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Un atentado que conmovió al mundo. El 11 de septiembre de 2001 comenzó el declinar geopolítico de EEUU (I)

Diecinueve años después de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, un puñado de preguntas flota aún en el aire sin respuesta. Las teorías de la conspiración pueden ser fácilmente despejadas con los hechos, cuando estos constan. Y cuando no constan, también; siempre y cuando recurramos a la lógica y a la razón para establecer la silueta hipotética de las respuestas a dar a los interrogantes aún planteados.

Hay que partir de una consideración previa para atinar: en trasuntos geopolíticos, como el que aquí tratamos, lógica y razón muestran un sesgo especial dada la complejidad de factores que acostumbran comparecer en escena. No suele haber explicaciones simples para fenómenos complejos caracterizados por numerosos y prolijos factores, como es el caso que nos ocupa. En tales casos, el simplismo es la mejor manera de perpetuar sin respuesta aquello que se desea averiguar con certidumbre.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos fueron algunos de los principales acontecimientos que desencadenaron un giro geoestratégico crucial en el panorama mundial, giro que se venía gestando desde la desintegración de la URSS en 1991 y que halló en aquel suceso su arranque y despliegue en medio de una fuerte conmoción de la opinión pública mundial. Pese a la reacción de fuerza emprendida por Washington a escala militar mundial tras los atentados –invasión de Afganistán, ocupación de Irak- , los hechos marcaron el origen del declinar geopolítico estadounidense: así lo prueban los acontecimientos actuales en el gran país norteamericano –escindido social y políticamente por muy graves contradicciones y con una Presidencia, la de Donald Trump, cuando menos errática y fuera de control institucional-. Graves sucesos actuales que, muy presumiblemente, engarzan con el desconcierto mostrado a partir de entonces por el gran gigante geopolítico norteamericano, tras reaccionar desproporcionadamente contra la agresión terrorista eludiendo el respeto al Derecho Internacional en sus prácticas políticas externas y a los Derechos Humanos intramuros de sus fronteras.

Para muchas personas, lo sucedido aquel 11 de septiembre de 2001 se trataba de la primera agresión exterior de envergadura contra Estados Unidos, geográficamente aislado de la conflictividad continental europea y asiática por dos océanos y por dos vecinos no hostiles desde hacía casi dos siglos, Canadá y México. Para una parte de la opinión pública, los atentados implicaron la globalización del terror; para otra, la consumación de una venganza histórica contra la gran superpotencia; y, para todas, la implicación simultánea y virtual de la opinión mundial en una espiral geopolítica de alcance desconocido. Hoy, 19 años después, cabe columbrar en aquellos atentados el origen del declinar histórico de los Estados Unidos de América como superpotencia incuestionada.

Cuatro comandos

Los hechos señalan que quienes protagonizaron los atentados fueron tres grupos de cinco activistas árabes y uno de cuatro miembros, cada grupo con un piloto, de los cuales dos individuos procedían de los Emiratos árabes, uno era egipcio, otro libanés y todos los restantes, 15, eran saudíes de nacionalidad: en las primeras horas de la mañana del 11 de septiembre de 2001, secuestraron cuatro aviones de línea de dos compañías norteamericanas, United Airlines y American Airlines. Los aparatos trasladaban en su conjunto 246 personas, tripulantes incluidos, desde aeropuertos de la Costa Este de los Estados Unidos de América, como Boston, Washington y Newark, hacia Los Ángeles, tres vuelos, y San Francisco, el cuarto vuelo.

Los activistas conminaron a los viajeros por distintos medios y, con armas blancas y la amenaza de explosivos, se adueñaron de la tripulación de los aparatos, cuya dirección tomaron en sus manos. Dos de los aviones, convertidos por sus pilotos en proyectiles al modo de los aviones kamikaze, entre las 8,46 y las 9.08 horas de aquella mañana de martes, fueron lanzados consecutivamente contra las Torres Gemelas de Nueva York, Norte y Sur, de 110 plantas de altura cada una, a una velocidad estimada en 880 kilómetros a la hora. Portaban en sus depósitos 65.000 kilos de keroseno.

En el amplio complejo del World Trade Center neoyorquino, símbolo del poderío comercial y financiero de los Estados Unidos, se alojaba una población estimada diariamente en 16.000 personas. Tal cifra, dada la temprana hora matinal, debió ser entonces menor. El impacto del primer avión incendió la parte alta del edificio a la altura de la planta septuagésima, desintegrándose en el interior del rascacielos sus ocupantes y el aparato. Su violentísimo choque vertió hacia el cielo una enorme humareda vertical visible a muy larga distancia. Ello hizo que cuando el segundo avión, tras un cuidadoso alabeo del piloto secuestrador para enfilarlo frontalmente hacia el rascacielos, se precipitó sobre la Torre Sur, cámaras fotográficas y de televisión, de particulares y de organismos oficiales, se hallaran enfocando en aquel preciso momento ambas torres. Aquellas imágenes, en las cuales se veía una torre ardiendo, con algunos de sus ocupantes lanzándose por las ventanas a casi cien metros de altura, y la otra torre materialmente perforada por el impacto del segundo avión, que la atravesó, convertirían el episodio en un acontecimiento mediático a escala mundial y sin precedentes en la historia, porque transcurrió en directo ante la mirada de millones de espectador@s.

Media hora después del segundo impacto sobre la Torre Sur, a las 9.39 horas, y una hora y cuarto después del primer impacto contra la primera torre, un ala en obras del edificio del Pentágono, complejo pentagonal en el Estado de Virginia, donde tiene su sede el Departamento de Defensa, recibió supuestamente un enorme impacto lateral rasante que abatió sus muros, si bien no ha existido comprobación fehaciente de la naturaleza del objeto que, supuestamente, se proyectó contra su fachada. En ningún momento la defensa antiaérea del Pentágono entró en funcionamiento.

Seis minutos después, a las 9.45, se ordena oficialmente por el mando militar aterrizar en los aeropuertos más cercanos -a riesgo de ser abatidos por la aviación de combate- a todos los aparatos que sobrevuelan en ese momento el territorio de Estados Unidos; se añadirían también posteriormente los que sobrevolaron Canadá.

El cuarto avión secuestrado, cuyo destino final era San Francisco, cuando sobrevolaba a elevada altitud la localidad de Shanksville, Pennsilvania, cayó a tierra y murieron sus 40 ocupantes. Las autoridades dijeron haber interceptado una llamada desde un teléfono móvil a su familia por parte de un pasajero de nombre Todd Beamer, llamada en la que indicaba que los viajeros se enfrentaban a los captores del avión. Y pronunció la frase “let,s roll”, convertida en emblema de la lucha en medio de aquella tragedia.

Caen las Torres

Un minuto antes de las diez de aquella mañana, se derrumba la Torre Sur. Tan solo 29 minutos después, también con enorme estruendo, lo haría la Torre Norte. Más de 2.000 personas se hallaban dentro o en sus inmediaciones. Con la caída de ambos rascacielos, otros 27 edificios contiguos resultarían seriamente dañados, entre ellos uno de 47 plantas, que albergaba una unidad de inteligencia antiterrorista instalada por el Ayuntamiento neoyorquino, una sede del Servicio Secreto y un organismo equivalente a la española Comisión Nacional del Mercado de Valores. Otro de los rascacielos más afectados lo sería la sede del Deutsche Bank alemán, que quedó inutilizado. Sin embargo, la mayor parte de los residentes en el área perimetral a los edificios fue evacuada con vida antes del desplome de los dos gigantescos rascacielos.

Bajo ambas Torres Gemelas, equipos policiales y antiincendios habían comenzado ya a faenar desde la percepción del primer impacto, así como a rescatar a posibles supervivientes, lo cual aumentó entre los rescatadores el número de víctimas, al precipitarse sobre unos y otras las inmensas moles destruidas. El número de muertes en el perímetro de las Torres fue de 2.606; 240 personas, de ellas 15 niños, perecieron dentro de los aviones; en el Pentágono murieron al parecer 125 personas. Tan solo en el Cuerpo de Bomberos de Nueva York el número de víctimas se cifró en 343 agentes. Sesenta policías de distintos cuerpos fallecieron asimismo en la zona. Entre las víctimas se contabilizaron 247 hispanoamericanos. 24 personas continúan desde entonces desaparecidas. La cifra oficial de víctimas mortales, desde entonces, es de 3.016 personas. Hubo además 6.000 heridos. Cinco personas más murieron en fechas posteriores al 11-S al abrir cartas, enviadas por terroristas, que contenían una bacteria letal denominada carbunco.

El presidente George W. Bush, recién elegido en el arranque del año 2001, se hallaba de gira en una escuela infantil de la ciudad de Sarasota, en Florida, cuando fue informado de lo sucedido en las Torres Gemelas aquel 11 de septiembre de 2001. A las 9.08 se prohíben los vuelos sobre Nueva York. A las 9.10 de la mañana, Richard Clarke, responsable de la lucha antiterrorista, convoca una reunión urgente con responsables policiales, militares, de información y de inteligencia. Un cuarto de hora después, se prohíbe el despegue de cualquier avión. A las 9.31, el presidente Bush emite un discurso desde un lugar desconocido en el cual anuncia que los Estados Unidos están siendo atacados.

Al poco, surge la orden de aterrizaje en el aeródromo más cercano para todo aparato en vuelo sobre el territorio estadounidense. A las 9.48 la Casa Blanca y el Congreso son evacuados. A la una de la tarde, Bush, desde la base aérea de Barksdale, en Luisiana, decreta la alerta máxima. Poco después de las tres de la tarde, el avión que traslada al presidente Bush aterriza en la base de Offut, en Nebraska y hora y media después ordena ser llevado a la Casa Blanca, desde cuyo despacho oval enviará un mensaje a la nación.

Algunas zonas afectadas por los atentados permanecieron en combustión hasta tres meses. Cuatro estaciones del metro neoyorquino, más la iglesia ortodoxa de san Nicolás, quedaron destruidas. Las operaciones financieras controladas por la organización equivalente a la Comisión Nacional del Mercado de Valores, ubicada en el complejo World Trade Center, perdieron copiosa documentación, al igual que el Deutsche Bank, cuyo edificio se vio tan dañado como para quedar totalmente inutilizado. Las redes eléctricas, de agua y de telecomunicaciones de la isla de Manhattan sufrieron graves daños, así como las instalaciones portuarias, cuya Autoridad gozaba de amplios poderes administrativos y aduaneros, así como instalaciones propias en la zona afectada por los atentados.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.