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El “procés”. Identidad y seguridad

Desde el punto de vista de su difusión, hay pocas dudas de que el nacionalismo ha aumentado su base social en Cataluña gracias al control de la educación y la información por la Generalitat, a la generosa inyección de dinero público gastado sin control y a la pertinaz campaña de agitación, propaganda, organización y movilización, puesta en marcha por el Govern con ayuda de la extensa red de asociaciones anejas. Pero dejando esto claro, hay que preguntarse por las razones que explican su juvenil acogida. ¿Qué ofrece el nacionalismo para merecer el apoyo de tantos jóvenes y adolescentes?

El discurso y la praxis nacionalistas, como primera y fundamental socialización política, actúan sobre la juventud en una etapa de su existencia marcada por el crecimiento, la formación y la preparación para vivir como adultos; una etapa llena de inseguridades, proyectos, expectativas y oportunidades, pero también de dudas y temores ante la elección, que puede ser decisiva en el futuro, de caminos profesionales, modelos familiares y roles personales.

Elección que debe hacerse con cierta urgencia -el tiempo corre-, en una sociedad cambiante, acelerada, inestable y competitiva, donde impera lo efímero, sea en el ámbito de la economía, del empleo, del consumo, del ocio y, desde luego, de la tecnología, pues todo parece previsto para durar poco tiempo. Una sociedad sometida a la enloquecida tensión entre la oferta y la demanda, en continua renegociación, recorrida por el individualismo y la competencia, que premia el triunfo y denigra el fracaso, y donde las relaciones sociales, sometidas a la lógica mercantil, se adaptan al imperativo de la obsolescencia planificada, con el efecto de que tienden a ser breves e interesadas -doy para que me den-, los afectos son temporales y los compromisos no existen o duran poco tiempo. Sociedad líquida, la ha llamado Zygmunt Bauman.

Los discursos políticos contrarios al capitalismo están desacreditados, impera el relativismo y se multiplican las advertencias catastróficas tanto como las salidas populistas, fanáticas y oscurantistas, así como los remedios individualistas ofrecidos por modernos chamanes para acomodar el cuerpo y la mente a los vaivenes del sistema económico. Todo ello dibuja una sociedad impredecible, mutante y opaca, un futuro incierto, un inestable suelo de creencias y una cartografía confusa para orientarse en la vida adulta.

Frente a todo esto, el discurso nacionalista ofrece claridad y seguridad, pero a costa de simplificar la realidad hasta dejarla irreconocible.

Ofrece claridad al ignorar la complejidad social y el dinamismo de la sociedad catalana, sometida, al menos, a las mismas convulsiones que la del resto de España y de Europa, y atribuir el malestar que acompaña a las sociedades modernas -la dificultad de sentirse satisfecho en una sociedad permanentemente insatisfecha, como indica Agnes Heller-, acentuado por las consecuencias de una recesión económica no superada por toda la población, a una sola causa externa: la opresión política y al expolio económico por parte de España.

Con este dictamen sobre la situación de Cataluña, el discurso nacionalista borra las causas internas de ese malestar (el paro, la precariedad laboral, el deterioro de servicios públicos, la corrupción), ignora la complejidad social, las diferencias de renta, la desigualdad de oportunidades y desprecia las razones estrictamente políticas -el declive del pujolismo, el oportunismo del PSC con el Estatut, la ambición de Mas y la crisis de CiU, la pugna entre CiU y ERC y la emergencia de nuevos actores políticos (Cs, CUP, Podem-Comuns)- y dibuja una sociedad polarizada, movilizada, preparándose emocionalmente para resistir el ataque del enemigo externo, en un intento de librar la última y decisiva batalla para desprenderse de su oprobiosa tutela; una sociedad que vive, desde hace cinco años, en una situación de excepción permanente, donde los adversarios políticos han sido convertidos en enemigos.

Un esquema maniqueo que simplifica la complejidad social y la reduce a dos colectividades homogéneas y enfrentadas: nosotros y ellos; los de dentro y los de fuera; nuestros aliados y los aliados de ellos, aunque estén dentro.

Ofrece seguridad al individuo y al colectivo, al proporcionar una identidad -sé quién soy; sabemos lo que somos-; seguridad hacia el pasado y hacia el futuro -sabemos de dónde venimos y sabemos a dónde vamos-; seguridad en la meta -Cataluña soberana-y seguridad en el camino para llegar hasta ella -“el procés“-.

El nacionalismo ofrece una identidad con entidad, es decir, una identidad notoria, con un contenido fuerte y preciso, pues suministra los rasgos espirituales y el catálogo de signos que hacen reconocible a un nacionalista; brinda las ideas y las actitudes, los valores, el marco obligado de conceptos y referencias, el léxico adecuado y el repertorio de términos necesario para percibir e interpretar la realidad cotidiana desde la perspectiva nacionalista, así como el tono emocional con que se impulsan las demandas y se reciben las respuestas de la otra parte, sea por activa -nos oprimen, nos roban, nos invaden, nos odian- o por pasiva -nos ignoran; no nos entienden; no nos atienden como merecemos-.

El nacionalismo ofrece los signos de un perfil individual, de una identidad singular pero insertada en una identidad colectiva superior, fuerte, segura y duradera, que es la nación catalana. Y, ante un porvenir incierto, ofrece la seguridad de compartir un proyecto colectivo con un destino luminoso asegurado, donde todo se arreglará cuando Cataluña se libere de la odiosa tutela de España; un futuro prometedor y cercano -la independencia en 18 meses- conseguido por participar de forma festiva en una serie de acciones lúdicas y callejeras -la lucha contra una dictadura imaginaria, disfrutando de una libertad sin precedentes-, que tenía enfrente a un gobierno español paralizado.

Hasta ahora, el nacionalismo ofrecía a los jóvenes un puesto de combate, en una lucha con poco riesgo y con la victoria asegurada a corto plazo.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).