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Los farsantes ideológicos que manipulan la voluntad electoral

“El favor de las personas innobles sólo puede conseguirse por medios innobles.”

Séneca

 

Por farsante, término que proviene del mundo teatral pero se amplía a las conductas sociales, debe entenderse a  la persona que miente o engaña. Especialmente, significa que finge lo que no siente o se hace pasar por lo que no es para obtener algún provecho de ello. Son personas que, por una frustración vital, quizás no se sienten a gusto con su vida y prefieren inventarse una, las que ellos consideren, vida perfecta. Aunque esa sería una posibilidad justificada al deberse a perturbaciones de la conducta. Lo esencialmente grave, en cambio, es el caso de aquellas personas que hacen uso de ese fingimiento para el engaño de aquellos a quienes dice representar o defender.

Esta conducta suele producir en las víctimas del engaño, cuando se percatan de ello, una profunda decepción. Entonces, la respuesta suele ser suficientemente contundente como para que los farsantes descubiertos se replieguen y vuelvan a agazaparse. Esto ya ha ocurrido infinidad de ocasiones en la historia política y social de España. La última fue la operación derribo encabezada por Felipe Gonzalez y José Luís Cebrian, el entonces máximo directivo de Prisa. La formación de la Gestora y la ruta del retorno de Pedro Sánchez son suficientemente conocidos como para abundar en detalles.

El mantra de los farsantes y sus acólitos fue que “los números no dan”. Mentían a sabiendas, pero, con el respaldo del coro mediático, insistían en crear una realidad ficticia. Tan ficticia como la continuidad del estado de cosas surgidas de los acuerdos de la Transición. Derrocaron a Pedro Sánchez y auparon a Rajoy. Recordemos que el PSOE permitió la investidura del Registrador. Entonces, la abstención de los socialistas para la investidura del candidato del PP a la presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy, se avaló en el comité federal  del PSOE. Para ello fue necesario cambiar la resolución que prohibía propiciar un Gobierno presidido por los populares. Se dijo entonces, que el debate fue “franco, duro y respetuoso”, según palabras del recordado presidente de la gestora, Javier Fernández. En ese encuentro, en contra de la militancia, los poderes fácticos que hoy vuelven a intentarlo, impusieron la tesis de permitir, sin compromisos, que Rajoy gobernase. Argumentanron que era para “salir del desgobierno”. Las crónicas refieren que “no hubo aplausos cuando se anunció el triunfo de la nueva tesis por 136 votos a favor, el 59,15%, y 96 en contra, el 40,85%”.

Así, en octubre de 2016, pese a estar castigado por los casos de corrupción y con Sánchez fuera, ante el Pleno del Congreso, Mariano Rajoy fue investido con 170 votos a favor, 111 en contra y 68 abstenciones. Además del voto rebelde en contra de 15 diputados socialistas leales a Pedro Sánchez. Los barones autonómicos vieron con buena cara el mantenimiento de las políticas austericidas del PP. Se decían socialistas. La militancia los puso en su sitio.

Hoy, de aquellos socialistas neoliberales, destaca Emiliano García-Page, el llamado por algunos “el mirlo blanco” que promueven los centros financieros, religiosos y aristocráticos que vienen desde las profundidades del franquismo. Debemos hacer un ejercicio de claridad: el actual gobierno de coalición tiene la legitimidad de la mayoría de los votos de los ciudadanos españoles. Por tanto, todo acto que pretenda su usurpación no sólo es antidemocrático sino que es subversivo. Sería un acto terrorista.

Desenmascarar a estos farsantes es tarea de cada uno de los que tenemos la posibilidad de ejercer una labor de comunicación honesta y no sometida a cautividad alguna. Sea esta, económica, religiosa o política.

Atentos ciudadanas y ciudadanos. Están acechando.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.