Quantcast
ÚNETE

Los insignificantes

Cuando los insignificantes hablan de gobierno ilegítimo, es que no piensan en grande. En el fondo, no piensan en la capacidad de los ciudadanos en movilizarse para cambiar las cosas. Cuando la gente percibe que los insignificantes no creen en ella… esa gente no cree en esos dirigentes. Y los insignificantes se reúnen. Y creen que pueden ser mayoría. Y creen hacer Historia. Pero no aceptan que en una elección todas las papeletas valen igual. Los votos valen igual. La insignificancia no confía en la capacidad de las personas para elegir. Para moverse hacia el encuentro con la Historia. No estiman a los ciudadanos. En el fondo los desprecian. Los insignificantes se tornan violentos desde una impunidad diseñada. Pero son cobardes frente a la Justicia realmente democrática. Los insignificantes se creen inviolables.

Porque la insignificancia con poder suele ser autoritaria. Puede o no estar acompañada por desmesuras. Los insignificantes con poder disfrutan de la dominación. Son incapaces de consensuar. Por lo que la insignificancia está lejos de la grandeza. Porque es hueca. Formalista. Dogmática. En general, dispuesta a la amoralidad. Esto no tiene que ver con títulos y honores, al contrario, las más altas dignidades pueden ganarse a pulso esa insignificancia cuando traicionan sus obligaciones. La verdad no es hija de la autoridad, es hija de la Historia. A pesar de que jueces y fiscales actúen de formas discutibles. También la Historia los pondrá en su sitio.

En ocasiones, los seres insignificantes nos engañan con una máscara de lealtad y de propósitos nobles. Entonces, si transcurre el suficiente tiempo, podríamos comprobar la esencia de su ser. El triste caso de Felipe González es un ejemplo claro de lo que digo. Antes de las revelaciones de la CIA, su defensa de Jordi Puyol resumía su decadencia. Sobre Aznar diré que no nos engañó. Siempre fue leal a esas intenciones, todos sus actos son coherentes. En eso se igualaron Josemari y Mariano. En su juego, ganó el menos escrupuloso de ambos. Las consecuencias las seguimos padeciendo. La insignificancia de ambos es una reveladora condición. Por ello, los españoles confiamos durante mucho tiempo en que se produjera una disrupción. Parecía ser en vano. El paisaje político siguió mediocre. Las encuestas “cocinadas” lo procuraban evidenciar. Crearon el experimento Ciudadanos. Todo fue inútil. Pero el voto legítimo nos trajo hasta aquí, hasta este gobierno de coalición progresista.

Reflexiono esto al volver a leer una frase de Arthur Schopenhauer: “Uno debe acostumbrarse a oír todo sin inmutarse, incluso las historias más descabelladas, ponderando la insignificancia de quien habla y sus opiniones, y absteniéndose de cualquier discusión. Ello permitirá luego recordar la escena con satisfacción”

Entonces la cuestión es si quieres formar parte del cambio y sentirte un ser humano satisfecho por haberlo conseguido. Porque, pese a esos episodios en los que nos vemos afectados por la infelicidad que nos producen los insignificantes, la Historia avanza inexorable.

La cuestión que queda por dilucidar es ¿hacia la consolidación de la decadencia o hacia un resurgir con oportunidades?

De ti depende.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.