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Donald Trump está vivo


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)
Donald Trump en una caricatura de DonkeyHotey vía flikr. Donald Trump en una caricatura de DonkeyHotey vía flikr.

No deja de recibir imputaciones penales muy graves por haber conspirado para mantenerse en el poder pese a haber perdido las elecciones. Las penosas imágenes del asalto el Capitolio por parte de las hordas enloquecidas todavía las tenemos en la memoria para recordarnos el pequeño paso que existe entre democracia y barbarie. Pero en cada acusación formal que recibe por delitos tan graves y evidentes, su popularidad política se mantiene e incluso aumenta. No tiene rival para ser el candidato republicano a las elecciones de 2024, y los sondeos afirman que puede ganar a un envejecido Joe Biden. En un sistema democrático y judicial tan garantista, las acusaciones e incluso una posible condena no pueden impedir que se presente a los comicios. La posibilidad de que retorne a la presidencia alguien que de forma tan evidente ha actuado al margen y contra el sistema, pondrá en vilo las costuras de la democracia norteamericana. Pero también tensionará de forma evidente la política y la geopolítica mundial. Reforzará los numerosos movimientos populistas, iliberales, que campan por el mundo occidental, pero, sobre todo, reventará la estrategia actual con relación a la Rusia autocrática, no se sabe muy bien cómo afectará al avance de China como gran potencia económica global y, por supuesto, con su negacionismo provocará un enorme paso atrás en los compromisos adquiridos para hacer frente a la crisis climática.

Más que el propio Donald Trump, lo realmente preocupante es la existencia de un frente, amplio y entregado movimiento trumpista. Todas las evidencias delictivas en relación con la apropiación de documentos clasificados, de haber conspirado contra la legitimidad democrática, de haber abonado el asalto real a las instituciones o de haber utilizado la mentira de forma sistemática y compulsiva no han hecho retroceder ni un centímetro a sus adeptos ni puesto en entredicho el apoyo acrítico. Tampoco le ha afectado en nada no haber cumplido ni uno solo de los compromisos populistas adquiridos con los sectores populares con mayores dificultades y en zona de exclusión social y económica. Resulta paradójico que la América profunda y el empobrecido cinturón de óxido le apoyaran porque les prometió actuar contra las élites económicas y protegerlos. Era insólito que lo planteara alguien enriquecido con la especulación inmobiliaria más dura, pero aún más que se le otorgara credibilidad. Evidentemente, una vez en el poder apostó por políticas desreguladoras y fiscales que redundaban en beneficio de los más adinerados. No hay problema. La adhesión a Trump como a todas las derechas populistas poco tiene que ver con la lógica o con la razón. Es un vínculo emocional que permite expresar malestares y frustraciones. Representa ser acogido por un movimiento en el que los valores y marcos mentales y culturales son muy viejos y conocidos, ancestrales. Se les proporciona identidad. En Estados Unidos, la población blanca y conservadora, mayoritariamente empobrecida o en zona de exclusión, cree tener quien le entiende y quien lo representa, alguien que considera su cultura arcaica y obsoleta como la genuinamente americana frente al cosmopolitismo de las grandes ciudades y ambas costas.

Aunque el presidente Biden ha ampliado en este mandato las políticas sociales y medidas económicas expansivas, esto no es suficiente para dar la vuelta a la convicción de una parte de la sociedad de que lo que hace falta es devolverles el orgullo y el sentido de pertenencia. Se sienten humillados y ofendidos, necesitan venganza o al menos un simulacro de ella en forma de gamberradas dialécticas o de atacar los valores progresistas. Y no se conforman con que ahora se cree empleo o se amplíe la cobertura sanitaria o bien se multipliquen los bonos alimenticios para los peor parados. Ebrios de propaganda, maleados por la desinformación, articulados en torno a todo tipo de conspiraciones y paranoias, han entregado su alma a un falso dios que les prometió redimirlos. El trumpismo, como todos los populismos identitarios, les resulta en el mundo actual dominado por las redes sociales y el fácil recurso a internet muy fácil de crear polaridades perversas que ponen en cuestión, destruyen, la cultura democrática. Salir de esa dinámica, recuperar nociones como las de respeto, tolerancia, aceptación y diálogo resulta muy complejo. Todo juega a favor de volar cualquier puente y afianzarse en el extremo. De nada sirve, pero dicen que conforta, tanto en Estados Unidos como en cualquier país del mediterráneo.

 

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR