Ceuta, las prisas y la grosería
La crisis de Ceuta se está convirtiendo en un parteaguas del mandato controvertido del gobierno de coalición emanado de las elecciones de julio de 2023, donde la aritmética se impuso sobre los sondeos para disgusto de las sociedades de prospección y de los pagadores de los servicios facturados. El contencioso ha demostrado tener dos caras, la geográfica y la humanitaria. La primera es irremplazable, porque Ceuta tiene unas coordenadas geográficas en espacio africano, y eso por vecindad, por capilaridad, por visión territorial, tiene y tendrá connotaciones que siempre habrán de producir dolores de cabeza al gobierno español. La españolidad tantas pregonada por unos y por otros de la plaza autónoma de Ceuta se ve atravesada por etnias de creencias cristianas, musulmanas, con alguna presencia hinduísta y judía. Y por si fuera poco el crisol religioso, la apetencia de soberanía sobre Ceuta y Melilla de algunas facciones del Marruecos profundo hacen de la realidad de la ciudad autónoma un foco de inestabilidad y en algunas ocasiones, como el presente caso, un riesgo de polvorín. La otra dimensión, la humanitaria, ofrece en Ceuta la versión más relevante que pueda apelar a los sentimientos de la especie humana, con asaltantes a la plaza española con etiqueta de desfavorecidos por la máxima penuria, y algunos de ellos con minoría de edad y sin compañía familiar o parental. Esta segunda parte representa una acción que afecta a muchos países en el mundo, también a los europeos con jurisdicción en el mar Mediterráneo, por ejemplo Italia.
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