Quantcast
ÚNETE

Jalougüin

Además del tiempo meteorológico -“piove; porco goberno”-, las calabazas de plástico del “chino” del barrio anuncian que ha llegado el tiempo de los difuntos; tiempo de aparecidos y noches lúgubres, sea en versión de José Cadalso o de Alfonso Sastre, cuando regresan las ánimas a ponerse en contacto con sus deudos y se abre la puerta que comunica con el “otro lado”, como dicen los parapsicólogos, los amigos de lo preternatural y los contertulios del programa de Iker Jiménez, dejando salir a los trasgos y a los mengues para que pululen por este mundo.

Pero las fúnebres y piadosas ceremonias del día de todos los Santos y del día siguiente, dedicado a los difuntos, que inspiraron a los escritores románticos, y los ritos católicos dedicados a aliviar el sufrimiento de las ánimas (dicen que benditas) del Purgatorio, están siendo desplazados, para escándalo de obispos y creyentes, por los más modernos, o postmodernos, rituales de Jalougüin, una especie de carnaval otoñal de la casquería con abundante “gore” postizo, de factura “made in USA”.

La leyenda del Monte de las Ánimas o la del organista maese Pérez, de Bécquer leídas al amor de la lumbre o la representación teatral del Tenorio y de otras obras de tipo romántico están siendo reemplazadas por happenings de jóvenes góticos para hacer el habitual botellón, pero vestidos de negro, por patuleas de ojerosos adolescentes, que parecen salidos de un videoclip de Michael Jackson, y por gavillas de pequeños vampiros y de niñas endemoniadas o embrujadas, que recorren la vecindad pidiendo truco o trato, como si fueran contratistas de obras, para hacer acopio de chucherías, cuyo precio preocupaba a Rajoy en sus buenos tiempos, como a Fraga le preocupaba el de los garbanzos.

Ignoran las golosas criaturas que la ritual muletilla -truco o trato- para conseguir caramelos se ha convertido, desde hace tiempo, en una consigna para hacer negocios poco claros al amparo del poder político. Y que la exitosa difusión literaria y cinematográfica de vampiros se queda corta al lado de la invasión de hambrientos ultracuerpos y la vampirización de recursos públicos por espurios intereses privados de quienes tienen por misión, voluntaria y bien remunerada, defenderlos.

En España, tierra pródiga en leyendas pero de opaca gobernación, hemos descubierto cierta especie de espíritus malignos, que anida en las almenas de las sedes de los partidos políticos y en los sótanos de las instituciones públicas.

Sin ir más lejos, durante años corrió el rumor de que las estancias del gobierno valenciano estaban recorridas por un fantasma bigotudo que hacía pingües negocios (siempre presuntos) con gobernantes del Partido Popular. Por fortuna, los jueces, no sin dificultades, pero sin ayuda de ristras de ajos, han desvelado que tales rumores no eran fruto de la desmedida imaginación de la oposición, sino que se trataba de prácticas reales de trato con truco, es decir, de amañar contratos eludiendo los preceptivos concursos públicos, con beneficio para el partido y, por supuesto, para la otra parte contratante, que eran Correa y sus mariachis. El que este trato estuviera facilitado por el truco de hacer regalos, como trajes, bolsos y relojes caros, habituales entre “amiguitos del alma”, pone un toque de distinción en esas cutres operaciones de ultratumba.

También se ha percibido tufo a fantasmas en el Palacio de San Telmo, en Sevilla, tierra natal del Tenorio, donde el espíritu del caso ERE ha alimentado a un número excesivo de convidados de piedra.

En realidad, se puede decir que ninguna comunidad carece de su oportuna cuota de apariciones de íncubos y desapariciones de fondos públicos, de espectros y muertos vivientes, pero hay lugares que son muy propensos a estas visiones.

Por ejemplo en Cataluña, donde, junto a viejos fantasmas familiares, como Pujol, Millet o Prenafeta, fantasmas de plantilla, cuya vocación por el chanchullo les acompañará, probablemente, hasta la tumba y aún más allá, han aparecido otros nuevos y, lo más curioso del caso, merced a un prolongado acto de hechicería se ha querido dar vida nada menos a un nuevo país, una república, a la que Rajoy, con el 155, dio la extremaunción, dejando bastantes muertos vivientes en España y varios espectros recorriendo Europa, que no son precisamente los del comunismo, que va de capa caída, ante el imparable retorno de fantasmas del fascismo más rancio.

Hay veces en que una aparición fugaz viene a recordar episodios fantasmales de antaño, como por ejemplo Solchaga; un ser de otro mundo (del mundo de la “beautiful people”) y de otra época, también prodiga en tratos con truco (Filesa, Malesa, Roldán). Solchaga es un personaje muy de Jalougüin, pues dejó el tejido industrial en los huesos y enterró a la banca pública. Ahora ha reaparecido para criticar el aumento de la paga a los pensionistas. ¡Que se jodan! Como diría la niña de Fabra.

Pero que nadie se moleste, porque la región más propensa a estos fenómenos paranormales es Madrid.

En Madrid se ha visto el truco o trato en diferido, la desaparición por ensalmo (pero con la ayuda de un martillo) del disco duro de un ordenador, la milagrosa aparición de un millón de euros en el altillo de un armario, el misterio de los sobres marrones y el del coche “Jaguar” que era invisible, entre otros portentos. Es el Gobierno autonómico donde más “príncipes” (Prada, Granados, González, Victoria, López Viejo) han salido ranas, echando por tierra la mitología de los cuentos infantiles. Ya decía Joaquín Sabina en una de sus canciones que el príncipe azul era un impostor.

En Madrid, Pedro Sánchez, dado políticamente por muerto y enterrado por una gestora, ha resucitado, como Lázaro, y ahí está vivito y coleando, aunque con respiración asistida en el Congreso. Pero Rato, uno de los vivos más “vivos” del orbe, ministro y vicepresidente del gobierno y gerente del poderoso FMI, es un muerto viviente por la gestión de Caja Madrid-Bankia, que ha producido un muerto real (Blesa). Aunque se debe reconocer que la gestión de las cajas de ahorros, entidades semipúblicas puestas al servicio de los dispendios de los modernos reinos de taifas, ha producido un buen número de muertos ficticios y de ladrones reales; personajes antaño poderosos, que hoy se mueven como fantasmas entre las ruinas de unos planes tan ambiciosos como ilegales. En España parece que siempre estemos en Jalougüin.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).