El pasado mes de enero Donald Trump y el Viceprimer Ministro Liu He firmaron la Fase 1 del acuerdo comercial entre los Estados Unidos (EE.UU.) y la República Popular China (RPCh). En esta fase, el gobierno estadounidense se comprometía a cancelar aranceles futuros, no así los ya existentes, y a cambio la RPCh se comprometía a comprar productos y servicios estadounidenses por valor de 200 mil millones de dólares al año.

En un principio, con aquella firma, parecía que se comenzaba a dar carpetazo a la guerra comercial entre ambas potencias. Una guerra comercial en la que subyace, indudablemente, una guerra geoestratégica. Algo que ya viene de lejos y ni siquiera es una premisa del gabinete de Trump. La nueva estrategia de defensa aprobada por los EE.UU. en el año 2012 tenía como clave esencial la contención de China ya que Washington señalaba a Beijing «como un peligro para sus intereses nacionales en el Pacifico y Asia Meridional, y para su hegemonía unilateral planetaria». (Xulio Ríos, 2012)

Volviendo al acuerdo de enero, durante cuatro meses parecía que la cosa prometía pues tanto uno como otro gobierno fueron retirando paulatinamente aranceles a diferentes productos. De hecho, a mediados de mayo el gobierno de la RPCh anunciaba nuevas exenciones arancelarias a 79 productos estadounidenses.

Sin embargo, no todos están de acuerdo con esta posición. Así, según informaciones del Global Times en el mes de mayo, surgieron voces dentro del poder chino que solicitaban una revisión más dura de este acuerdo comercial. Hasta entonces parecía existir cierta unanimidad sobre que valdría la pena llegar a cierto compromiso de acuerdo para terminar con esta guerra comercial que venía produciéndose prácticamente desde que Trump llegó al poder en Washington con su discurso chovinista «Great America again» y anunciase la imposición de aranceles por valor de 55.000 millones de dólares a empresas chinas.

Pasó 2018 y llegó 2019 con uno de los casos más conocidos: Huwaei. A mediados de ese año Google anunció que iba a dejar de dar actualizaciones de su sistema operativo (Android) a esta empresa china de telefonía. ¿Por qué esta decisión de Google? Porque siguió las instrucciones del gobierno estadounidense después de que este último acusase de espionaje y ciber espionaje a la empresa china. ¿Dónde queda el laissez faire del que tanto se reclama el gobierno estadounidense?

Estas acusaciones del gobierno Trump no han sido demostradas, pero teniendo en cuenta que el gobierno de Geroge W. Bush se atrevió a presentar en la ONU pruebas falsas de armas de destrucción masiva en Irak para que sus aliados apoyasen la guerra tampoco debe sorprendernos que al final todo se haya tratado de uno de los múltiples recursos de Trump para redirigir la opinión interna de su país.

Así, EE.UU. llegó a «recomendar», con todos los matices que conocemos sobre las recomendaciones estadounidenses, a los países de Europa y de Oceanía de la necesidad de hacer boicot a esta empresa. A nivel interno, tanto Google como Microsoft se vieron obligados a tener que cortar relaciones con la empresa. En Australia, Nueva Zelanda y Reino Unido sucedieron situaciones similares.

Sin embargo, no ha sido el único caso. En mayo de 2019 el gobierno estadounidense incluyó 46 empresas chinas en la Entity List (Lista de entidades) provocando el cese inmediato de todas las relaciones comerciales con estas empresas. A pesar de que poco a poco las relaciones comerciales con la marca china se fueron reconstruyendo al saber que la razón principal por la que había sido acusada no era cierta, el gobierno de Trump sigue imponiendo restricciones a Huawei como mantenerla al margen del despliegue de redes 5G. El gabinete Trump teme que la empresa china pueda utilizar el 5G como método de espionaje dentro de su territorio. Nuevamente, las acusaciones no han sido probadas. Sin embargo, en el s. XXI, en el contexto de las redes sociales no es necesario probar nada.

Todos sabemos que EE.UU. no utiliza desde hace años las redes sociales estadounidenses (Facebook, Whatsapp, etc.), la fibra óptica o hasta las propias líneas de teléfono para el espionaje global. Recordemos que, en el año 2013, gracias a documentos filtrados por el analista Edward Snowden, saltó la noticia sobre el espionaje a altos mandatarios europeos por parte de las agencias de seguridad estadounidenses.

De tal forma, Washington entiende que China se ha aprovechado de ellos desde hace décadas y mientras tanto el gobierno de Beijing respondía en junio indicando a sus máximas empresas estatales en importaciones de productos agrícolas y ganaderos (Cofco y Sinograin) que detuviesen sus compras de ciertos productos estadounidenses. Aunque pueda no parecerlo esta medida hace mucho daño a la economía yankee, por eso en el acuerdo de la Fase 1 se incluya esa medida: la de comprar productos agrícolas estadounidenses.

¿La respuesta de los EE.UU.? A finales de ese mismo mes, el 26 de junio, impuso restricciones de visa a los oficiales del Partido Comunista Chino que estuviesen implicados en «socavar el alto grado de autonomía y restringir los derechos humanos en Hong-Kong». Resulta curiosa esta acusación sobre los derechos humanos teniendo en cuenta que justo un mes antes fue asesinado, por la policía de Mineápolis, el ciudadano Geroge Floyd provocando los mayores altercados en pro de los derechos civiles en EE.UU. desde hacía varias décadas. Por no hablar del historial poco humanitario que tiene este país en las últimas décadas (Guantanamo, vuelos de la CIA, etc.) ¿Puede una superpotencia que utiliza todos los medios posibles para espiar a sus aliados ser ejemplo de ética ante otra superpotencia ascendente?

¿Puede una superpotencia en la que incluso en 2020 sigue existiendo un racismo estructural en buena parte de sus pilares fundamentales de la seguridad ciudadana reclamar algo desde un aspecto moral? ¿Puede dar ejemplo de moralidad alguien no ha dejado de inmiscuirse en los procesos internos de otros países a lo largo del s. XX?

El país americano juega con la ventaja de décadas de propaganda (cinematográfica, musical, etc.) e influencia cultural en buena parte del globo para promover una visión de sí misma idealizada y sustentada en una visión fantástica de sus valores fundacionales. Esto hay que reconocérselo: nadie como los estadounidenses para promocionarse y generar una imagen ennoblecida de sí mismos. Por el contrario, China ha tenido muchos desafíos a lo largo de las últimas décadas desde el proceso de apertura iniciada a finales de los años 70 del s. XX. Uno de esos desafíos siempre ha sido el de su imagen exterior.

A pesar de esto, durante la pandemia del SARS2-Cov (Coronavirus) se ha demostrado su capacidad para saber dar la vuelta a la opinión mundial. Pasó de ser visto como el máximo culpable a uno de los Estados más colaborativos ante la pandemia. A pesar de todos los burdos intentos del presidente Trump, a través de sus chistes zafios como el de llamar “Kung Flu” al coronavirus. De hecho, los datos confirman que la percepción respecto a China en aquellos países más afectados de Europa mejoraba notablemente a la percepción que tenían del gobierno estadounidense.

En mayo, por ejemplo, tan sólo el 36% de los españoles veía a EE.UU. como la principal potencia mundial frente a un 56% que consideraba que lo era China. En Italia en un sondeo hecho a mediados de abril, en el momento más fuerte de la pandemia, el 52% de la sociedad italiana consideraba a China como el principal país amigo, le seguía Rusia con un 32% y tras ella los EEUU con sólo un 17% de apoyo.

¿Casualidad? No. Apenas unas semanas antes un grupo de médicos chinos llegó a Roma para ayudar a los médicos de Lombardía. Al mismo tiempo, un destacamento militar ruso especializado en tareas de desintoxicación nuclear, química y bacteriológica aterrizó en Italia. Los militares rusos se trasladaron a Lombardía con la bandera rusa en lo alto de camiones y jeeps. Por primera vez, un convoy militar ruso atravesaba la península itálica en misión oficial. Como se indicó en un periódico español: «En el cuartel general de la OTAN en Bruselas se les pusieron los pelos de punta».

Mientras el sistema sanitario estadounidense evidenciaba sus mayores debilidades, China lograba revertir la percepción negativa del inicio de la pandemia al ser el país donde surgieron los primeros casos. Podemos cuestionar que algunos de los datos de esos primeros momentos no fueran del todo ciertos, pero la realidad es que en el país asiático han sabido contener la propagación y esto les permite dar la imagen de normalidad que los países como EE.UU. no pueden dar teniendo en cuenta que es el país con mayor número de muertos, casi 200.000 personas. Además, el gobierno chino ha ofrecido ayuda técnica y material al resto del mundo para combatir con mayor eficacia la acelerada expansión de la enfermedad, algo que EE.UU. no.

Ahora China está en una posición del todo privilegiada ya que somos los demás los que tenemos que comprarle, entre otras muchas cosas, el material sanitario necesario para atajar la pandemia. ¿Si somos tan dependientes de China ahora en las mascarillas, test rápidos o respiradores no podríamos serlo en el futuro desde un punto de vista económico? El tiempo lo dirá, pero bajo ese contexto nos encontramos.

La verdadera prueba de fuego para todos llegará cuando se supere totalmente la pandemia. En ese momento veremos si los países siguen a su aire al estilo estadounidense, que desde el principio se desentendió del resto del planeta fortaleciendo así sus intereses nacionales sobre la cooperación internacional, o cambian de rumbo. Potencias como China optaron por una versión más colaborativa con el resto de los países. Cierto es que, ahora mismo, ese era el único papel que podía interpretar.

Pero si hay una lección clara en toda esta crisis es que la Unión Europa sigue demostrando no ser capaz de coordinar acciones conjuntas y plantear soluciones razonables exentas de polémicas (coronabonos) sin caer en declaraciones incendiarias entre los diferentes Estados que la componen.

Continuará…

Profesor de Historia en Secundaria. Autor de "Tomás Meabe: escritos políticos" (2013) y "Un siglo de Juventudes Socialistas de Euskadi" (2019).

Licenciado en Historia por la Universidad de Deusto. DEA en Relaciones Internacionales por la UPV-EHU con tesina “Relaciones UE-China: un futuro por delante”. Postgraduado en “Organización jurídica, económica y política de la R.P. China y Taiwán” por la Universidad de Alcalá de Henarés.