El ataque iraní del 1 de octubre contra áreas civiles de las ciudades Tel Aviv y Jerusalén, a base de al menos 180 misiles, muchos de ellos balísticos e hipersónicos, disparados a 1800 kilómetros de distancia de Israel, constituye un hito militar, político y geopolítico de consecuencias incalculables. La censura israelí no permite averiguar cuántas víctimas mortales y heridos ha causado este ataque masivo, aunque es de suponer que sean numerosas. Pero, independientemente de los daños humanos, causados, dolorosos siempre, lo relevante es que, por una parte, la iniciativa bélica corresponde a la Guardia Islámica iraní, a partir de hoy sector militarmente hegemónico del régimen republicano islámico; su líder, el Guía Sayed Alí Jamenei, era partidario de diferir la entrada directa en combate contra el Israel de Benjamín Nethanyahu desde mucho tiempo atrás. En vez de ello, Alí Jamenei prefería que organizaciones armadas afines, palestinas y libanesas, hostigaran a Israel desde Líbano, por parte de la milicia Hezbollah y desde el brazo militar de Hamas, las brigadas Ezzedin al Qassem. Con todo, nunca ni una ni otra organizaciones armadas fueron enemigos temibles para el temible poderío militar del Estado judío, cada vez más semejante a una teocracia como la que dice combatir en Irán.