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Esperpentos


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Dejémoslo claro: “Esperpento. Género teatral creado por Valle Inclán, en que se deforma sistemáticamente la realidad, exagerando sus rasgos grotescos y absurdos.” (Diccionario de uso del español, de María Moliner).

“España es una representación grotesca de la civilización europea”, dice Max Estrella, el personaje de Valle Inclán en “Luces de bohemia”. “Los ricos y los pobres, la barbarie ibérica es unánime”, señala el mismo personaje, cuando da con sus huesos en el calabozo de una institución tan española como el “Ministerio de la Desgobernación”.

La frase de Max, que trasluce abatimiento y rezuma un pesimismo que llega al tuétano, recuerda otra de Antonio Machado en “Proverbios y cantares”: “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

Cada día vienen al mundo menos españolitos (y españolitas) porque España es un país disuasorio para tener descendencia, pero los que llegan lo tienen aún más difícil, porque, no una, sino las dos Españas les van a helar el corazón: la de arriba y la de abajo, la de los ricos y la de los pobres, la de derechas y la de izquierdas. “La barbarie ibérica es unánime”, sentenciaba Valle en 1924 -de esa fecha es “Luces de bohemia”- y se podría añadir que la estupidez está bien repartida por toda la piel de toro, o quizá de vaca, porque falta bravura para afrontar viejos problemas con valentía. Lo decía un catalán, Salvador Espriu en “La pell de brau” (“La piel de toro”), cuando advertía que, “a veces, es necesario que un hombre muera por un pueblo, pero nunca que todo un pueblo muera por un solo hombre”.

No hay que llegar a la tragedia ni al drama, bástenos con el esperpento, pues no es preciso que muera alguien, basta con ignorarle. Pero ahora ni eso es posible, porque ese hombre se ha vuelto imprescindible.

En este corral de comedias en que se ha convertido el país, el resultado de las elecciones generales del 23 de julio ha dejado constancia del diabólico diseño de nuestro sistema de representación política.

El práctico empate entre los votos del PP y VOX y los del resto, deja dos grandes bloques ideológicos, el de la derecha, homogéneo, y otro heterogéneo e incluso contradictorio, unido sólo por oposición al otro. Son dos bloques formados por aversión hacia el contrario, que se disputan la formación del gobierno teóricamente, porque en la práctica, aunque la diferencia en escaños es pequeña, los números no dan para que gobierne el partido que ha obtenido más votos, que es el PP, porque cuenta con un socio insuficiente, que además suscita el rechazo de otros posibles aliados, mientras el segundo partido en votos, el PSOE, puede contar con más apoyos, condicionados, claro está, para formar gobierno.

Tanto Sánchez como Feijoo se han mostrado dispuestos a someterse a una sesión de investidura, de ahí viene el espectáculo vodevilesco de mucho trajín, con idas y venidas, citas discretas u ostentosas con representantes de otros partidos para tantear las condiciones del posible apoyo. Asunto en que Feijoo lo tiene más difícil, porque su repertorio de posibles “amigos” es muy limitado, pero, hasta hoy, ha tenido la intención de tener un encuentro con Junts, aunque no con el hombre imprescindible.

Aquí tenemos una muestra más del esperpento: el de un dirigente político que oscila, cambia de opinión y trata de hacer ver que se esfuerza por lograr unos apoyos que le están negados. Seguirán las opiniones y los matices sobre el “encaje de Cataluña”, pero, al final, Feijoo no será presidente del gobierno por falta de apoyos, de lo cual él era consciente cuando propuso a Sánchez que le permitiera gobernar un par de años. Entonces ya se rendía, pero le faltaban un par de cañonazos de fogueo para salvar el honor y presentarse ante su partido con los deberes hechos, aunque sin haber confirmado en julio el triunfo de mayo.

Pero lo más esperpéntico del momento es que el gobierno del país depende de los votos de los 7 diputados de Junts, residual partido de la Convergencia del 3%, del clan Pujol, de Prenafeta, de Alavedra, de Millet y Pallerols, que, desde Bélgica, dirige Puigdemont, huido de la justicia por su destacada participación en el “procés”.

El esperpento crece cuando se advierte la escasa representatividad política de Puigdemont, cuyo partido ha obtenido 392.634 votos, el 11% de los emitidos en Cataluña. Pongamos que puede estar respaldado por los 7 diputados de ERC, que representan a 462.883 votantes, más los 98.794 de la CUP, en total 954.311 votos en Cataluña, pero es que el censo general ha sido de casi 25 millones de electores (24.952.000) y España tiene más de 47 millones de habitantes. Ante esas cifras, el poder de Puigdemont parece desmesurado, tanto como sus condiciones, pues insatisfecho con el indulto a los encausados del “procés”, con la supresión de los delitos de malversación y sedición -que es un disparate-, con la puesta en marcha de la ley que permita, en breve, utilizar el catalán, el gallego y el vascuence en el Congreso, exige, ni contrito ni arrepentido, la aprobación de una amnistía antes de la investidura de Sánchez. Dada la discreción con que en el PSOE llevan las conversaciones, no se conoce la respuesta, pero se traslucen la satisfacción y el agradecimiento a Puigdemont por su predisposición al diálogo.

Sigue el esperpento cuando Yolanda Díaz, dirigente de Sumar y vicepresidenta del Gobierno, acude a Bruselas a entrevistarse con el “ausente”, en lo que parece una clara interferencia. Aunque también puede haber ido en una misión exploratoria haciendo de “submarino” de Sánchez.

La peregrinación a Waterloo recuerda la frase de Marx en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, cuando escribe que en Francia “las circunstancias permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”. No somos los únicos, pero no es un alivio.

 

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Último libro publicado: 1968 Spain is different (Madrid, La linterna sorda, 2021).