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Una dictadura de Entreguerras: la Cuba de Machado


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Gerardo Machado y Morales. / Wikipedia. Gerardo Machado y Morales. / Wikipedia.

Tras su independencia de España, Cuba estuvo sometida a una tutela militar norteamericana (1898-1902), cuyo final no supuso la plena libertad de la isla en cuanto la enmienda Platt proporcionó a los Estados Unidos el derecho de intervención sobre la misma, una medida propia de lo que, entonces, se llamó “imperialismo filantrópico yankee”.

Una nueva era comenzó cuando, el 20 de mayo de 1925, Gerardo Machado llegó al poder, postulado por el Partido Liberal y apoyado por amplios sectores de la burguesía interesados en conseguir algunas reformas que les permitiera un desarrollo económico con cierta independencia del mercado norteamericano. Machado viajó en el propio año de su elección a los Estados Unidos y, por primera vez, el presidente Calvin Coolidge pisó tierra cubana. Dos años más tarde se anunció el comienzo de una reforma arancelaria que conseguía proteger antiguas industrias cubanas, como la del tabaco y el ron, fomentándose la producción de algunas materias primas nacionales. Sin embargo, en lo esencial, el gobierno de Machado no alteró el deformado esquema socioeconómico cubano regido por el tratado de reciprocidad comercial concertado en 1901 entre Cuba y los Estados Unidos, por el cual la isla se convirtió de hecho en monoexportador azucarero. La bonanza económica apoyó un ambicioso plan de construcción de obras públicas, pues Machado ambicionó hacer de Cuba “la Suiza del Caribe”.

La fragilidad de la economía cubana se manifestó en períodos de contracción de los precios del azúcar en el mercado norteamericano. Esta situación repercutía directamente en los niveles de vida de las clases de menores ingresos, las que continuamente hacían sentir sus demandas, tornando inestable el escenario político. La burguesía aspiraba a superar las crisis que provocaba la alternancia en el poder de los diferentes partidos que la representaban, desprestigiados por su corrupción. De esa manera, apelaron a la fórmula del cooperativismo. Con esta solución, liberales y conservadores pactaron una unidad circunstancial para hacer frente a la crisis económica y política que atravesaba el país, pero la ambición de Machado por permanecer en el poder trastocó estos planes. En 1927, el presidente consiguió que se aprobara una ley que reformaba la Carta Magna de 1901 y convocaba a una asamblea constituyente. La misma institución, en abril del año siguiente, le reeligió presidente por seis años más, demostrando que, tras la fachada de ilusión reformista, se había asentado una dictadura. Esta medida fue interpretada por las viejas figuras de la política tradicional como una traición al pacto del cooperativismo, mientras los restantes sectores sociales incrementaban la actividad opositora. La respuesta del gobierno fue aumentar la represión y la censura de prensa, ensañándose particularmente con las organizaciones que aglutinaban a los estudiantes, obreros, sectores de la pequeña burguesía urbana y campesinos que presentaban reivindicaciones más radicales y antinorteamericanas.

A partir de 1933, el presidente Franklin Delano Roosevelt introdujo un espíritu de mayor colaboración más que de intimidación. El nuevo embajador, Benjamín Summer Welles, llegó a La Habana el 7 de mayo sin realizar ningún tipo de declaraciones a la prensa acerca de la realidad política cubana, hecho poco usual. No obstante, se puso en contacto con figuras de la oposición política, advirtiendo a Machado de la necesidad de crear condiciones para abandonar el poder por la vía pacífica al año siguiente, realizando una transición suave. Pero un movimiento popular se adelantó a las gestiones de la diplomacia. La dictadura de Gerardo Machado, herida de muerte por el fin de la abundancia de crédito externo que la había sostenido mientras el futuro se hacía cada vez más incierto para la economía azucarera -verdadera columna vertebral de la economía isleña-, sólo terminó de morir en 1933. Una combinación de una huelga general, favorecida tanto por las clases propietarias como por las organizaciones de trabajadores, unida a la presión diplomática de los Estados Unidos provocó la salida de Machado. La ilusión democrática y revolucionaria, tras el fin de la dictadura, recorrió las principales ciudades, finalizando once años de opresión.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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