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Cada vez queda menos tiempo para evitar la catástrofe ecológica que se nos viene encima

Después caí en la cuenta

de que los muertos éramos nosotros

Ángel González

Pasa el tiempo y algunas cosas cada vez evolucionan a peor. No quisiera caer en un pesimismo paralizante, pero es trágico y angustioso a un tiempo que las advertencias, avisos y estudios, por ejemplo, sobre el cambio climático… de hace diez, doce, quince años apenas se hayan escuchado.

El reloj de arena, implacablemente, continúa advirtiéndonos de que el tiempo pasa y apremia. Seguir sin reaccionar es, literalmente, suicida… y, sin embargo, las posiciones negacionistas siguen teniendo eco y no alimentan ninguna esperanza, las estúpidas manifestaciones de Trump o las increíbles y criminales ocurrencias de Bolsonaro.

Se habla mucho y se hace muy poco. La futura Ley Europea del Clima continúa siendo nada más que una propuesta. La posibilidad de que en el 2050 se logre una neutralidad climática debe ser observada con cautela, porque si no se van cumpliendo los plazos, difícilmente se logrará el objetivo final. A este respecto perder unos meses es añadir incertidumbre a la inacción.

A la Cumbre del Clima de Glasgow, que se celebrará el próximo noviembre, debe acudir la Unión Europea con propuestas de conjunto, con decisiones consensuadas y firmes resoluciones… y, todo hace indicar, que falta todavía mucho trecho por recorrer. La crisis climática se va convirtiendo sistemáticamente en devastadora y estamos lejos de adoptar las medidas inmediatas que la ocasión requiere.

Ya es hora de que nos tomemos en serio, divulguemos y logremos sumar apoyos para respaldar las propuestas, enormemente rigurosas, que ya hace años formularon, entre otros, Ignacio Ramonet.

Unas líneas bastaran para darse cuenta de su importancia y de su altura de miras. Ignacio Ramonet, nacido en Galicia, pasó buena parte de su niñez y su primera juventud en Tánger, trasladándose más tarde, a París donde fue profesor de la París VII. Es un intelectual abiertamente comprometido y en vanguardia, formando parte de los movimientos alternativos. Ha venido combinando el ejercicio del periodismo con sus ensayos y libros, tanto de geopolítica como de estrategia internacional. Fue redactor de Le Monde Diplomatique, del que posteriormente sería director.

Quizás pocos recuerden que la creación de ATTAC que ha defendido infatigablemente, la extensión de la tasa Tobin, fue en buena media idea suya. Asimismo, formó parte del equipo inicial que puso en marcha el Foro Mundial de Porto Alegre.

En círculos ecologistas, altermundistas y pertenecientes al Movimiento Verde, su pensamiento y su acción es ampliamente reconocida y valorada.

Voy a atreverme a sugerir la lectura de tres de sus libros, aunque todos contienen aspectos de notable interés. El primero de ellos data de 1995 y lleva por título Cómo nos venden la moto, un texto inteligente, irónico y hábil, en el que intervino también, Noam Chomsky; el segundo La catástrofe perfecta, del 2009, traducido al castellano en 2010. Algunas de sus propuestas, a las que me referiré más adelante, son de un rigor y de una clarividencia emblemática… aunque lamentablemente, no han sido tenidas en cuenta en sus aspectos básicos. Por último, citaré El imperio de la vigilancia de 2017 que contiene sugestivos análisis y mensajes contundentes, cuya lectura nos proporciona una visión crítica para entender determinados acontecimientos que están teniendo lugar y, que sin embargo, no valoramos en su justa medida.

Un hecho incuestionable es que la globalización tiene aspectos abiertamente criticables. Es meritorio que haya intelectuales que la analicen, señalando sus resquicios más endebles y perjudiciales para la estabilidad mundial o los efectos derivados de la crisis climática y el potencial destructor que la acompaña.

Los años de implacable dominio neoliberal han dejado secuelas de las que tardaremos en recuperarnos. La crisis tuvo ramificaciones energéticas, sí, pero también, en lo referente a los recursos alimentarios y, lo que es peor, ha acelerado el cambio climático hasta situarnos al borde del abismo.

Un hecho sobre el que deberíamos meditar, y no poco, es que hoy no debería hablarse de ningún modelo económico, desligándolo de los aspectos energéticos. Nos estamos jugando mucho y ahí radica una de las claves de mayor relieve para explicar lo que está pasando.

Nos ha salido cara la confianza ilusoria en los mercados para autorregularse. Hoy, percibimos que es más necesaria que nunca, la intervención de los Estados y las Organizaciones Supranacionales para paliar, poner un poco de orden y enderezar un rumbo que parece caminar hacia ninguna parte, al igual que la alegoría de “La nave de los locos”.

Sabemos –y lo hemos aprendido a fuerza de golpes y más golpes- que la depresión económica no se superará si no se corrigen las causas que la han motivado, que el crecimiento sin redistribución es una bomba de relojería y que los gases de efecto invernadero pueden tener consecuencias letales si no los combatimos con precisión, rapidez y eficacia.

Vivimos una situación dramática que, por paradójico que resulte, debe ser afrontada con humildad, conciencia de las limitaciones y un inequívoco afán de superación. Nos va la vida en ello.

Hace siglos (1138-1204) el pensador y médico hebreo, nacido en Córdoba, autor de Guía de Perplejos, nos dejó dicho que todo ser humano tiene méritos y vicios. Hay que procurar que los primeros excedan a los segundos, lo que dicho sea de paso, no es fácil. Esta reflexión tiene, también, una proyección colectiva. Llevamos demasiado tiempo en que los vicios se han impuesto a los méritos… ya es hora de que tanto en lo personal como en lo social, aparezcan vínculos solidarios capaces de contener los instintos egoístas, inconscientes y destructivos. La afirmación de Maimónedes también puede aplicarse al presente.

No es menos cierto, que los hombres llevamos mucho tiempo dando pruebas sobradas de nuestra necedad y cobardía. El peso del “debe” puede, sobradamente, con el “haber” arrojando un saldo abiertamente negativo en la balanza.

Por eso, ya es hora de que retomando un coraje cívico y sacudiéndonos tanta cobardía y tanto miedo, nos atrevamos a plantar cara a nuestros errores, dejaciones y abandonos… y nos apliquemos a luchar por nuestra supervivencia y la del Planeta.

Después de esta digresión, regresemos a Ignacio Ramonet. Su libro La catástrofe perfecta tiene un subtítulo un tanto enigmático, más desde luego, prometedor “Crisis del siglo y refundación del porvenir”. En él nos habla de siete medidas esenciales que habría que adoptar para salvar el Planeta imponiéndoselas a los intereses de los poderosos. Llama la atención que desde que fueron formuladas, no han perdido ni un ápice ni de actualidad ni de vigencia… salvo que ha pasado el tiempo, no hemos hecho apenas nada y estamos un poco más cerca del precipicio.

Se perfila en el horizonte un futuro de miseria, fango, destrucción y flores negras. La Cumbre de Glasgow es quizás, una de las últimas oportunidades para no precipitarnos en ese abismo.

¿Qué soluciones pide a gritos Ignacio Ramonet? Las expondré, sucintamente, no sin antes señalar que son tan necesarias como, lamentablemente, poco probable que los mandatarios del Planeta se decidan a implementarlas y vehicularlas.

1. Comienza por reivindicar un Programa Internacional que apueste, decididamente por las energías renovables y que contemple que los países del Sur tengan acceso a ellas.

2. Parece que no nos damos cuenta, pero el agua es un bien común cada día más escaso y será, a no mucho tardar, fuente de conflictos.

Por eso, plantea que se adopten decisiones para favorecer el acceso al agua, solicitando, asimismo, su saneamiento para reducir drásticamente el número de personas privadas de este recurso vital.

3. Pensemos en el Brasil de Bolsonaro. El Amazonas es un “pulmón” absolutamente imprescindible para respirar. Las actuaciones criminales que está llevando a cabo… van a causar, sin duda, un daño irreparable; de ahí, la importancia de la tercera de esas medidas, que no es otra, que nos dotemos de leyes efectivas para proteger las selvas. Dicho sea de paso, lo que hace no es otra cosa que recordar y enfatizar el Convenio sobre la Diversidad Biológica (Río de Janeiro -1992), que en tantos puntos de su articulado duerme el sueño de los justos con el peligro de no despertar.

4. La cuarta medida que propone es que nos dotemos, sin demora, de resoluciones que pongan en funcionamiento un marco jurídico que contenga elementos sancionadores para actuar contra los desmanes ecológicos de las empresas, poniendo en valor el principio de precaución que debe orientar cualquier actividad comercial a este respecto.

5. Propone como quinta medida poner en marcha iniciativas capaces de embridar y subordinar las reglas de la OMC (ORGANIZACIÓN MUNDIAL DEL COMERCIO) a los principios de Naciones Unidas a fin de proteger los ecosistemas. Afirma, asimismo, que deben tenerse en cuenta las demandas de la OIT (ORGANIZACIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO)

6. Hemos de ser conscientes de la frustración e impotencia que se experimenta al consensuar y proponer medidas tan urgentes como necesarias… y ver cómo pasan años y lustros sin que se lleven a la práctica. Por eso Ramonet habla de reglamentos avalados por la Organizaciones Internacionales, capaces de exigir a los países desarrollados que se comprometan a dedicar un 0,7 de su riqueza a la ayuda pública para el desarrollo de los países más desfavorecidos.

7. La última de las iniciativas planteadas es, sin duda, valiente y audaz aunque hasta el presente se haya hecho caso omiso. No es otra que adoptar recomendaciones, lo más coercitivas posible, para que sea suprimida la deuda de los países más pobres, cuanto antes mejor.

Este conjunto de propuestas son útiles y necesarias pero no son las únicas. Pueden y deben ir acompañadas de otras muchas, pero he preferido limitarme a las siete planteadas por Ramonet. De hecho, las hemos formulado para que pueda valorarse sin dificultad, cómo desde que apareció La catástrofe perfecta algunas voces han señalado su validez teórica… pero quienes mueven los hilos han evitado que se lleven a la práctica salvo en algún aspecto puntual. Mientras tanto, nos aproximamos más y más al precipicio.

Da la impresión de que la vida y la dignidad de un número creciente de millones de personas del Planeta, importa cada vez menos. En nombre de un concepto manipulado y torticero de seguridad, las libertades y derechos ven su espacio cada día más restringido… cuando no anulado.

Me siento tentado a recordar al filósofo italiano Antonio Gramsci, cuando en unos años difíciles y bajo la opresión de la bota fascista, preconizaba el optimismo de la voluntad frente al pesimismo de la razón. Esta idea cobra todo su valor en épocas de resignación, donde las fuerzas flaquean y no se vislumbra luz alguna al final del túnel.

… Y, sin embargo, el combate por nuestro futuro, vinculado al futuro del Planeta, debe continuar.

Los poderosos no pretenden otra cosa que lograr la inacción y la pasividad mediante el miedo… despojándonos de nuestro afán de lucha y de nuestro coraje cívico para que prevalezca el silencio… la paz de los cementerios.

El viejo Esquilo (525/456 a.C.) en Las Euménides, ya nos advirtió con ejemplar lucidez, de los peligros de que el terror domine nuestros sentimientos.

Cuando las cosas están mal y no se vislumbran salidas viables, es preciso manifestar con contundencia, rebeldía, capacidad de lucha contra lo que se nos viene encima… y sobre todo, indignación.

Hoy, esa indignación me lleva a escribir este artículo. 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.