Malos tiempos para la democracia parlamentaria en Francia
Como hemos comentado tantas veces en esta sección, la democracia es frágil, siempre puede ser derogada o limitada por impulsos autoritarios y en ningún país democrático se debe estar seguro de que no hay riesgos de revertir ese régimen en beneficio de otro que puede conllevar una dictadura. Vienen a la mente estas reflexiones tras la formación del nuevo Gobierno francés presidido por el centrista François Bayrou. Antes de avanzar en esta reflexión convendría aclarar dos cuestiones previas. En primer lugar, detengámonos un momento en los términos que se utilizan: desde antes de acceder al cargo de Primer Ministro, todos los medios han hablado del “centrista” Bayrou. Yo creo que el adjetivo “centrista” puede ser demasiado benévolo para un personaje que representa muy bien todos los vicios y virtudes de la política conservadora francesa. Es verdad que a lo largo de su trayectoria Bayrou se puede apuntar un comportamiento propio del centro, cuando en 2012 apoyó en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales a François Hollande, pero salvo este hecho Bayrou ha sido y se ha comportado como un conservador no gaullista, si bien ha compartido con el gaullismo un cierto tono social engendrado por su origen democristiano, pero precisamente por ese origen en el tiempo en que fue Ministro de Educación de Balladur intentó sin éxito favorecer la enseñanza privada y confesional. Por eso puede ser un exceso semántico denominar “centrista” a un conservador, a fortiori cuando se ha colado en el Gobierno para mantener el mismo tinte de derechas que tenía Michel Barnier, sin concesiones (casi imposibles) a la izquierda.
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