LA ZURDA

El esplendor de los diletantes

“La revolución es una cosa grande y tremenda, no es un juego de diletantes o una aventura romántica”

Antonio Gramsci

Luego de seguir el proceso de formación del primer gobierno de coalición de la historia reciente de España, debo concluir que me ha quedado claro que vivimos en manos de una mayoría de diletantes. El tono y contenido que exhiben el grupo de diletantes, es de una indigencia intelectual colosal. Sin embargo, rescatamos de la desesperación y del desastre a un puñado de dirigentes, menor en cuantía, pero relevantes en calidad.

Todo, porque ser diletante es, por definición, el practicar una ciencia o un arte sin tener capacidad ni conocimientos suficientes. En varias de sus acepciones, también, el serlo supone cultivar una actividad de manera superficial o esporádica. Esto es especialmente grave porque el ejercer actividades que implican consecuencias para la vida de las personas integrantes de una sociedad, tanto en mejorar como en empeorar sus condiciones de vida, supone ser consecuente con unos valores y convicciones que deben ser lejanos de la frivolidad y cercanos con la asunción de la responsabilidad en el ejercicio de la actividad.

Algunas declaraciones periodísticas nos dejan a las claras que la diletancia domina tanto a los entrevistados como a los entrevistadores. También, en los tiempos pasados, la pertenencia a los salones cortesanos, favorecía el estar repletos de estos tipos humanos. Tales hábitos se han mantenido casi como un requisito para formar parte de ellos. Este culto a la mediocridad coincide con la cultura de la imagen. Hoy en día, el culto a la apariencia o, mejor, la necesidad imperiosa de sobresalir es un impulso irrefrenable de los diletantes. Lejos de su capacidad de empatizar con las necesidades del conjunto de la sociedad, se solazan con las lisonjas de sus seguidores y las palmadas de sus patrones.

Apreciar la tragedia de los españoles con los ojos diletantes, es una explicación satisfactoria que esclarece las terribles consecuencias que sus actividades han tenido sobre la pobreza, la desatención de la dependencia, las lamentables condiciones laborales, la penosa situación de la educación y la sanidad.

Sin capacidad para afrontar los graves problemas que padece no sólo España, sino Europa y el Mundo, nos permite descubrir la diletancia en la dirigencia. La encontramos en la procrastinación en iniciar la reversión del cambio climático o en plantear la cuestión migratoria de manera eficiente. Tal vez, por la omnisciencia propia del diletante, que habla de mucho y sabe de poco. Lo que suele moverlos es destacar y, para ello, opinan sobre lo que sea, afirmando o negando con rotundidad cualquier consideración que se les ponga por delante.

Un diletante siempre se hace valedor de una idea, juicio o dictamen por más que su conocimiento sobre el tema de discusión sea, no ya limitado, sino más bien inexistente. Están habituados a reclamar su derecho a privilegios, aunque carezcan de méritos para disfrutarlos.

Confiemos en que el colectivo de diletantes reduzca su influencia perturbadora. Aunque no taremos su furor, falta de maneras e incapacidad democrática.

La ciudadanía debe comprender que la formación de gobierno no es el final de nada sino el principio de todo. Alerta. 

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.

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