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Libertad e igualdad en Bakunin


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

La segunda conferencia a los obreros del Valle de Saint-Imier de Bakunin en mayo de 1871 giró en torno a lo que había supuesto la Revolución francesa para el pueblo, y sobre la relación entre libertad e igualdad.

La Revolución francesa había sido iniciada y dirigida por la burguesía (“clase media”), que fue quien se había aprovechado exclusivamente de ella. El programa revolucionario era, en principio, general, basado en la trilogía de la libertad, igualdad y fraternidad del género humano, pero terminó siendo nada más que un proceso que llevaría a la emancipación exclusiva de una clase, en detrimento de los trabajadores, de las masas.

La Revolución fue política, derribó la tiranía política, pero dejó sin tocar las bases económicas, el fundamento de todas las iniquidades políticas y sociales. Proclamó la libertad, pero no dio los medios para realizar dicha libertad y de gozar de la misma más que para los ricos y capitalistas. Los pobres quedaron como esclavos, porque la pobreza era la esclavitud.

Bakunin dejó muy claro que la necesidad de vender el trabajo y con el mismo la persona al capitalista suponía la esclavitud. Mientras, por un lado, estuviera el capital y de otro el trabajo, éste sería esclavo del capital, y los trabajadores súbditos de los burgueses, que proclamaban las libertades y los derechos políticos, aunque tanto una como los otros eran exclusivamente para ellos.

El derecho a la libertad sin los medios para realizarla no era más que un espejismo, un fantasma. Bakunin definía la libertad como el desenvolvimiento íntegro y el pleno goce de todas las facultades corporales, intelectuales y morales de cada uno. Un hombre en la miseria no sería un hombre libre sino un esclavo. Un hombre condenado a permanecer toda la vida como un ser brutal, sin educación, sin instrucción, era un esclavo. Y, en el caso de que pudiera ejercer derechos políticos, a buen seguro los ejercería siempre contra sí mismo, en beneficio de sus amos, de los que le explotaban. Así pues, insistía, un hombre obligado a vender su trabajo, y con el mismo su persona al capitalista que se dignaba explotarle, un hombre a quien su propia brutalidad y su ignorancia entregaban a merced de sus explotadores era necesariamente un esclavo.

Bakunin consideraba que la libertad no era un hecho individual, sino un producto colectivo. Los hombres no podían ser libres fuera de la sociedad. En consecuencia, el ruso condenaba de forma contundente la teoría de Rousseau de que la sociedad había sido fundada por un contrato libre de hombres anteriormente libres. Para Bakunin esa teoría denotaba ignorancia de lo que era la naturaleza y la historia. Anteriormente no hubo contrato libre, sino brutalidad y violencia. El contrato era, en realidad, un pacto de hambre y de esclavitud.

Pero, además, esa teoría sería falsa desde el punto de vista de la naturaleza. El hombre no creaba voluntariamente la sociedad, nacía involuntariamente en ella. El hombre no llegaba a serlo sino en sociedad.

El hombre solamente se podría emancipar de la presión tiránica que ejercía sobre cada uno la naturaleza exterior por el trabajo colectivo porque el trabajo individual era impotente y estéril. El trabajo productivo es el social, el colectivo, pero lo que ocurría es que siempre había sido explotado por los individuos a expensas de las masas obreras.

Además, para ser libre era necesario verse rodeado y reconocido como tal por hombres libres. No se era libre realmente más cuando uno se veía reflejado en la conciencia igualmente libre de todos los hombres que le rodeaban, como un espejo. Se era libre, en consecuencia, cuando todos eran libres. Esta afirmación aleja, claramente, la supuesta semejanza entre los defensores a ultranza del liberalismo, profundamente individualistas, del anarquismo, defensor del individuo, lógicamente, pero cuya libertad no podía ser individual ni cifrarse en el límite de la liberta de otro, sino dependiendo de una concepción social de la misma.

Y esa libertad solamente sería posible cuando existiese la igualdad. Si había un ser humano más libre que otro, el segundo era un esclavo. La igualdad se convierte en el pensamiento de Bakunin en una condición completamente necesaria para la libertad.

La igualdad ante la ley o la igualdad de los derechos políticos en la Revolución francesa era la igualdad de los ciudadanos, no la de los hombres porque el Estado solamente reconocía a los ciudadanos no a los hombres. El hombre para el Estado que nacía con esta Revolución era reconocido como tal en función del ejercicio de los derechos políticos. Pero el hombre aplastado por el trabajo forzado, socialmente oprimido, y económicamente explotado no existía para el Estado. La Revolución había traído la igualdad política, pero no la social.

Sin igualdad social no habría igualdad política. Es más, aunque se estuviese en un Estado democrático habría un grave problema porque, aunque ese trabajador pudiera ejercer todos sus derechos políticos legalmente, en realidad no podría porque ese poder solamente era facultativo, pero no real mientras no se modificasen radicalmente las bases económicas de la sociedad mediante una revolución social y no política. Los derechos políticos ejercidos por el pueblo no era más que una ficción. Y lo era porque para cumplir convenientemente las funciones del Estado era necesario un grado bastante alto de instrucción, y el pueblo carecía de la misma. Los Estados no se preocupaban de esto, aunque reconocía que los republicanos y más avanzados como el norteamericano y el suizo (en su época) habían hecho algo más por la instrucción popular. Pero, aún así, no se había avanzado claramente.

Bakunin insistía mucho en que en las grandes fábricas los obreros eran claramente esclavos, y donde se llegaba a forzar a trabajar también a los niños porque tenían que hacerlo para ayudar a mantener a sus familias no por codicia de las familias obreras. Frente a esto estaban los trabajadores hacia los que estaba dirigiendo sus tres conferencias (los de las montañas, en el Jura), en sus talleres o en sus domicilios, ganando más que en los grandes centros fabriles, y desempeñando un trabajo más creativo, no embrutecedor con las máquinas, además de poder tener más tiempo libre, por lo que eran más instruidos y, en consecuencia, felices. Bakunin siempre fue profundamente crítico con el sistema fabril, como es bien sabido. Bakunin siempre prefirió el pequeño taller y el ámbito rural.

En conclusión, los Estados se dividían en una masa forzosamente ignorante y una minoría privilegiada que no era necesariamente más inteligente, sino más instruida. La conclusión era evidente: esa minoría gobernaría eternamente sobre las masas ignorantes.

La cuestión de la educación era clave en Bakunin, y uno de los ejes del anarquismo, como bien sabemos. Aunque se pudiera votar el pueblo no sabría quienes eran los “buenos”. Pero, además, esos hombres a elegir se olvidaban del pueblo después de las elecciones.

La solución tampoco pasaba porque los obreros fuesen a los parlamentos y gobiernos porque como tendrían tiempo porque tenían que sustentarse, y faltos de instrucción serían víctimas de los políticos.

La igualdad política, en conclusión, y aún en los Estados más democráticos, era una mentira, algo que, como vemos separa claramente al anarquismo del socialismo, que defendería la participación en el juego político, luchando para que los Estados fueran plenamente democráticos, con sufragio universal para llevar representantes obreros a través de los nacientes partidos socialistas.

La igualdad económica y social era la clave, para Bakunin. Sin ella, la igualdad en general era una mentira.

Como mentira era también la fraternidad, el tercer concepto clave de la Revolución francesa, porque era imposible entre explotados y explotadores.

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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