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Contra el odio, reconciliación

En estos tiempos en que andamos tan airados, y en los que tantos se creen poseedores de la única verdad, y defensores de una acertada moral intransigente. En el que a nadie se le perdonan fallos o errores cometidos en el pasado, como si en la vida ya no se pudiera tropezar y volverse a levantar. En el que ya no se le permite a nadie rectificar ni enmendar su andadura. En el que el odio, parece haberse convertido en el sentimiento más generalizado… En estos tiempos…

Puede que yo sea un ingenuo, o que peque de “buenismo”. Es posible. Pero un par de amigos me han reprochado, que confunda la religión con la política. Como argumentando que el concepto de perdón es religioso y, por tanto, no tiene cabida en la filosofía política. A ellos querría recordarles, que una personalidad nada religiosa como Hannah Arendt, buscando un remedio que pusiera la vida en común de los hombres, a salvo de su incertidumbre de base, y de sus errores y culpas inevitables, nos explicaba que Jesús encontró ese remedio, en la capacidad humana para perdonar, que se basa asimismo en la comprensión de que en la acción, nunca sabemos lo que estamos haciendo (Lucas 23, 34), de modo que, no pudiendo dejar de actuar mientras vivamos, no debemos tampoco dejar nunca de perdonar (Lucas 17, 3-4). La gran audacia y el mérito incomparable de este concepto del perdón - novedad específicamente política, y no religiosa, de las enseñanzas de Jesús – consiste en que el perdón pretende hacer lo que parece imposible: deshacer lo que ha sido hecho, y establecer un nuevo comienzo, allí donde los comienzos parecían haberse hecho imposibles. Perdonar es una acción que garantiza la continuidad de la capacidad de actuar, de comenzar de nuevo.

Y es que mientras no seamos capaces de zafarnos, de esa trampa mortal de los odios enfrentados, difícilmente los problemas que nos agobian, tendrán una solución pacífica, política. Porque ¿qué es el odio? ¿tiene cura? se preguntaba Ignacio Morgado Bernal (Director del Instituto de Neurociencias, de la Universidad Autónoma de Barcelona). Y se respondía, que es como un estado de excitación, de fijación en el odiado, y de deseos de venganza. Puede dirigirse contra individuos, grupos humanos, ideologías o religiones, costumbres o cosas. Muchos odios son individuales, como el odio a la expareja, pero otros son compartidos por mucha gente.

Parece que a las personas que odian no les gusta odiar solas, porque eso les hace sentirse inseguras. La hostilidad hacia un grupo humano diferente, incrementa la solidaridad y cohesión en el propio grupo. El odio es especialmente grave, cuando proclama la condena moral de los odiados, negándoles derechos sociales, un buen trato y consideración e, incluso, un lugar en la historia, derribando sus estatuas, o reescribiendo sus biografías, desde las pautas morales de hoy.

La fuente moderna de odio son las redes sociales, donde el anonimato y el sentido de impunidad, hacen que mucha gente pierda la inhibición a la descalificación, el insulto y la amenaza. Es otro modo de instigar al odio, hacer que las personas se sientan amenazadas o humilladas.

Y ¡ojo! el odio no desaparece así como así, aunque las circunstancias externas cambien. No, no existe fórmula mágica para erradicarlo en sociedades culturalmente diversas y problemáticas. Los procesos que pudieran cambiar o limitar el sentimiento de odio, son lentos y requieren conocer sus raíces.

Se ha dicho acertadamente, que “la gente inteligente puede odiar, pero que la gente sabia no odia nunca”. La sabiduría es mucho más que la inteligencia, pues añade bonhomía y generosidad, experiencia y creatividad, además de buscar el bien colectivo y a largo plazo, más que el de una parte o, peor aún, el propio. Una buena educación para combatir el odio, debería enseñarnos a ser sabios más que inteligentes, pues el odio jamás resuelve problemas, lo que hace siempre es fomentarlos y agravarlos.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.