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¿Qué puedo hacer yo?


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¿Qué puedo hacer para detener la furia genocida del ejército de Israel contra la población civil palestina? Esta es la pregunta que las gentes de buena voluntad se hacen ante la escalada desplegada por tierra, mar y aire contra todos los moradores de la Franja de Gaza, dos millones de personas. La mitad de ellas son menores de 16 años, sobre todo niños. Y se encuentran bajo las bombas y en fuga. 9.000 ya han muerto. 22.000 están heridos. La respuesta posible a la pregunta planteada solo genera frustración. No puedo hacer casi nada. ¿Por qué? Porque en Israel gobierna una gente que cree a pies juntillas que la vida de un israelí vale por la de cincuentas o más palestinos, sean o no civiles desarmados e indefensos.

Este criminal supremacismo es el que guía el curso de esta guerra, que no comenzó el 7 de octubre pasado, por la irrupción armada de tropas de Hamas en territorio controlado por Israel, con 1200 víctimas y dos centenares de secuestrados; esta guerra comenzó en 1948, de una forma parecida a como ahora se ha visto activada por la organización islamista Hamas, que impera en Gaza, reivindica la liberación nacional de Palestina, propugna destruir Israel y recurre para ello a métodos de terror semejantes a los desplegados 75 años atrás por el Irgún o el Haganá, organizaciones terroristas judías repicadas ahora por unas fuerzas armadas regulares israelíes cuyos mandos se comportan con una inhumanidad estremecedora: no les tiemblan las manos a la hora de ametrallar convoyes de ambulancias, bombardear hospitales con miles de heridos en su interior, o desplegar carros de combate en áreas periféricas urbanas, con una superioridad armamentística aplastante frente a guerrilla urbana islamista, dispersa y camuflada, que presenta combate a quemarropa.

La guerra es una de las principales armas de la política. Su finalidad es, paradójicamente, la paz. Cuando los fines políticos de toda guerra se desvanecen, solo queda la nuda y bestial violencia, cuya inhumanidad hoy se ve exponencialmente recrecida por la sofisticacón de las armas en escena. Los drones son exponentes de esta perversión atroz, pues permiten camuflar la responsabilidad de un bombardeo o un ametrallamiento atribuyéndoselo a un refinado dispositivo mecánico cuyo activador real, personal, se esconde cobardemente en la lejanía. La contraofensiva militar israelí no parece buscar pacificación alguna; tan solo demuestra perseguir la aniquilación de quienes le hostigan desde una organización armada emboscada en el interior de la Franja de Gaza, cuya ubicación allí convierte a los palestinos gazatíes en blancos indiscriminados del supremacismo gubernamental israelí que guía contra aquellos el cañoneo descontrolado y criminal. Hay expertos que mantienen que en Israel, la autonomía de la que gozan las Fuerzas Armadas es un indicador del carácter antidemocrático de su régimen, pese a que tanto se alabe su supuesta democraticidad. En Israel hay demócratas, desde luego, gentes valientes que se han echado a la calle para denunciar las exacciones de un Benjamín Nethanyahu ensoberbecido por un poder que se le va de las manos a borbotones por la inhumana conducta que sigue en la escena política y ahora militar: y la aplica intentando silenciar los controles judiciales sobre su alocada deriva, cebando la posibilidad de una guerra civil intramuros de Israel y cediendo a las presiones del fundamentalismo supremacista judío para conseguir a cualquier precio en sangre ajena, la expansión sin límites del Gran Israel, un delirio más, supuesta pero falsamente extraído de la arqueología bíblica.

Lo más grave es que la guerra en marcha, si acaso tuviera una finalidad política o geopolítica ocultas, puede quizá ser un episodio más de la reconfiguración del mapa del Cercano Oriente, alentada desde Washington para truncar en este escenario intermedio la política de expansión comercial y pacífica de la superpotencia asiática emergente: China. No se explica si no la actitud de la Casa Blanca al respecto de Israel, cuya impopularidad consecutiva a la inhumanidad de su comportamiento en Palestina caerá sobre los políticos de Estados Unidos de América como un fardo de peso inconmensurable. Digan lo que digan quienes justifican esa atroz aniquilación operada con la bendición de Washington en Palestina, el relato de lo sucedido, el sustrato moral de la pugna entre ethos y cratos, ética y poder, presente en toda guerra, se volverá contra el rostro de sus desalmados avalistas. El descrédito político de Estados Unidos tras su protagonismo en Hiroshima, Vietnam y Afganistán se quedará corto ante el generado por estas nuevas atrocidades infanticidas, irresponsablemente toleradas, si no consentidas, desde Washington.

¿Qué solución cabe columbrar a esta infernal situación? Con certeza, una agenda que contenga alguno de los ítems aquí sugeridos. Primero, un cese el fuego inmediato y mutuo. Las armas deben callar. Segundo, dotar a Gaza de agua, fluido eléctrico, avituallamientos y dotaciones sanitarias de emergencia, con prioridad infantil absoluta. Tercero, designar un árbitro para abrir conversaciones entre interlocutores, primero indirectos y luego directos, de Israel y de Palestina. Cuarto, enterrar a los muertos bajo las bombas en Gaza y devolver los cadáveres de quienes murieron a manos de Hamas en su ofensiva del 7 de octubre. Quinto, liberar a los rehenes israelíes capturados por Hamas y los palestinos presos sin juicio en Israel.

Esto como primera etapa. La siguiente vendrá dada por la creación de un Alto Organismo Mixto de Arbitraje, supervisado por Naciones Unidas, con presencia de exponentes del Sur Global, de los Bric’s, de Europa, Federación Rusa, Estados Unidos y China, bajo el compromiso de creación pacífica de un Estado Palestino y la renuncia a la destrucción de Israel, más el reconocimiento mutuo de ambos Estados. Todo ello signado en un Tratado de Paz.

No cabe duda que en Estados Unidos, poder hegemónico mundial, y no solo allí, sino en todas latitudes, hay gentes, organizaciones cívicas e instituciones capacitadas y dispuestas para avalar este plan u otro semejante que puede zanjar los problemas que a los intereses del mundo entero causa el deterioro político, militar y diplomático en el Cercano Oriente. Tal vez estos acontecimientos que trágicamente vemos hoy escalar fuera de control, brinden una ocasión única y última para transformar el rechazo al horror allí vivido en potente palanca de humanidad y de concordia. Desde ambas, ha de ser viable abordar seriamente una pacificación que apee de sus atalayas a quienes con ejércitos regulares o milicias irregulares, se enriscan en la efusión de sangre ajena como única alternativa para sus respectivos y sufrientes pueblos. La paz es posible. Luchemos por convertirla en una convicción.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.