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18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Cumplir 18 años no basta: cómo preparar a las personas con discapacidad intelectual para la vida adulta
AtlasStudio/Shutterstock

Cumplir 18 años convierte legalmente a una persona en adulta, pero las habilidades necesarias para tomar decisiones, manejar dinero, mantener relaciones, trabajar o pedir ayuda no brotan de manera automática una vez que alcanzamos este número de años.

En los jóvenes con discapacidad intelectual, la transición a la vida adulta es especialmente compleja: a menudo es cuando terminan su etapa de escolarización, aumentan las expectativas de autonomía y aparecen nuevas decisiones sobre formación, empleo, vivienda o participación social.

Por eso, los 18 años no son el momento de ponerse a pensar en cómo alcanzar las habilidades imprescindibles para navegar en el entorno adulto. La preparación ha de empezar mucho antes.

Un proceso, no un acontecimiento puntual

Las investigaciones más recientes y completas sobre la autodeterminación de chicos y chicas con discapacidad intelectual concluye que competencias como elegir, resolver problemas, asumir responsabilidades o pedir apoyo pueden trabajarse incluso antes de la pubertad. La escuela puede crear oportunidades reales para que participen en decisiones que afectan a su vida.

Lo ideal es empezar con cuestiones pequeñas: elegir entre dos actividades, organizar una tarea o expresar que algo no se quiere hacer. Esas experiencias se acumulan; se aprende a tomar decisiones tomando decisiones.

La orientación vocacional, el desarrollo de competencias sociales, comunicativas y laborales y los programas de transición —que preparan durante la etapa escolar el paso a la formación o al empleo mediante planificación individualizada y experiencias prácticas— son algunas de las estrategias recomendadas. Entre ellas destaca el aprendizaje en entornos laborales reales. Un estudio con estudiantes con discapacidad intelectual encontró mejoras en la realización independiente de tareas y en sus interacciones sociales durante una experiencia de aprendizaje basada en el trabajo. Esperar al final de la escolarización para comenzar este proceso significa llegar tarde.

Ser autónomo no significa hacerlo todo solo

Por otro lado, conviene no equiparar la adquisición de una autonomía progresiva para la vida adulta con la independencia total. Alguien puede necesitar ayuda para desplazarse, organizar sus finanzas o tomar una decisión compleja y, aun así, ejercer un alto grado de autonomía. Por ejemplo, una persona puede necesitar apoyo para comprender las distintas opciones de formación disponibles o para desplazarse hasta el centro, pero ser ella quien decida qué quiere estudiar. Del mismo modo, puede requerir ayuda para gestionar su dinero y seguir siendo quien elija en qué quiere gastarlo.

La cuestión no es cuánta ayuda recibe, sino cuánto control tiene sobre las decisiones que afectan a su vida. Se trata de no pensar únicamente en las limitaciones, sino de preguntarnos qué apoyos necesita la persona para ser un agente de su propia vida, es decir, para tener voz, iniciativa e influencia real sobre el rumbo de su vida. El objetivo no debería ser retirar apoyos para comprobar cuánto puede hacer sola, sino ajustarlos para que pueda participar, elegir y asumir progresivamente más control.

De hecho, muchas personas adultas con discapacidad intelectual no se sienten autónomas en este sentido: perciben que otras personas deciden por ellas y que su autonomía no siempre ocupa un lugar prioritario. Porque apoyar no debería significar sustituir.

Proteger también puede limitar oportunidades

Las familias de los niños y niñas con discapacidad han tenido que anticipar riesgos y proteger a sus hijos e hijas en situaciones de especial vulnerabilidad. Sería injusto considerar esta actitud sobreprotectora. Pero desarrollar autonomía exige espacio para cierta incertidumbre, mientras que proteger consiste precisamente en reducirla.

Para los cuidadores familiares, el momento en el que permitir esta incertidumbre y con ella mayor autonomía es un momento especialmente exigente. Los cuidadores reconocen tener expectativas menores sobre educación, empleo, vida independiente y autonomía económica incluso que los propios jóvenes con discapacidad. Sin ser poco realista en cuanto a los resultados, hay que entender que para aprender a decidir hacen falta oportunidades para decidir, para desarrollar competencias laborales y experiencias laborales.

Preparar una vida, no solamente un empleo

La incorporación laboral ocupa buena parte de la conversación sobre la transición a la vida adulta. Trabajar proporciona ingresos, estructura cotidiana, relaciones sociales y participación comunitaria. Pero reducir la adultez al empleo deja fuera gran parte de lo que constituye una vida. Mantener amistades, establecer relaciones afectivas, gestionar la intimidad, decidir dónde vivir, cuidar la propia salud o saber a quién pedir ayuda también forman parte del proyecto adulto.

Por eso, una buena transición no debería construirse solo alrededor de lo que la persona “será capaz de hacer”, sino también de lo que quiere que ocurra en su vida y de los apoyos necesarios. Esto exige coordinación entre escuela, familia, servicios y comunidad y, sobre todo, incluir a la propia persona en la conversación.

Cumplir años nos hace adultos jurídicamente. Aprender a ejercer la etapa adulta requiere tiempo, experiencias y oportunidades. En las personas con discapacidad intelectual, el éxito de la transición no debería medirse por la desaparición de los apoyos, sino por comprobar si esos apoyos ayudan cada vez más a que sea ella quien decida sobre su propia vida y menos a decidir por ella.The Conversation

Yaiza Moreno Martín, Profesora de grado y máster de Psicología, Universidad Europea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

 

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