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Breve historia del diamante (2): Don Draper tenía razón


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Antes de empezar a leer recuerde que ni el dinero, ni mucho menos la codicia, conocen la ética. Como seres sociales deberíamos definir las normas, los criterios y las barreras que regulan el consumo. Pero la codicia y la credulidad nunca nos permitirán hacerlo y eso concede a algunos oligopolios el control total del mercado.

Recuerde también que antes de una campaña de mercadotecnia extraordinariamente eficaz comenzada en 1938, los diamantes eran un artículo de lujo reservado a quienes tenían el dinero por castigo. Antes de 1870, los diamantes eran muy raros, tan raros que por lo general acababan en la corona de un maharajá o en un collar real. En 1870 se descubrieron enormes depósitos de diamantes en Kimberley, Sudáfrica. Cuando los diamantes tallados inundaron el mercado, los industriales mineros se dieron cuenta de que estaban tirando piedras contra su propio tejado. A medida que extraían más y más diamantes, se volvían menos escasos y su precio bajaba.

Después de la mencionada campaña que todavía continúa, se generalizó la compra de anillos de compromiso engarzados con diamantes y la industria logró que sus productos se considerasen una extraordinaria rareza cuya adquisición, además de otorgar estatus de privilegiado, suponía una inversión de primera. No lo crea.

La demanda de diamantes no solo es una invención de la mercadotecnia, sino que en realidad esas piedras de carbono ni son tan raras ni constituyen una inversión que merezca la pena. El diamante es, en esencia, lo mismo que el grafito, el material con el que se fabrican las minas de los lápices. Ambos están compuestos de átomos de carbono y están contenidos en algunas de las rocas más abundantes de la Tierra, las metamórficas.

Los procesos geoquímicos asociados con la formación de ese tipo de rocas han transformado el carbono preexistente en la materia orgánica de la roca original en el vulgar grafito o en los codiciados diamantes. Solo la diferencia en la presión que sufrieron las rocas originales produjo el cambio. A menor presión se formó el blando grafito; a mayor presión los átomos de carbono se empaquetaron en cristales duros (Figura 1). Si se somete a la presión adecuada, cualquier material rico en carbono amorfo puede transformarse artificialmente en diamantes.

Figura 1. Distribución de los átomos de carbono en el grafito (izquierda) y en el diamante (derecha). En el grafito están distribuidos en láminas planas, cada una de las cuales están unidas con las otras por fuerzas débiles. Esa disposición provoca que cuando se escribe con un lápiz la mina se desgate con el rozamiento. En cambio, en el diamante los átomos de carbono se unen fuertemente entre ellos en todas las direcciones, haciéndolo extremadamente duro. Fuente: https://www.elsastredeldiamante.com/diamantes-naturales-vs-sinteticos/.

De hecho, los diamantes de laboratorio elaborados con métodos como el HPHT (alta presión y temperatura por sus siglas en inglés), más éticos, baratos e imposibles de distinguir a simple vista, hace tiempo que están en el mercado. Pero no pierda de vista que, aunque puedan producirse artificialmente a partir de carbono amorfo, existen muchos yacimientos naturales de mineral de diamante. Solo al reducir cuidadosamente la oferta, la multinacional De Beers ha logrado mantener alto el precio de los diamantes.

Es probable que, antes de seguir leyendo, usted piense que los diamantes son un valor seguro. Olvídelo. Aunque se promocione como una inversión, un diamante es un activo que se deprecia. Existe la idea errónea de que las joyas y los metales preciosos son activos que pueden revalorizarse protegiendo nuestro capital de la inflación. Eso no es del todo falso en el caso del oro o de la plata. Los diamantes, sin embargo, no son una inversión. El mercado los deprecia inmediatamente después de ponerlos en manos del consumidor.

 

Piense en una adquisición que probablemente le resultará más familiar que andar por ahí comprando diamantes. Pongamos que compra un coche. Ya ha elegido el modelo, ha financiado (o no) la compra y pasa a recoger su flamante vehículo. Cruza la puerta del concesionario, sale a la calle y en ese mismo momento se habrá depreciado en algo más del 10%. Pasado un año, su valor será un 25% menor. Como inversión, una ruina ¿verdad? Pues con los diamantes peor todavía: tan pronto como sales por la puerta de la joyería su bonito diamante habrá perdido más del 50% de su valor.

Existe un concepto financiero elemental llamado valor intrínseco, que dice esencialmente que el valor de un activo reside en el efectivo que generará cuando se pignore en el futuro. Por ejemplo, cuando una empresa de alquiler de vehículos adquiere un coche, su valor es la ganancia que obtenga al alquilarlo y al venderlo al final de su vida útil (el "valor terminal"). Para esa empresa, un automóvil es una inversión. Para usted, salvo que se apañe para ganar dinero con él de alguna manera, cuando compra un automóvil su valor corresponde a su valor de reventa. Dado que un automóvil es un activo que se deprecia, la cantidad de valor que el automóvil pierde durante su vida útil es un gasto que saldrá de su bolsillo.

Un diamante es un activo que se deprecia pero que se hace pasar por una inversión. Comparemos con otros bienes de origen natural que son considerados una inversión. El oro y la plata asequibles en el mercado pueden revalorizarse o mantener su valor en tiempos de inflación. Incluso se puede acumular oro debajo de la cama y comprar monedas de oro y lingotes como inversión, siempre que la prima sea como mucho del 10% sobre las tarifas del mercado.

Recuerde lo de la prima: cuanto más alta sea la prima, más tendrá que subir el precio del oro para que usted pueda obtener beneficios futuros de su inversión. Las monedas generalmente se acuñan en las casas nacionales de moneda, donde se fabrican y venden con un margen de ganancia del 4%; el margen del minorista es del 1% al 3%. Una prima del 10% es más que suficiente para guardarse las espaldas. En cambio, si acumula joyas de oro, el margen minorista suele oscilar entre el 100 y el 400%, por lo que atesorarlas no es una inversión inteligente.

Pero con esa salvedad en mente, el mercado del oro es bastante líquido y el oro es fungible: puede intercambiar una gran pieza de oro por diez pequeñas, como puede hacerlo con un billete de cien euros por diez billetes de diez euros. Poder hacerlo hacen del oro (en bruto, no en joyas) una inversión potencialmente tolerable.

Los diamantes, sin embargo, no son una inversión. La primera prueba es comprobar si se puede revender un diamante recuperando una cantidad igual o mayor a la de su valor de compra. En un famoso artículo publicado en The Atlantic , Edward Epstein explicaba por qué los particulares solo pueden obtener una miseria al vender sus diamantes. Epstein aplicó su análisis a Nueva York, donde se encuentran algunas de las mejores joyerías del mundo, pero su ejemplo es aplicable a cualquier lugar.

«Los joyeros minoristas -escribió Epstein- especialmente en las prestigiosas tiendas de la Quinta Avenida, prefieren no recomprar diamantes a los clientes, porque la oferta que harían probablemente se consideraría ridículamente baja. El margen de beneficio en un diamante puede oscilar entre el 100 y el 200%, según la política de la tienda; si compraban diamantes a los clientes, estaban obligados a recomprarlos a precios de mayorista. […]

La mayoría de los joyeros preferiría no hacerle a un cliente una oferta que pudiera considerarse ofensiva y podría socavar también la idea generalizada de que los diamantes aumentan de valor. Además, dado que los minoristas generalmente reciben los diamantes de los mayoristas en consigna y no necesitan pagarlos hasta que se vendan, no arriesgarían fácilmente su propio dinero en efectivo para comprar diamantes a los clientes».

La próxima vez que mire un diamante, piense en eso. Se valoran los diamantes porque, decididos a apalancar sus negocios con dinero ajeno, en la década de 1940 un grupo de acaudalados hombres blancos convencieron a todos de que su tamaño determina su valor … y la autoestima del comprador. La gente compra y codicia diamantes por una sencilla razón: la empresa que se beneficia de las ventas decidió que debería hacerlo.

La campaña de mercadotecnia de De Beers hizo que los anillos de diamantes fueran la medida del éxito. A pesar de su total falta de valor intrínseco, la empresa creó una imagen de los diamantes como símbolo de estatus. Y para mantener alto el precio de los diamantes a pesar de su abundancia, De Beers ejecutó el monopolio más eficaz del siglo XX.

El valor de los diamantes no existe. Como decía Don Draper a una de sus amantes en Mad Men: «La razón por la que no lo has sentido es porque no existe. Lo que llamas amor fue inventado por tipos como yo para vender medias de nylon». Pues eso.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 

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