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EL PERIÓDICO
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Cambios y permanencias en la Iglesia católica ante el siglo XIX


Tras la desaparición del Imperio napoleónico en 1815, algunos sectores de la Iglesia católica pensaron que se restauraría la situación anterior a 1789 en los diversos reinos europeos, pero no fue así. Si bien se divulgó la idea de la unión sagrada entre el Trono y el Altar, lo cierto es que numerosos monarcas europeos mantuvieron ideas regalistas, favorables a un control gubernamental del cosmos eclesiástico. De ahí que Roma intentara firmar concordatos con los Estados europeos para regularizar sus relaciones y, sobre todo, dejar claro los límites, derechos y marco de acción de los católicos.

La restauración, pues, no fue total y más teniendo en cuenta que, a partir de 1830 hasta 1871, se abrió un nuevo ciclo revolucionario. Liberales, socialistas y demócratas volvieron a defender la separación entre la Iglesia y el Estado, la secularización de la sociedad, la desamortización de bienes eclesiásticos, la reducción del clero regular y su presencia en la educación primaria, la eliminación del paisaje de torres y campanas de las ciudades... de tal manera que tanto la opinión pública católica como los revolucionarios se mantuvieron a la defensiva, ante el temor al cercamiento y diálogo con el contrario.

La misma existencia de una realidad territorial milenaria se puso en duda. Nos referimos a los Estados Pontificios, cuya semilla se remontaba al siglo IV. Las fuerzas revolucionarias y nacionalistas italianas cuestionaron el poder temporal del Papado, de tal manera que, entre 1798 y 1870, se produjo un ciclo de disolución de los Estados de la Iglesia -en el centro de Italia- y restauración, hasta que finalmente desaparecieron como consecuencia del proceso unificador del reino de Italia, bajo la dinastía de los Saboya. Durante ese proceso, se había confirmado un hecho y es que, cuanta más tierra perdía la Santa Sede, más prestigio moral ganaba ante el mundo.

El pontificado de León XIII (1878-1903) supuso un periodo de transición y evolución, de acercamiento y diálogo con sociedad moderna, sin por ello renunciar a los principios fundamentales del catolicismo. El papa León fue testigo de cómo la Iglesia había perdido la protección del Estado, al triunfar el liberalismo en la mayor parte de los países de la Europa atlántica, mediterránea y del norte. De ahí la necesidad de evidenciar, ante esos nuevos regímenes políticos, que su victoria no suponía el final del catolicismo, activando y organizando como nunca el apoyo de las masas laicas, de forma lo más masiva posible y guiadas por el clero. Esta idea se proyectó progresivamente al siglo XX, aunque tarde o temprano la dirección eclesiástica tuvo que ser compartida con el laicado católico.

En el último cuarto del siglo XIX, la Iglesia católica recordó a sus fieles que la tradición revelada no era igual a la tradición política, social y económica. La segunda podía cambiar, la segunda se mantenía inalterable, por lo que se rechazó las tesis del filósofo Juan Jacobo Rousseau. Defendió el principio de libertad de conciencia religiosa y ofreció el principio de Bien Común como norma de fidelidad de los ciudadanos católicos a los Estados contemporáneos. Asimismo, aceptó la tolerancia religiosa dependiendo de las circunstancias. Roma fomentó la cohesión eclesial y la unión de los católicos, negándose a ligarse a una opción política en exclusiva, como el carlismo en España, el legitimismo en Francia o el miguelismo en Portugal.

Si bien el siglo XIX fue una centuria de misión y evangelización en otros continentes -África, Asia, Oceanía-, la Santa Sede apoyó la idea de recatolizar Europa. Y es que, en el Viejo Continente, había crecido un pensamiento secularizador liberal, basado en el rechazo de lo sobrenatural frente al racionalismo; en una incuestionable fe en progreso científico y tecnológico, como demostró la organización de sucesivas Exposiciones Internacionales, el cual no debía tener límites morales y en una fuerte presencia de una cultura alejada de la religión. Frente a la ciudad -sublimada como escenario de progreso- quedaba un campo encuadrado en la tradición y la religión, sinónimos de atraso para los liberales. Efectivamente, era en las comunidades rurales donde el catolicismo todavía retenía mayor número de fieles. La Iglesia respondió ante este pensamiento impulsando el catecismo y los sacramentos, apoyando las expresiones del sentimiento religioso popular -como romerías, procesiones, ermitas, cultos locales-, expandiendo nuevas devociones -como Cristo Rey, el Sagrado Corazón de Jesús- que tuvieron su continuidad en el siglo XX. También impulsaron la creación de prensa católica, ante el desarrollo de la liberal, donde siempre se procuró contraponer la fe frente a la indiferencia y la irreligiosidad que comenzaron a crecer lentamente entre los europeos.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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