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El problema de la justificación histórica sobre la Monarquía y una visita a Cánovas

En este país se ha justificado la existencia de un sistema monárquico por razones prácticas, para no alterar la estabilidad diseñada en la Transición del paso de una Monarquía autoritaria franquista a una parlamentaria y democrática, y luego porque el rey Juan Carlos I habría conseguido una legitimidad propia no sólo con la Constitución del 78 sino también por su papel en el golpe, hoy ya, afortunadamente, no tan mitificado (¡qué daño ha hecho a la Transición la mitología generada!) y luego por ser la cabeza de una supuesta “marca España” por el mundo. Pero, pensemos un poco, ¿hay hoy justificaciones teóricas sobre la necesidad de contar con una Monarquía? En realidad, si no me equivoco, solamente los carlistas se han preocupado de esta cuestión reelaborando o combinando su anterior legitimismo con un concepto de socialismo autogestionario.

En nuestra Historia contemporánea, superada la justificación divina de la monarquía absoluta, solamente, que sepamos nosotros, existe un estadista que justificó teóricamente y de forma clara la necesidad de la Monarquía, y este hombre político se encargó de construir un sistema político nuevo con armazones viejos, pero reinterpretados. Estamos hablando de Cánovas del Castillo y de la Restauración borbónica. Veamos un poco las ideas del político malagueño, para luego sacar alguna conclusión en clave actual.

Cánovas era conocedor de los sistemas políticos europeos y, como muchos políticos del siglo XIX, sentía predilección por el británico, tan estable frente a los profundos cambios que se daban en el resto de Europa. A Cánovas le gustaban tres elementos del sistema político liberal británico: la Monarquía, el Parlamento y la alternancia en el poder de dos partidos sin pronunciamientos, violencias, respetándose entre sí, incluyendo la obra política de cada uno cuando el otro accedía al poder. Cánovas quería aplicar en España la doctrina inglesa de la balanza de poderes entre la Corona y el Parlamento y elaborar una constitución moderada.

En primer lugar, rescató el concepto de soberanía compartida, propio del liberalismo moderado español. La soberanía compartida partía de la concepción que tenía Cánovas de la Nación y de la Corona. La primera sería una creación histórica configurada en el tiempo. De su larga e intensa experiencia histórica surgiría una constitución interna, propia y particular para cada nación. La Nación española estaría representada, históricamente, en las Cortes. La historia también era protagonista a la hora de defender el principio monárquico, ya que la española habría convertido al rey en una institución fundamental. Así pues, las Cortes y la Corona debían ejercer la soberanía conjuntamente.

Pues bien, este argumento partía de una concepción determinada de la Historia para justificar la existencia de la Monarquía con un poder evidente, ya que compartía la soberanía con la nación. Este argumento ya está caduco, nadie fuera de la Nación, es más, del pueblo, puede tener soberanía en una democracia como la nuestra. ¿Entonces qué ocurre con la Monarquía? Pues que puede existir, como ocurre en modernas democracias, como una concesión a la Historia, pero sin el poder derivado de la misma al modo canovista. Claro, pero esto es, insistimos, una concesión de la Nación, o mejor dicho, del pueblo, ya que es intolerable argumentar el principio de los derechos dinásticos en una democracia donde nada está por encima del principio de la soberanía popular.

Y esa concesión se basa en la idea que esta institución monárquica debe ser escrupulosa, muy estricta en su comportamiento hasta personal. No valen los errores porque estamos hablando de un privilegio. Los errores de un presidente de República no arrastrarían a la misma porque, a fin de cuentas, además de la justicia, está el ejercicio electoral directo o indirecto (pensemos que hay modelos presidencialistas, que suelen ser establecer una elección directa o semidirecta, frente a los modelos no presidencialistas en los que el legislativo es el que elige), instrumento de la soberanía popular, y con la Monarquía eso no existe. No se soluciona, a nuestro juicio, con el cambio de titular del trono.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.