LA ZURDA

Divide y no podrás

Se desconoce si la intención de Pablo Iglesias de tomar el cielo por asalto era haciéndolo todos juntos, en pandilla, o por “confluencias”, por grupos de gentes afines lanzándose a ocupar cada grupo la parte de un cielo único, o lanzándose al abordaje del paraíso autóctono, regional o, mejor aún, nacional, que le correspondiera en un cielo de cielos.

Esa duda, nunca aclarada expresamente, se fue disipando con la práctica y el tiempo, porque Podemos, una inestable confederación de grupos más que un partido que nunca se intentó formar como un solo grupo organizado y mucho menos centralizado, salvo el estricto grupo directivo -el núcleo irradiador-, se plegó muy pronto a la orografía política del país, al relieve ideológico del terreno, no sólo el establecido por el régimen autonómico, sino el acentuado por las demandas de los nacionalismos periféricos. Con lo cual, Podemos poco podía poner de su parte para resolver la tensión entre el centralismo y la periferia, o, mejor dicho, las tensiones entre comunidades autónomas y las de estas con la Administración central, sino al contrario, ya que, al plegarse a lo más hondo del terreno, a los valles profundos de la emoción identitaria, y solicitar, como solución a tales tensiones, la celebración de refrendos para ratificar la unión o justificar la separación respecto al Estado español de los territorios que lo demandaren, acentuaba la tendencia a la desintegración del país y del Estado; de ese mismo país y de ese mismo Estado que aspiraba a gobernar.

Lo que inicialmente fue sólo un ejercicio de oportunismo político, creyendo que así podría ampliar pronto y fácilmente su base electoral para reemplazar al PSOE como fuerza hegemónica de la izquierda -tarea que le sobrepasaba-, en poco tiempo se reveló que la maniobra, o la estrategia, que es peor, producía el efecto contrario.

Alimentando estas tensiones, y sin excluir errores de bulto en otros asuntos, en los territorios con un sentimiento nacional más profundo Unidas-Podemos ha ido perdiendo electores en favor de los partidos autóctonos de larga tradición nacionalista y desapareciendo a ojos vista como fuerza independiente. Está sufriendo el mismo proceso de desnaturalización y de posterior absorción por los movimientos nacionalistas que sufrieron en su momento la izquierda comunista y los partidos de la extrema izquierda.

A las divisiones anteriores, ahora se añade la deserción de la taifa andaluza. Los anticapitalistas se separan de Podemos y se quedan en Adelante Andalucía, la coalición electoral convertida en un partido de tipo populista aún más apegado al terreno regional -confederal y andalucista-, que en el futuro será competencia electoral de Unidas-Podemos, para deleite de la coalición de derechas que ocupa la Junta de Andalucía.

El que la separación se haya alcanzado con un acuerdo pacífico y empático no impide considerarlo una ruptura, una división, otra más de la izquierda y, peor aún, cuando se trata de una izquierda pretendidamente nueva, que, con muchas ínfulas y deseos de ganar -sus dirigentes sabían cómo hacerlo-, venía a superar los vicios y los errores de las anteriores izquierdas, acostumbradas a perder.

La escisión andaluza perjudica a Unidas-Podemos como organización y debilita su posición en el gobierno de coalición con el PSOE; ahora es, sencillamente, un socio más débil en el Gobierno central -débil de nacimiento-, lo que aumenta su fragilidad y hace aún más difícil la legislatura. Pero lo ocurrido no es algo nuevo, sino la consecuencia lógica de su discurso: el partido de partidos es políticamente lo que mejor se corresponde con la nación de naciones. Teresa Rodríguez ha sido la última en decirlo. Y la moraleja es aterradora.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).