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La exuberancia de los torpes

La torpeza es una conducta muy frecuente en las relaciones sociales. Inclusive, para algunas mentes snobs, suele ser necesaria para divertirse a su costa. Aunque para algunos círculos, la promoción de los torpes iletrados, resulta apropiada por su maleabilidad a la hora de responder a los deseos de sus promotores.

Karl Jaspers refería que una de las fuentes del filosofar, además de la duda o del asombro, eran las situaciones límite. Estamos en una situación límite de consecuencias inciertas. Un escenario peculiar que pone a prueba el desempeño y buen juicio de los responsables de su gestión. Tal vez desde allí se me permitan estas reflexiones.

Europa toda se halla en estado de alerta. Se cierran escuelas, comercios, bares, eventos masivos y se confina a los ciudadanos a permanecer en sus casas. Sin embargo, en el Reino Unido, esta pandemia parecía no importar. Boris Johnson consideraba prematuro imponer restricciones para contener la epidemia. No tomó en cuenta las críticas de la comunidad científica. Parecía dar prioridad a la actividad económica frente a la contención de la enfermedad de sus habitantes. No obstante, no fue hasta este pasado sábado  que el Ejecutivo británico anunció la prohibición de las actividades masivas a partir de la semana próxima. Según parece, pese a que horas antes el asesor científico del Gobierno, Patrick Wallace, había insistido en que la cancelación de esos actos tendría escasa influencia en la dispersión del coronavirus, la comunidad científica impuso su posición. El torpe tiene pánico a sus propias decisiones. El jueves Johnson  reconoció que la epidemia se extenderá y "muchas más familias van a perder a sus seres queridos".  Patrick Wallance calculaba que puede haber hasta 10.000 personas  infectadas, pero la cifra confirmada de casos era por ahora de 798 y 11 fallecidos. Se estima que el Reino Unido va con un mes de retraso con respecto a Italia, de ahí que aguarde para imponer medidas más radicales.  El momento “pico” de la infección tendrá lugar entre 10 o 14 semanas.

Tampoco le va en zaga el señor Trump que no parecía necesitar hacer su test de coronavirus. No tenía síntomas. Sus brigadas de asesores temían informarle acerca de las características de los portadores asintomáticos. Finalmente se lo hizo y dio negativo. Delicias del universo de los torpes con poder. Recordemos que el sistema sanitario público de los EE.UU. es bastante precario. Los torpes prefieren invertir en armas. En cualquier caso las reticencias a asumir seriamente medidas para contener la expansión de la epidemia parece que pueden costarle la reelección. Su torpe soberbia se evidencia ante el microscópico virus.

Además, como es de presumir, también es territorio de los torpes el de aquellos seres mezquinos, mal informados y pésimamente formados, que se atiborran en sus compras en los supermercados con el fin de salvar los alimentos que, cuál fetiche inerte, evitará la inanición de sus células y los protegerá del contagio. Yo me salvo tú pierdes porque “yo tengo y tú no tienes”. Egoismo activo que, como es de suponer, no evitará que el contagio se produzca: la superficie de las latas puede haber sido depositaria de la lluvia de “bichitos” por toses o estornudos de los portadores ya contaminados. Ese detalle se les debe de haber pasado por alto a la mayoría. No esterilizaron botellas, envases, bolsas y latas. Torpezas.

En el ámbito local destacan un Emiliano García-Page que procura poner cara temible para indicar que él sabe que es lo que hay que hacer frente a su rival de La Moncloa. Al parecer, su torpeza fue de tal calibre que finalmente recapacitó. Luego de la polémica desatada por sus declaraciones en las que dijo que no quería “dar quince días de vacaciones a algunos”, este señor se sometió finalmente y procedió a la suspensión total desde este viernes de toda la actividad docente en la comunidad autónoma a todos los niveles, incluyendo la UCLM. Los límites de su torpeza quedaron evidenciados.

La pareja de líderes madrileños, léase Almeida y Díaz Ayuso, siguen dando un recital de sorpresivas intervenciones. En el fondo, su torpe manejo de la situación evidencia una incompetencia suprema. Han claudicado frente a los grupos privatizadores de la sanidad madrileña mientras le reclaman medidas al gobierno central. Aunque nada ha superado al señor Pablo Casado. Su presentación televisiva del sábado a continuación de la del presidente del gobierno, seguramente construída por Pablo Montesinos, un periodista formado en los pasillos de Génova, ha alcanzado cota de torpeza dificilmente superables.

Sin detenernos en la insólita cobertura de la Radiotelevisión Española a esa aparición partidaria, pretendiendo asimilarla a la del Gobierno español. Podríamos partir desde lo formal. El formato tipo conferencia de prensa institucional. Hasta los contenidos: propuestas escasas y abundancia de críticas. Es obvio que no comprendió que estamos ante una crisis global que debe afrontarse con la reunión de todos los medios disponibles. Que no es una cuestión de partidos. Ni siquiera de oposición. Es una cuestión de Estado. Aquí, quedó demostrada la escasa estatura de estadísta que en una situación como esta manifiesta. Es deseable a la dirigencia española menos torpeza mezquina y, repito, más sentido del Estado.

En cuanto al Estado. No entraremos a valorar las informaciones internacionales que involucran a Felipe VI con una operación realizada por su progenitor. No. Pero, dadas las consecuencias que se están viviendo en España. Unas palabras de aliento y apoyo a las personas profesionales que se están jugando la vida en esta lucha sería deseable. No resulta admisible observar su presencia en eventos para premios y condecoraciones, o para aperturas institucionales o clausuras solemnes. Para tan poco no parece resultar rentable tanto coste en recursos. No confundamos al Estado con el Gobierno.

Porque a pesar del “Caso Infanta”, el Estado somos tod@s. Aunque en él habiten los torpes.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.