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El aplauso y el discurso

“Yo tengo más respeto para un hombre que me permite conocer cual es su posición, incluso si está equivocado. Que el otro que viene como un ángel pero que resulta ser un demonio.”

Malcom X

Para una mayoría de medios adictos al statu quo, el aplaudir o no al discurso de Felipe VI en ocasión de la apertura del ciclo parlamentario fue una cuestión de máxima relevancia. No tanto, que el anterior gobierno del PP hubiese destinado medio millón de euros para financiar operaciones encubiertas que hiciesen desaparecer material probatorio de la “Caja B” de Génova en poder de Luís Bárcenas.

Si nos centramos, el aplauso es una de las formas no verbales de expresar, generalmente, aprobación, aunque también de hacer ruido. La cuestión es determinar qué se está aprobando con esa conducta kinésica. Porque muchos se cuestionan si el ceremonial de aplaudir es un signo inequívoco de aprobación. O haya sido elegido como tema que oculte el escándalo de los fondos reservados del gobierno Rajoy. Porque el aplauso puede serlo igualmente de reprobación. También, todo vale, cabría decir que puede aplaudirse el contenido de la actuación sin que ello signifique aprobar a la figura actuante. Simplemente se dirige al discurso más que al orador. En todo caso, el símbolo de aplaudir es polisémico. Depende del contexto. Se puede, en unas determinadas circunstancias, aplaudir al oponente, adversario o enemigo. Las reglas áulicas así lo indican.

En el imperio romano se tenía un conjunto de rituales en las actuaciones públicas para expresar grados de aprobación: chasquear el dedo índice y el pulgar, aplaudir con la palma plana o hueca o agitando las servilletas. En el teatro romano, al final de la obra, la audiencia aplaudía de modo organizado y remunerado. Costumbre que se extendió a los grupos de aplaudidores estables, la “claqué”, en teatros líricos y de conciertos. Por otro lado, en el cristianismo las costumbres del teatro fueron adoptadas por las iglesias. En los siglos IV y V los aplausos de los sermones llegaron a ser una costumbre habitual.

El origen de la costumbre de aplaudir es muy confusa, aunque su práctica se ha extendido entre variadas culturas. Sus formas básicas usan medios para hacer ruido, golpear el suelo con los pies o usar las manos contra cualquier superficie. Eso podía, al tiempo, significar reprobación. También levantar las manos y agitarlas de lado a lado en caso de personas sordas. Por cierto, ésta última modalidad fue utilizada durante el 15M.

El patético cuestionamiento de Antonio García Ferreras, un fiel recurso de don Pérez, acerca de la incapacidad del portavoz de Unidas Podemos en el Congreso, deja a las claras la frívola ligereza del periodismo futbolero que ejercen personajes como él. Etchenique no está en capacidad de aplaudir por sus condiciones físicas.

En cuanto al discurso, el rey formuló un texto moderado, lo cual era deseable, que permite pensar en descomprimir el clima de odio que la derecha y la ultraderecha pretendían mantener.

En el caso de este columnista, que se declara republicano, por tanto lejano de las monarquías, considero oportuno tanto el gesto del actual jefe del Estado, como la aprobación manifestada por la mayoría del Congreso. Creer que las energías y esfuerzos deben dedicarse a recuperar un país mejor en el que vivir, es la actitud más apropiada. Incrementar tensiones y enfrentamientos es hacer el juego a los negros profetas del apocalípsis.

Usted tiene la palabra.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.