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¿Qué fue el Jaimismo?


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Jaime de Borbón / Wikipedia. Jaime de Borbón / Wikipedia.

El jaimismo fue el carlismo que se autotituló de esta manera debido a que su pretendiente al trono se llamó don Jaime de Borbón (1870-1931). Se desarrolló entre 1909 -fecha de la muerte de su padre, el pretendiente Carlos VII- y 1931, por lo que, prácticamente, fue paralelo al reinado efectivo de su primo Alfonso XIII.

El rasgo más definitorio del carlismo en esa época fue su interés por la conquista del espacio público, imitando al resto de partidos políticos. Por ello, tuvo que hacer frente a una inacabable lucha con otras fuerzas, especialmente con los republicanos y católicos en Valencia, a comienzos del siglo. No sólo se trataba de una conquista física del espacio sino también simbólica. Así, los jaimistas realizaron demostraciones públicas de su apoyo social, a través de manifestaciones, celebraciones de aplecs, banquetes multitudinarios. Con la palabra, los gritos o las canciones, las banderas, los estandartes, los hombres, las mujeres, los ancianos y la juventud se apropiaron de un espacio. Si la política demandaba actos públicos de masas, el tradicionalismo se impuso como tarea demostrar que se adaptaba a los cambios.

Con el objetivo de proteger los actos públicos carlistas y de modernizar la estructura paramilitar, se desechó definitivamente la vieja estrategia de las partidas guerrilleras, creándose -entre 1912 y 1913- una nueva organización armada llamada el Requeté, nombre con el que habían sido designados, anteriormente, algunos batallones, partidas o agrupaciones de jóvenes carlistas, aunque tras la Primera Guerra Mundial quedó desarticulado.

Además, tuvieron que enfrentarse a la consolidación del nacionalismo vasco y catalán en su misma base geográfica. Fue necesario definir el fuerismo carlista, basado ahora en la recuperación de "libertades seculares". El debate interno generó un antiautonomismo en algunos como Víctor Pradera, el cual defendió la unidad de España basada en un tradicionalismo englobador de las personalidades vascas y catalanas. A entender de muchos legitimistas, el nacionalismo conllevaba la desunión de la patria.

El jaimismo comenzó a dividirse cuando un dirigente, Vázquez de Mella, manifestó que el movimiento debía apoyar a los Imperios Centrales en la Primera Guerra Mundial, frente al neutralismo de don Jaime. El llamado cisma mellista se produjo en 1919, fruto también de las distintas respuestas que sectores de la causa dieron a temas como el fuerismo, las relaciones internacionales y el espacio político. Bastantes dirigentes siguieron a Mella, provocando el descabezamiento de la organización en más de una localidad, provincia y región. Paralelamente, el carlismo asistió al nacimiento en Barcelona de los Sindicatos Libres, que se extendieron geográficamente con posterioridad. Esta organización constituyó una respuesta blanca ante la articulación obrera en la posguerra europea en torno a los sindicatos únicos, de tendencia anarcosindicalista, y ante el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia.

Los Sindicatos Libres fueron creados oficialmente en una reunión celebrada en el Ateneo Obrero Legitimista barcelonés el 10 de octubre de 1919. A la hora de enjuiciar el uso de la violencia debemos tener en cuenta que la consideraron una condición indispensable para sobrevivir y prosperar en la Barcelona del pistolerismo. Su éxito les llevó a contar con 200.000 militantes, la mayoría de ellos trabajadores partidarios de una opción sindical moderada y profesional, alternativa a la anarquista CNT y que, gracias a sus contactos con las autoridades, conseguía beneficios prácticos.

Ante el pronunciamiento militar de septiembre de 1923 y el comienzo de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, el jaimismo nuevamente se dividió entre quienes decidieron colaborar y aquellos que -como don Jaime- apostaron por una postura neutral. Dos años más tarde, el pretendiente publicó un manifiesto donde criticaba la labor del Directorio Militar y constataba su fracaso en la regeneración de la vida española. A partir de entonces, la censura controló la prensa carlista. Se hicieron más habituales las detenciones, las multas y las prohibiciones a actos públicos del tradicionalismo. Sin embargo, la presión de las autoridades fue selectiva, pues no todos los carlistas adoptaron una postura combatiente contra un gobierno que parecía mantener principios de autoridad, orden, antiliberalismo, antiautonomismo y religiosidad tradicional tan coincidentes con su ideario.

La crisis mundial de 1929, la interinidad permanente de la dictadura y el fracaso de su institucionalización precipitaron su caída, que arrastró a la Monarquía. Sin embargo, la llegada del régimen republicano favoreció lo que nunca había ocurrido durante la Monarquía liberal: una nueva formación de una coalición de fuerzas contrarrevolucionarias, nucleada por el carlismo, que vería en el nuevo escenario politico la coyuntura ideal para el aumento de sus posibilidades de victoria. El peligro revolucionario sería, otra vez, semilla y agua para la causa tradicionalista.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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