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Las máscaras de Hamlet


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Hamlet. Ahí va otra: ¿por qué no podría ser la calavera de un abogado? ¿Dónde están ahora sus sutilezas, sus argucias, sus casuismos, sus títulos y sus trucos? ¿Por qué consiente que ese rudo villano le pegue en la coronilla con una pala sucia, sin armarle pleito por agresión? ¡Hum! Ese tipo pudo ser en sus tiempos un gran comprador de tierras, con sus estatutos, sus resguardos, sus términos, sus garantías dobles y sus cobranzas. ¿El término de sus términos y la cobranza de sus cobranzas es tener su terminada mollera llena de interminable barro?

Hamlet. Acto V. Escena I

William Shakespeare

Hay personajes literarios que se convierten en símbolos de una época, de una idea e incluso del ser humano. Ahí están para atestiguarlo Ulises, don Quijote, Fausto o el obscuro y hermético Príncipe de Dinamarca.

Prácticamente desde su aparición, Hamlet ha sido objeto de todo tipo de interpretaciones. Es dueño de distintas máscaras y de un haz interminable de disfraces. Quizás, por eso, cada época y cada generación, sin dejar de interesarse por sus palabras y por su visión del mundo, destaca de él una faceta con la que se identifica.

Así, se le ha considerado emblema y símbolo de la duda entre una acción postpuesta mil veces y, la angustia y amargura de una reflexión circular, cautiva y que no encuentra forma de escapar. En ocasiones se ha destacado su integridad insobornable, en otras su pesimismo… y ha sido objeto de todo tipo de interpretaciones, incluidas las psicoanalíticas. La crítica literaria, por su parte, ha tenido y tiene mucho que ahondar en su figura.

Tiene sentido preguntarse ¿qué nos dice Hamlet, hoy? Vivimos tiempos sombríos donde se confunden fines con medios y donde el poder no es extraño que se encarne en figuras monstruosas y despreciables, pensemos en Trump, Bolsonaro, Orbán, los talibanes y en tantos otros de parecido jaez. Precisamente, por eso, es oportuno reflexionar sobre quiénes son los “Claudios” y las “Clotildes” de hoy, es decir, los personajes corruptos, sin escrúpulos, que recurren a cualquier medio para lograr sus propósitos… y los débiles que se dejan atrapar en sus redes y se convierten en cómplices de sus proyectos y crímenes.

Prosigamos nuestras reflexiones concatenadas que nos permitirán mediante aproximaciones sucesivas, penetrar en ese obscuro y sombrío “territorio Hamlet”. El Príncipe de Dinamarca ha perdido su inocencia y, también, su vitalidad y se ha convertido en un ser huraño, lleno de amargura y decepcionado de cuanto le rodea. Puede que la realidad sea odiosa mas, ahí está. Puede que no nos guste lo que vemos reflejado en el espejo… pero más tarde o más temprano, hay que atreverse a meter los pies y las manos en el barro y lidiar en ámbitos en los que nunca hubiéramos deseado tener que desenvolvernos. La Historia ofrece elocuentes ejemplos.

Las sucesivas máscaras nos van mostrando la complejidad de Hamlet. Me parece obligado referirme a que es “un soñador” que posee “anhelos utopizantes” como apuntó sagazmente, Ernst Bloch.

Su estado de ánimo es taciturno, obscuro, nocturno. Es el de un ser que se siente agobiado, aplastado y poseído por la nada. Por ello hay ocasiones en que se comporta como un “sollozante especulativo”

Hamlet, desde mi punto de vista, presagia “la soledad cartesiana”. Hay en su interior un duelo entre el posibilista y el selvático. Tal vez, por eso, sus pensamientos son, con frecuencia, turbios… tal vez, por eso, es un “ser discontinuo” y un espíritu atormentado y sin domesticar.

Todo esto y, mucho más, lo convierten en un personaje profundamente hipnótico. El Príncipe de Dinamarca es firme como un árbol… que se va deshojando en palabras. Es errático, nervioso, melancólico… busca como Ofelia, mas de otro modo, un lago en el que sumergirse para intentar hallar la ansiada serenidad.

Hamlet es en ocasiones cruel, mas esa crueldad, puede que esté más relacionada de lo que parece… con la inseguridad. Quizás anhela, denodadamente, encontrar ese lugar donde crece la yerba… que protege el descanso de los muertos y que ha superado la “sangre seca” de las profanaciones.

Me viene a la memoria “Las palabras de la Tribu” de José Ángel Valente, un magnífico libro de comienzos de los años 70 del siglo pasado, cuya lectura me causó una honda impresión. ¿A qué tribu pertenece Hamlet? ¿Es una tribu en peligro de extinción?

De cuando en cuando, es interesante aunque desasosegante, especular sobre Filosofía y Literatura. Es un ejercicio aventurado, mas a veces con resultados magníficos, el que los filósofos se ocupen de personajes literarios. Ahí están, por ejemplo, dos casos eximios como Jacques Derrida y Paul Ricoeur. Los filósofos, mediante sus interpretaciones y teorías, han acertado al insistir en la capacidad simbolizante y que logra transformar la realidad en símbolo, lo que dicho sea de paso, supone avanzar un trecho nada desdeñable. Pocos aspectos son tan atractivos como el que aborda el proceso de simbolización de la realidad del ser humano.

A Hamlet hay que tomárselo en serio, muy en serio. Cuando entra en su deriva obsesiva, no deja espacio ni resquicio alguno para ninguna salida lúdica, superficial ni frívola, pese a su ironía y a algún que otro sarcasmo.

El Príncipe de Dinamarca tiene mucho más de metafísico de lo que se ha venido diciendo hasta ahora. Asimismo, es un personaje metafórico, probablemente porque él mismo es una metáfora no sólo de un tiempo histórico sino de la escisión del ser humano. Estos enfoques y perspectivas han hecho que ocupe, por méritos propios, un lugar destacado no solo en la historia de la Literatura sino de la Cultura.

Hamlet es firme en sus convicciones… no se deja arrastrar pero, al mismo tiempo, es un ser “profundamente dañado”. Conforme los hechos van teniendo lugar, parte de las dudas se convierten en certezas, las incertidumbres se esfuman y hacen su aparición los aspectos más duros e insobornables de su personalidad ante el crimen, la corrupción y el nepotismo.

El Príncipe de Dinamarca es obstinado, quizás, no tenga otro camino. En estos momentos de tribulación, cuando tantas líneas rojas se traspasan, cuando se introducen en la ecuación tantas variables, cuando los aspectos geopolíticos se alteran y cuando el ser humano se encuentra impotente ante fuerzas que lo avasallan y ante la acelerada destrucción del Planeta, fruto de la irresponsabilidad, la rapiña y la incapacidad de pensar a medio y largo plazo… la figura de Hamlet se convierte en un referente obligado, en cierto modo ético. Es tanto como una conciencia crítica del futuro que nos aguarda, si no embridamos a tiempo el desenfreno acelerado en que nos encontramos inmersos.

El Príncipe de Dinamarca se ha ido desprendiendo de alguna de sus máscaras, quizás estemos en el momento justo de descubrir la nuestra, la que nos puede ayudar a descifrar un presente lleno de incertidumbres.

Ha transcurrido mucho tiempo desde 1692, fecha del estreno de esta obra inmortal de Shakespeare, que con su publicación primero y el paso del tiempo, después, no ha hecho más que engrandecerse, hasta convertirse en emblemática.

Un dato curioso pero que conviene traer a colación es que la trama está basada en una leyenda nórdica. El valor literario y filosófico de una obra, claro está, no depende de la tradición en que se inserte sino del lenguaje, de que sus palabras lleguen al corazón del hombre.

El castillo de Elsinor nos pertenece a todos. Es más, de una forma u otra, simbólicamente, todos vivimos en él con sus/nuestros espectros… y hasta con la visita de una compañía de cómicos que hacen teatro dentro del teatro… y que coadyuvan a los propósitos de Hamlet.

Ambiciones, celos, infidelidades, traiciones… la duda como elemento paralizador… la locura real y la locura fingida… ayer como hoy, son muestras de lo que sucede a nuestro alrededor.

Haríamos bien en tener presente otro hecho significativo. Hamlet no logra estar en paz consigo mismo. ¿Por qué? Quizás, porque está lleno de miedos internos. Heraldo como ha sido de tantas cosas hoy, tal vez, representa un ser poseído por la desesperanza y por una cierta pulsión suicida que lo va devorando. No obstante, Hamlet nunca pierde del todo el Norte. Hay en él desequilibrios más nunca claudicación.

Merece la pena reflexionar sobre las contradicciones de este personaje obscuro y desesperanzado, que en cierto modo nos representa a todos. El personaje que creó William Shakespeare es, nada menos, que un tesoro literario con capacidad de auto-diagnóstico. Sería un notable error echar esto en saco roto. El Príncipe de Dinamarca es profundamente inteligente mas, de una inteligencia enfermiza.

Sabiéndonos enfermos hemos de ser conscientes de que nuestro mal no es todavía incurable. Si estamos convencidos de que los fines que pretendemos alcanzar son loables y que luchar por el humanismo, la justica y la superación de las desigualdades es posible, debemos empezar cuanto antes a adoptar colectivamente los medios precisos y a considerarlos una prioridad.

La sombra de Hamlet, Príncipe de Dinamarca, puede sernos en tal caso de mucha ayuda y estímulo.

De esta forma podemos dar lugar a un horizonte esperanzador en el que sea posible que todo lo demás no sea silencio.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.


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