William Morris sobre las consecuencias en el arte y la vida de la industrialización
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Cultura
La figura del británico William Morris (1834-1896) es muy interesante por sus múltiples facetas, especialmente en el campo de la arquitectura y del diseño, al fundar el movimiento Arts and Crafts, que propugnaba la vuelta a la manufactura artesanal frente a la producción industrial despersonalizada. Desde el año 1861 se dedicó a diseñar y fabricar objetos decorativos, muebles y papeles pintados con una inigualable calidad estética. Sus ideas en este campo tendrían una clara influencia en el Modernismo y el diseño posterior. Pero, además, Morris fue un socialista convencido y entregado ferviente a la causa, la lo que nos atrevemos a calificar de un socialismo estético.
Morris fue un demoledor crítico de la economía y la sociedad como se habían transformado con la Revolución Industrial y el capitalismo, un mundo nada creativo y muy deshumanizado, con graves consecuencias sociales.
Sobre su figura hemos dedicado algunas piezas. En la presente nos acercamos a un discurso que pronunció en la Universidad de Oxford el 14 de noviembre de 1884 sobre las consecuencias en el arte y la vida de la industrialización y el capitalismo.
Para Morris hubo un tiempo en que el arte, es decir, la expresión del placer que el hombre hallaba en su trabajo, era una producción espontánea, siguiendo las ideas de Ruskin. Todo obrero era un artesano y todo artesano, un artista. El hombre medieval, que no había sido aún aniquilado por la infernal competencia capitalista, trabajaba lentamente, con amor. El obrero ponía en actividad todas sus fuerzas intelectuales para crear una obra con sus manos, frente al presente donde aplicaba su energía física sin el más leve esfuerzo de su inteligencia a un trabajo puramente mecánico.
En ese tiempo el hombre no estaba hecho para el comercio, sino que creía que éste se había hecho para el hombre. Y estas ideas habían producido el arte “maravilloso” de la Edad Media. El artista no era como en el presente un ser aislado, individual, que buscaba y no encontraba un público que le comprendiera. Antes hallaba por todas partes compañeros de idénticas aspiraciones, que le comprendían y apreciaban. Había una magna cooperación intelectual de todos los trabajadores, que preparó la llegada del Renacimiento. El mismo era fruto de cinco siglos de arte popular. Pero la gloria del Renacimiento se eclipsó cuando apareció la competencia comercial entre los países europeos. A finales del siglo XVII existía aún la “frívola apariencia del arte”, pero no su alma ni su poesía.
Así pues, el mercantilismo habría destruido la organización corporativa de los artesanos. El taller desapareció por la manufactura, donde el hombre fue mutilado porque dejó de ser una unidad de trabajo para pasar a formar parte de un grupo de hombres. Ahora ese grupo era la unidad que ejecutaría la obra. El hombre se había convertido en un “obrero parcelario” y no sabría hacer nada fuera del grupo. Y todo lo que salía de las manos del hombre en el presente era feo. Al quitar al trabajo todo atractivo se había despojado al obrero de sus cualidades artísticas.
Las ciudades en las que dominaba el industrialismo serían horribles, con viviendas mezquinas e incómodas. La nueva civilización era como una plaga que cada día se hacía más mefítica, agravando un malestar general.
Además, el individualismo arrancaba de los campos al hombre, le privaba del placer del contacto con la Naturaleza para transportarlo a las ciudades, que eran como cementerios, le condenaba al trabajo degradante y peor retribuido que jamás había existido. La civilización mataba al hombre y al arte, que era la expresión de su alegría.
Había gentes pagadas para decir que las masas obreras estaban demasiado embrutecidas para conocer el horror de la situación en la que vegetaban, y que su energía se hallaba muy quebrantada para reclamar que variasen sus condiciones de existencia, para pedir reposo, esparcimiento y un poco de arte. Pero él avisaba a los concurrentes a su charla que era uno de esos que eran desdeñosamente calificados como socialistas. Y, además les avisó, de que se les engañaba, que el descontento y la cólera comenzaban a fermentar en las masas. Y su deber como socialista era, en dicha Universidad y donde se encontrase, excitar ese descontento contra la civilización.
El texto fue recogido por El Socialista en su número 5 del 25 de marzo de 1887.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
