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40º Aniversario de la Constitución (1)

[La Transición y la Constitución]

La desafección ciudadana respecto a la clase política, suscitada por los casos de corrupción y las malas prácticas en el ejercicio del poder, sumada a los negativos efectos de la crisis económica y las medidas de austeridad, aplicadas, en teoría, para salir de ella, han erosionado los relatos dominantes sobre la Transición y la Constitución y preparado el terreno para su reemplazo por otro, poco riguroso con los hechos aunque con predicamento entre gente joven, que la describe a la primera como un interesado consenso entre élites que alumbró el calificado de modo peyorativo “Régimen del 78”, al que hay que poner fin con cierta prisa.

Lo cual recuerda lo que entonces escribía González Casanova en “El cambio inacabable”: “El consenso no es un pasteleo entre partidos poderosos, celebrado entre risotadas y borracheras en una bacanal traidora al pueblo (…) sino la aproximación de las tesis puras de unos y de otros en busca de un acuerdo duradero sobre intereses coyunturales comunes, sobre el respeto mutuo y sobre la operatividad necesaria para resolver los conflictos…”

Este autor planteaba: “¿Cómo erradicar los malos hábitos del franquismo; del carpetovetónico hispano, siempre dispuesto a decir en nombre de un ideal puro; del anarquismo pequeño burgués, desorganizador, ingenuo y al mismo tiempo cruel?” y criticaba a los críticos con la Constitución.

El relato “postcrisis”, el relato de los “indignados”, que desconoce el contexto histórico, responde más bien a la interpretación conservadora de la Transición, dispuesta en el libro de Aznar “La segunda Transición” y puesta en marcha con su llegada al Gobierno, en consonancia con la reevangelización de España y la rehabilitación del franquismo.

La Segunda transición consistió en realizar el trayecto inverso a la primera, con la insólita pretensión de convertir al Partido Popular en el único intérprete del relato y apropiarse del espíritu del consenso. Tal pretensión tenía como objeto reafirmar la continuidad entre la dictadura y la monarquía parlamentaria y otorgar un origen democrático al Partido Popular, al bautizarlo por inmersión en las aguas reformistas de la Transición, rasgo del que carecía Alianza Popular, la autoritaria coalición de ministros y altos cargos de Franco para conservar lo más posible de la dictadura en el nuevo régimen. Alianza Popular, luego Coalición Democrática, Coalición Popular y, desde 1989, Partido Popular, creció engullendo a la variopinta UCD y apropiándose por tanto de su impulso reformista y de su talante negociador. Y, por otro lado, tenía como objetivo legitimar al propio José María Aznar, hijo y nieto de conocidos franquistas, de tal modo que, según esta interpretación, el franquismo no habría sido un régimen antidemocrático sino predemocrático, puesto que las bases políticas y desde luego las económicas -el llamado milagro del desarrollo español- de los años posteriores estarían contenidas de forma embrionaria en la dictadura, aguardando la ocasión propicia para manifestarse plenamente sin las tensiones sociales que habían provocado en el pasado. Con lo cual, el discurso de la derecha trataba de maquillar el franquismo suavizando el perfil de un régimen de excepción, no totalitario sino sólo autoritario y patriarcal, que había durado 40 años, y restablecer en la figura de Franco los rasgos, que tanto gustaban a sus epígonos, de un gobernante prudente y buen estratega, no sólo como militar sino como gran estadista por su acertada visión política a largo plazo. Así se verificaba como cierto el dicho de que todo quedaba atado y bien atado, y el régimen del dictador se perpetuaba, aunque suavizado y modernizado, tras su desaparición de este mundo, para reinar después de morir.

Esta interpretación es la guinda del pastel del discurso que describe, y reescribe, la Transición como un proceso de negociación entre una élite autoritaria pero reformista, y una élite democrática, pero utópica, en la que, renunciando cada una a parte de su programa, alcanzan un acuerdo satisfactorio para ambas y, por ende, beneficioso para todo el país.

En esta versión palaciega se ignoran la movilización popular y la represión de un régimen agonizante pero resistente a los cambios, se reduce el papel de las élites civiles, en particular de los partidos de la izquierda, y se acentúan la labor de los hombres más esclarecidos de la derecha, el protagonismo del Rey y la capacidad de sus consejeros para impulsar los elementos de cambio que estaban latentes en la dictadura y que la izquierda no supo o no quiso ver. Bastó con que el Rey quitase el tapón, que era el gobierno de Arias Navarro, para que fluyera libremente el talante democrático del régimen, largo tiempo contenido, y se iniciara el proceso constituyente.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).