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Réquiem por Ernesto Cardenal

“Creo en vos arquitecto, ingeniero,

artesano, carpintero, albañil y armador.

Creo en vos, constructor del pensamiento,

De la música y el viento, de la paz y del amor.

Yo creo en vos, compañero,

Cristo humano, Cristo obrero

De la muerte vencedor con el sacrificio inmenso

Engendraste al hombre nuevo para la liberación”.

Si hubiera que elegir una composición para las honras fúnebres de este poeta, sacerdote, escritor, escultor, teólogo y político, modestamente sugeriría al encargado del ritual el Credo de la Misa Campesina, de Carlos Mejía Godoy -el de “los perjúmenes, mujer”, ¿recuedan?-, porque Cardenal era, sobre todo, un hombre de fe; de fe en la humanidad.

Creía, con el compromiso político y la reflexión teológica, en los habitantes de este mundo, que debía ser reformado para que los seres humanos tuvieran realmente una vida humana, lo que llevó a apoyar el movimiento armado contra la prolongada dictadura de la familia Somoza, que era la dueña y señora de Nicaragua, que fue desalojada del poder, tras un conflicto civil que provocó 50.000 muertos.

Y después a comprometerse, como ministro de Cultura del primer gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que tendría una agitada existencia, ya que el primer documento de Santa Fe (Nuevo Méjico) había dictaminado que el mar Caribe era un lago marxista y suponía un peligro para Estados Unidos y sus aliados.

En consecuencia, las reformas revolucionarias del país fueron abortadas por los atentados y sabotajes contra granjas, escuelas y cooperativas, más que contra objetivos militares, perpetrados por tropas mercenarias de la “Contra”, asentadas en Honduras y alimentadas por el presidente Reagan, en lo que se llamó “una guerra de baja intensidad”, cuyo objetivo no era derrocar al gobierno, sino desgastarlo actuando contra infraestructuras civiles.

La ofensiva de la “Contra”, financiada ilegalmente por la CIA, sin autorización del Congreso (escándalo Irán-Contra), quebró al gobierno y al país.

Agotado moralmente, y económicamente extenuado por diez años de guerra, que había costado 30.000 muertos y un daño material incalculable, el país escuchó los cantos de sirena de Violeta Chamorro y en 1990 entregó el poder a la derecha, que, ya desde dentro lo acabó de expoliar, empezando por privatizar todo lo que pudo, y después durante el corrompido mandato de Arnoldo Alemán.

En 2006, los sandinistas ganaron las elecciones, pero el sandinismo no era el mismo, ni tampoco Daniel Ortega, cuyo despótico gobierno persiguió a Cardenal. Quien ya había recibido una pública reconvención de aquel colosal reaccionario polaco que llegó al solio pontificio con el anticomunismo como norte de su infausto magisterio.

Cardenal era un defensor de la Teología de la Liberación y Juan Pablo II formaba con Reagan y Thatcher un triunvirato conservador decidido a acabar con la Unión Soviética y con el comunismo sobre la faz de la tierra.

El mundo estaba cambiando rápidamente, los curas obreros y guerrilleros estaban pasados de moda y la Teología de la Liberación era condenada por el Vaticano y además combatida por diversas iglesias protestantes conservadoras, en una operación promovida por el Instituto para la Religión y la Democracia, vinculado a los halcones del Partido Republicano para neutralizar la influencia de la Teología de la Liberación -“un disfraz religioso del marxismo”- entre las organizaciones populares y combatir su postura abiertamente hostil hacia las dictaduras militares de la zona, apadrinadas por el poderoso vecino del norte.

Viendo el rumbo que tomaba el sandinismo, Cardenal abandonó la política. Vivía retirado, dedicado a pensar y a escribir sus memorias.

Ha muerto en Managua con 95 años. Y sabiendo cómo era y cómo ha vivido, no precisa ninguna recomendación para que le reciban allá arriba, en la “pasarela” o en el pórtico de la Gloria, tal como él recomendaba, en su día, a su Señor, que acogiese a una empleada de tienda, que se había querido matar a los dieciséis años.

“Señor:

Recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra,

con el nombre Marilyn Monroe, aunque este no era su verdadero nombre…

que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje,

sin su agente de prensa

sin fotógrafos y sin firmar autógrafos,

sola como un astronauta ante la noche espacial”.

(Oración por Marilyn Monroe)

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).