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El Telón de Acero


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Winston Churchill / Shutterstock.com Winston Churchill / Shutterstock.com

El 5 de marzo de 1946, el político británico que había protagonizado la lucha contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial, aunque en ese momento se encontrara apartado del poder por la victoria de los laboristas, Winston Churchill, pronunciaba en el Westminster College de Fulton (Missouri) uno de sus discursos más famosos, el que consagró el concepto de “Telón de Acero” en el comienzo de la denominada Guerra Fría.

Winston Churchill perdió las elecciones de 1945, un hecho extremadamente llamativo, habida cuenta del reconocimiento casi general de los británicos por su esfuerzo y dedicación para enfrentarse a los nazis, especialmente en los momentos duros y trágicos de la Batalla de Inglaterra. Pero el Reino Unido de la posguerra tenía otras necesidades, superar los efectos del conflicto y reconstruir en todos los sentidos el país. El electorado consideró que esa tarea podía emprenderse con más éxito dando el poder a los laboristas de Clement Attlee, que comenzaron a poner en marcha el Estado del Bienestar británico.

Churchill tuvo que asumir, no sin amargura, la derrota, pero siguió siendo un protagonista de la política británica e internacional. Siendo huésped de Truman pronunció el famoso discurso donde expuso que “desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero. Tras él se encuentran todas las capitales de los antiguos Estados de Europa central y oriental (...), todas estas famosas ciudades y sus poblaciones y los países en torno a ellas se encuentran en lo que debo llamar la esfera soviética, y todos están sometidos, de una manera u otra, no sólo a la influencia soviética, sino a una altísima y, en muchos casos, creciente medida de control por parte de Moscú (...)”

El término de “Telón de Acero” no es original de Churchill. Al parecer, había sido empleado por Goebbels, y antes por el intelectual ruso Vasili Rózanov en el año 1917. Pero en el momento de Churchill ejemplificaba claramente la división de Europa en dos bloques y parecía inaugurar oficialmente la guerra fría, expresión sobre la que también se ha discutido su autoría. Unos piensan que es obra del periodista norteamericano Walter Lippmann en un libro publicado en 1947, y que incluía en el título el concepto, aunque, al parecer ya había sido empleado por otros periodistas y políticos.

Este nuevo período de la historia europea y mundial surgió porque, en realidad, los aliados no tenían más que un punto en común: vencer al enemigo nazi común. Las diferencias ideológicas, políticas y económicas entre las potencias occidentales y la URSS eran insalvables. Pero también es evidente que estas tensiones que afloraron muy pronto, especialmente ante la política de expansión en el este europeo emprendida por Moscú para crear regímenes políticos afines, inauguraron una época en las relaciones internacionales que, aunque pueda encontrar alguna similitud con la de la paz armada de finales del XIX y comienzos del XX, fue muy novedosa, y en principio porque estaba protagonizada por dos superpotencias de poder casi incontestable. La tensión evidente entre los dos grandes bloques no terminó nunca de derivar en un conflicto directo, aunque sí estallaron diversos enfrentamientos más o menos indirectos o menores, pero siempre localizados y controlados en cierta medida, sin que se desencadenara el cataclismo general, como había terminado ocurriendo en 1914 o en 1939.

La Guerra Fría, por tanto, se caracterizó por un enfrentamiento constante entre dos polos, el occidental comendado por Estados Unidos, y el del este liderado por la URSS. Ambas superpotencias habían salido reforzadas de la Segunda Guerra Mundial, frente a las viejas potencias europeas, vencidas o vencedoras, pero en situaciones muy críticas, como se encontraba Gran Bretaña. Es importante cómo ambas superpotencias consiguieron configurar un bloque o área de influencia donde era cortada cualquier posible desviación en alguno de sus componentes, ya fuera ideológica o política. Son muy conocidos los casos de las intervenciones soviéticas en la Europa del Este para impedir que algunos de los países de la zona decidieran emprender caminos propios. Los dos más llamativos se darían en Hungría en 1956 y en Checoslovaquia en 1968, sin olvidar las tensiones en Polonia. Pero en el mundo occidental, por su parte, Estados Unidos influyó para evitar que los poderosos partidos comunistas francés e italiano consiguieran entrar en sus respectivos gobiernos. Las presiones siempre fueron más sutiles y, en realidad, el propio Plan Marshall terminó por convertirse en un mecanismo muy eficaz porque consiguió estabilizar las economías europeas occidentales y aminorar tensiones sociales. Las intervenciones, fueran del tipo que fueran, siempre serían respetadas por el otro bloque, no generando ningún enfrentamiento. Hubo alguna excepción importante, y que desencadenaría una tensión casi insoportable, solamente salvada en el último momento. Estamos aludiendo al caso cubano y la crisis de los misiles en 1962.

La Guerra Fría impregnó todas las relaciones internacionales y fomentó una situación en la que era muy complicada la neutralidad. Eso explica, por ejemplo, el caso español. Un Estado que había apoyado más o menos directamente a los vencidos en la Segunda Guerra Mundial pasó del ostracismo internacional a entrar en el lado occidental, aunque en una posición secundaria por mantener una dictadura que, por otro lado, se apuntaló. Se aceptó el franquismo porque España estaba en una zona estratégica del mundo. Con el tiempo, un conjunto de países promovió el movimiento de los no alineados.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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