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La apuesta por la desigualdad


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De la mano de la derecha de siempre ahora radicalizada y de la nueva extrema derecha que se va consolidando (Eslovaquia, Argentina, Países Bajos...) reaparece sin tapujos la versión más brusca del individualismo capitalista, de la competencia más radical y la justificación y defensa de la desigualdad económica. Ésta se presenta, por parte de la ideología imperante, como un hecho inherente a la naturaleza humana y a su carácter intrínsecamente competitivo. La Ilustración y el liberalismo nos trajeron la noción de ciudadanía, de igualdad de oportunidades y de igualdad ante la ley, que sentaba las bases para el funcionamiento ordenado de la sociedad, el mantenimiento de estímulos al esfuerzo y al trabajo, así como el sostenimiento de cada uno como responsabilidad individual ineludible. Ciertamente, la igualdad formal, jurídica, distaba mucho de ser una igualdad real. El carácter acumulativo de la riqueza, las diferentes posibilidades de acceso a la salud o la educación condicionaban notablemente la posición de partida, hasta el punto de que algunos notorios liberales como Stuart Mill, hicieron notar que teniendo en cuenta el mantenimiento del sistema de herencias, la igualdad de oportunidades pasaba por que el Estado se hiciera cargo de garantizar salud y educación a todos los ciudadanos, en una suerte de noción de estado asistencial avant la lettre.

Sin embargo, en los últimos siglos ha habido cierta preocupación por parte de muchos economistas, políticos y teóricos sociales, para establecer ciertos límites a la desigualdad y la pobreza, para que ésta no fuera ofensiva y dinamitara el orden social burgués, así como el mantenimiento de una demanda agregada suficiente. Algunas formas incipientes de Estado social, como el de la Alemania de Bismarck, o una cierta noción cristiana de la compasión y de la caridad, tenían ese indicio de una moralidad que no toleraba el exceso. El triunfo de la ética presbiteriana entre los capitanes de industria británicos y en la mayor parte del continente que se desarrollaba con las fábricas, trajo una clase empresarial que se interesaba más por el crecimiento, la innovación, la creación de algo grande, que no la riqueza en sí o la vida de lujo y consumo que hubieran podido permitirse. Cierta austeridad era un valor. Incluso Adam Smith en un trabajo que ejerce de contrapeso a los conceptos más gastados de La Riqueza de las Naciones, apuesta por no dejarse llevar por un excesivo e incontrolable economicismo. En el interesante libro Teoría de los sentimientos morales, afirma la repugnancia que le provoca "la disposición a admirar, y casi a idolatrar, a los ricos y poderosos, y a despreciar e ignorar a las personas pobres y de humilde condición". Condena la corrupción de "los sentimientos morales" que provoca la codicia, y afirma que "ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y desgraciados". Smith hizo algo más que escribir la famosa conjetura de la mano invisible.

En los últimos decenios el intento de situar a la competencia económica y al individualismo como "estado natural" ha sido llevado al paroxismo. Como hace notar y modo elocuente el novelista J.M.Cotzee, "la afirmación de que nuestro mundo debe dividirse en entidades económicas competitivas, es exagerada. Las economías competitivas aparecieron porque decidimos crearlas. La competencia es un sustituto sublimado de la guerra". Zygmunt Bauman también alertó sobre las premisas "incuestionables" en relación con la economía, ya que son proposiciones puramente ideológicas o justificativas. Así, formarían parte de esta categoría de verdades incuestionables, el crecimiento económico como única dinámica posible, el crecimiento del consumo como una carrera interminable detrás de la felicidad, el carácter "natural" de la desigualdad entre las personas y la competitividad como vía para acceder a lo que uno merece. Como es sabido, Keynes consideraba la avaricia y la fijación excesiva en los temas económicos como algo detestable, puesto que, una vez resueltos los problemas prácticos, pensaba que la economía era una actividad poco interesante y que los individuos debían dedicar su trabajo tiempo y sus esfuerzos en los temas vitales que sí valen realmente la pena. En cualquier caso, con la cultura thatcheriana dominante en las últimas décadas, se impuso lo que Daniel Dorling llama los "principios de injusticia", según los cuales el elitismo es eficiente, en la medida en que la expansión de las capacidades que sólo tienen unos pocos termina beneficiando a unos muchos; que la codicia no es un defecto sino un valor en tanto acaba favoreciendo al conjunto, aunque sea a expensas de la exclusión de unos pocos, lo que es inevitable y realiza una función social positiva; finalmente, estos principios injustos establecidos considerarían que el dolor que genera la pobreza la desigualdad y la exclusión es inevitable. El castigo como reverso del premio, la lógica del estímulo capitalista, la condena a la libertad. Nada más ideológico que reducir la injusticia a un hecho de normalidad.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR