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Capitalismo comercial y mercantilismo


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El comercio durante la Edad Moderna se vio limitado por las deficiencias del transporte. En tierra se realizaba en carros, diligencias o a lomos de animales con arrieros por malos caminos, mientras que en el mar se empleaban barcos de vela con limitada capacidad de carga.

El comercio interior se llevaba a cabo en mercados locales urbanos, en ferias semanales de intercambios de productos agrícolas y artesanales, o en ferias anuales donde se ofrecían productos menos corrientes, como especias, sedas, oro y, también esclavos.

El comercio exterior se centraba en las grandes ciudades portuarias europeas. Este comercio vivió un gran auge a raíz de los descubrimientos geográficos de la época moderna. Los territorios coloniales americanos y de otros continentes proporcionaban materias primas y demandaban productos. Los beneficios de este comercio favorecieron el desarrollo del capitalismo comercial: circulación monetaria, créditos, creación de sociedades, compañías comerciales, bolsas y bancos.

Por mercantilismo entendemos las teorías y políticas de intervención económica que se impusieron en Europa desde fines del siglo XV hasta el siglo XVIII en paralelo al desarrollo y fortalecimiento de los Estados modernos.

El objetivo del mercantilismo era la búsqueda de la riqueza. Aunque hubo distintas escuelas y matices el mercantilismo consideraba, en general, que el origen de la riqueza estaría en la acumulación de metales preciosos (oro y plata). Cuantos más metales preciosos se tuviera más rico sería un país.

Para que un estado acumulara metales preciosos había que proteger la producción nacional y la exportación de la misma con la finalidad de atraer el oro y la plata y establecer aranceles, es decir, altos impuestos a las importaciones con el fin de evitar la salida de los metales. El balance comercial debía ser, pues favorable.

El estado debía intervenir en la economía no sólo en la cuestión comercial, como hemos establecido, sino, también, creando manufacturas para promover la producción de productos nacionales.

El primer mercantilismo es conocido como bullionismo (del inglés, “buillon”, lingote de oro), que asociaba de forma automática metales preciosos con riqueza. Entre los bullionistas destacaron dos autores ingleses, Thomas Miles y Gerard de Malynes. El primero recomendaba la necesidad de fomentar el superávit comercial. De Malynes publicó un libro A Treatise of the Canker of England's Common Wealth, donde teorizó sobre los tipos de cambio, defendiendo la necesidad de que se estableciese un sistema de cambio estricto de las monedas, que se basase en la concentración del metal precioso y su peso.

Uno de los mercantilistas más destacados del siglo XVII fue el ministro de Luis XIV, Jean Baptiste Colbert, que ha dado nombre a un tipo de mercantilismo, el colbertismo. Colbert quería ofrecer al rey una economía saneada para reforzar el poderío de Francia y poder costear las empresas militares que quería emprender. Colbert comprendió que la acumulación de dinero en un Estado era la causa de su riqueza, pero si la cantidad de dinero circulando por Europa era constante, la única manera de conseguirlo era arrebatándoselo a las otras potencias. Para ello había que aplicar las políticas estudiadas del mercantilismo de fomento de las exportaciones y protección con aranceles de las importaciones, impulsar la creación de una marina potente, de manufacturas reales y de compañías comerciales, mediante la intervención del Estado.

En el siglo XVIII se sofisticó más la teoría mercantilista, destacando la figura de Thomas Mun. Aunque se seguía considerando que los metales preciosos como la fuente de la riqueza nacional se defendió que las mercancías también eran fuente de riqueza.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

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