LA ZURDA

Collins Barracks… y Torra

Collins Barracks es un acuartelamiento militar del siglo XVIII, dicen que de los más antiguos de Europa, situado en lo que antaño fueron las afueras de Dublín y hoy engullido por el crecimiento de la ciudad, pero un tanto alejado de la zona céntrica (Trinity College, museos nacionales, Custom House, O’Connell Street, Grafton Street).

Queda cerca de la entrada de Phoenix Park, uno de los grandes parques urbanos de Europa, y se llega siguiendo la margen derecha del río Liffey en dirección oeste (opuesta al mar), dejando atrás, en la orilla contraria, la “viking/medieval área” (Isolde’s Tower, Dublin Castle, Christ Church Cathedral) y Temple Bar (“beer área”), la zona de la movida turística y cervecera. Collins Barracks está ubicado casi enfrente, río por medio, de la fábrica Guiness, símbolo de la ciudad y muestra del poderío alcohólico y musical, lo uno y lo otro van unidos, de Irlanda.

El viejo cuartel está dedicado a la memoria de Michael Collins, el dirigente nacionalista asesinado en 1922, por unos disidentes que le tendieron una emboscada en Cork, y alberga el Museo de Historia y Artes decorativas, dependiente del Museo Nacional de Irlanda. Un museo muy completo, variado y asaz interesante, que acaba con una exposición sobre la historia militar de Irlanda desde el año 1550 hasta nuestros días, que incluye la participación de tropas irlandesas bajo pabellón británico durante la expansión colonial, hasta su actual intervención, como “cascos azules”, bajo mandato de la ONU.

He recordado Collins Barracks, al leer las insensatas alusiones del President Torra a la vía eslovena como un camino adecuado para alcanzar la independencia de Cataluña.

No conviene dramatizar con las palabras de un sujeto dado a la verborrea y al empacho ideológico, pero tampoco son mera retórica, sino una muestra de su desesperación ante la falta ideas viables para salir del atolladero en que él, el Govern y la plana mayor del independentismo se han metido.

Ahora toca explorar la vía eslovena, aprovechando un viaje “diplomático”, como antes se han utilizado otras con el mismo fin. En su día, Jordi Pujol se sintió inspirado por Letonia, cuando obtuvo la independencia en 1991, tras la implosión de la URSS, pero los nacionalistas catalanes también se han inspirado, dicen, en Quebec, Irlanda, Escocia o Kosovo, sin prestar la atención debida a sus condiciones específicas, a sus leyes, constituciones y compromisos; a sus vínculos con los Estados de los cuales han pretendido separarse, ni al modo y las consecuencias cuando lo han conseguido, en las que la violencia, o incluso la guerra, corta o larga, han estado presentes.

Invocar, como ha hecho Puigdemont, la independencia de Kosovo, resultado de una guerra de tres años, dentro del conflicto general de los Balcanes -que son un polvorín-, como un modelo para Cataluña es un disparate, pero también lo es la alusión a Eslovenia, cuya independencia fue resultado de un conflicto corto y menos sangriento -diez días, 70 muertos, 300 heridos y miles de desplazados-, que la desgajó de la federación yugoslava, una voluntaria unión de repúblicas, cuya Constitución reconocía el derecho de autodeterminación.

Además, Eslovenia no es el ejemplo adecuado, sino Irlanda o mejor, dicho, el Ulster, porque la independencia, aún negociada, nunca produciría la república imaginada, sino una Cataluña menguada y escindida, quizá la independencia de Gerona y algunos bantustanes separatistas. Pero volvamos al museo.

Una parte de la exposición está dedicada a la “Irish Rebellion”, la revuelta de Pascua, el mal preparado alzamiento armado de un grupo políticamente heterogéneo de nacionalistas irlandeses, que ocuparon la Oficina de Correos, formaron un gobierno provisional y proclamaron la república en abril de 1916. La rebelión duró cinco días y fue sofocada con tanta dureza por las tropas inglesas, que suscitó el apoyo a la causa independentista de parte de la población que antes había rechazado el alzamiento. Los insurgentes tuvieron 64 muertos en combate, se desconoce el número de personas heridas, frente a los 132 muertos y casi 300 heridos habidos entre soldados y policías ingleses Casi tres mil personas fueron detenidas y muchas de ellas enviadas a cárceles de Inglaterra, los dirigentes fueron juzgados, entre ellos los siete firmantes de la declaración de independencia, y dieciséis ejecutados en menos de un mes. No hubo compasión, ni siquiera con el sindicalista James Conolly, herido en el pecho -la camisa que llevaba puede verse en el museo-, que fue fusilado sentado en una silla.

Estos sucesos tuvieron como escenarios, además de la Oficina de Correos, el actual museo y la prisión de Kilmainham Gaol, que se puede visitar. Pero el drama no acaba aquí, pues siguió con un enfrentamiento armado con el Gobierno británico y después con una guerra civil entre irlandeses, entre los seguidores de Eamon de Valera y los de Michael Collins, que concluyó en diciembre de 1922, con la división de Irlanda y la proclamación de la República. Si pudieran atenderme, aconsejaría a Torra y a su “staff” hacer una breve visita a Dublín a informarse o, en su defecto y más conveniente para las arcas de la Generalitat, ver la documentada serie de la televisión irlandesa “Rebellion”, de excelente factura, rodada en los escenarios donde transcurrieron los hechos del Alzamiento de Pascua, porque es muy ilustrativa.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).