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Libertad de entierro

Dice Rocío Monasterio, a la sazón portavoz del grupo de VOX en la asamblea de Madrid, que la sentencia del Tribunal Supremo sobre la exhumación del cuerpo del dictador Franco, de su sepultura en el Valle de los caídos, vulnera el derecho que tienen las familias de enterrar a sus difuntos donde quieran.

Es decir, que a la libertad de expresión, la libertad de cátedra, la libertad afectiva, etc… (póngase las que se recogen por ley) existe la de libertad de enterramiento. Vaya, que si quiero que el día de mañana (ójala sea dentro de mucho tiempo) de enterrarme en el altar mayor de la catedral de Astorga, dada mi devoción por los mantecados de esa ciudad, quién me lo va a negar.

Ironías a parte, es a veces patético escuchar la cantidad de falsedades que desde ciertas formaciones políticas se dan para justificar un inmovilismo y una vuelta al pasado, añorantes de esa posición social que convirtió a los franquistas en las nuevas élites. Defienden la libertad de educación para justificar la financiación de ciertos colegios concertados que mantienen unas normas educativas anteriores a las reformas de Villar –Palasí (véase Wikipedia). No contentos con retorcer esa bella palabra, libertad, ahora defienden que Franco siga en Cuelgamuros en aras de la libertad de enterramiento.

Es enfermiza la obesesión de la derecha en este país en defender los derechos cuando son los que más van contra ellos. Porque tampoco nos perdamos las palabras merecedoras de ser grabadas a cincel de Pablo Casado, cuando dice que a él no le preocupan los dictadores del pasado, sino los del presente. Vivir para ver…

Quienes ya peinamos canas (o nos las teñimos) sabemos lo que hay detrás, no solo debajo, de esa lápida con el nombre de Francisco Franco. El lugar donde se le dio sepultura al dictador está rodeado de otros cadáveres, de aquellos que redimían condena con los trabajos forzados. Gente anónima durante años, con su dignidad aplastada bajo las toneladas de un monumento que esconde en el prisma cristiano un acto nefando: victimas reposando junto a su verdugo. ¿Alguien en su sano juicio puede imaginarse a Hitler enterrado en Auswitz?

Esa cruz visible contra la sierra madrileña poco tiene del mensaje evangélico y mucho de exaltación de la victoria de una sublevación contra un gobierno legítimo. La Iglesia católica, que en España siempre ha estado al lado de la derecha, aceptó de buen grado ser connivente de esta conculcación de los mandamientos de la Ley de Dios, sobre todo del quinto, aquel que dice “no matarás”.

Pero el que hace el mandamiento hace la confesión, y si no la inmatriculación. Pero no se le pueden pedir peras al olmo. Hay quienes siguen defendiendo el régimen caciquil del siglo XIX, a pesar de que necesitemos salir de toda esa podredumbre de cera y sacristía de una vez por todas, porque no quieren perder sus privilegios.

Esta vez el Tribunal Supremo se ha puesto de parte de la memoria histórica y se ha hecho justicia. Muchas familias se sentirán reconfortadas en su dolor y en el silencio, reprimidos durante tanto tiempo.

Las heridas de ese pasado histórico han de curar, sobre todo esa tan profunda que al maestro Machado, ochenta años este 2019 de su muerte, tanto le helaba el corazón.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad está en preparación de su quinta novela y acaba de presentar su último libro de poesía, Papelera de reciclaje con Ediciones Vitruvio.