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EL PERIÓDICO
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Clero regular, nodrizas y expósitos en el siglo XVIII


Las instituciones dedicadas a la atención del expósito en el Antiguo Régimen dependían en su mayoría, a excepción de algún ejemplo, como el de la Inclusa madrileña, de la Iglesia. Pues bien, en este caso nos acercaremos al papel que el clero regular tuvo en el cuidado de los expósitos en un caso concreto, incidiendo también en su relación con las nodrizas.

La orden del Sancti-Spiritus in Saxia tenía como uno de sus principales objetivos el recibir, alimentar y enseñar a los expósitos. Según nos cuenta Francisco Xavier Salcedo en su Teatro Universal de España, esta orden nació como consecuencia de un hecho prodigioso acaecido en Roma hacia 1201. Siguiendo siempre al autor, Inocencio III fue requerido por cierta voz para que se dirigiese al Tíber y echase en el cauce las redes. Para asombro suyo y de la Curia sacó la primera vez 87 niños muertos y 340, la segunda. La interpretación que se hizo del hecho consistía en que aquellos niños habían sido arrojados por madres lascivas para encubrir su pecado y librarse del castigo. Dicho razonamiento tuvo éxito posteriormente, al convertirse en uno de los principales a la hora de explicarse los contemporáneos del Antiguo Régimen el crecido número de expósitos que existía. No se olvide el concepto de pecado y la presión social contra la concepción fuera del matrimonio además del estigma de la ilegitimidad que imperaban y, solamente un poco mitigado por el Despotismo Ilustrado y sus preocupaciones demográficas. Pero hay que tener en cuenta otra causa más importante: la pobreza de muchas familias que imposibilitaba sacar adelante a todos los que nacían.

El Papa decidió fundar una congregación masculina, que luego tuvo su correspondiente femenina, para que se dedicase con preferencia al cuidado de los expósitos. Dicha orden fue confirmada por la Bula Inter Opera Pietatis (1204). En España contaba con una red de Hospitales entre los que destacaban los de Baeza, Baza, La Rambla, Morón, Osuna, Sanlúcar de Barrameda, Sevilla y Úbeda.

El convento al que vamos a prestar atención se encontraba en el Bierzo en el término de Congosto. Se trata del convento de Nuestra Señora de la Peña. Pues bien, nosotros vamos a estudiar cómo se atendía a los expósitos en este medio rural, su número y el método seguido para su crianza, según la información que guarda el Archivo Histórico Nacional en su sección de Clero (Libro 4843). Los datos no son abundantes a causa de la invasión francesa, de ahí que el estudio tenga estos márgenes temporales que, en principio pueden parecer arbitrarios (1701-1745), pero es el lapso de tiempo con el que contamos.

Al tratarse de una zona pequeña y rural, el número de expósitos no es muy elevado. Son recogidos un total de 23 criaturas, 12 niños y 11 niñas. De ellos mueren al poco tiempo 4 (2 niños y 2 niñas): María Antonia, José, Pedro, Antonio, y Gertrudis Vicenta María de la Peña. Los demás parece que vivieron más tiempo o que sobrevivieron porque nada se dice de ellos. No nos parece un número muy alto de fallecidos, al estar acostumbrados a las cifras de las Inclusas. Seguramente esta baja mortalidad se deba a que no permanecían en ninguna sala con escasas medidas higiénicas, sino que salían casi inmediatamente con una familia y este era un método probado para elevar la supervivencia. Además, no existía el problema del traslado de las criaturas por trayectos largos.

Las criaturas eran expuestas generalmente en la puerta del convento, en su portería o en las puertas de la Iglesia del mismo. No parece que hubiera un torno como solía ser costumbre en las Casas-Cunas. Tampoco parecía necesario.

En algunos de los asientos de expósitos se especifica el vestuario que traían consigo, aunque la expresión se repite a lo largo del tiempo con el riesgo de caer en el estereotipo: Agustín, al que dejaron a las puertas del convento, llevaba unos pobres pañales. Igual se dice con Bentura, Mª Antonia, José, Antonio de la Peña y María de la Peña, Juana de la Peña, María Manuela, Simón, Gertrudis Vicenta María de la Peña, Ana María de la Peña, aunque se añade que también llevaba pobres mantillas, y una niña anónima. Más suerte tuvieron Manuela Toribia, porque fue recogida con sus "camisitas y un paño, un mandil (...) con listas rojas y otros trapos y pañales" aunque "bien pobres", o María Antonia que vino envuelta en una mantilla encarnada nueva.

Algunos venían acompañados de cédulas donde se especificaba que estaban bautizados, como Juan, que ya tenía un año cuando fue recogido. A Pedro, el niño que falleció en junio de 1720, tampoco hizo falta bautizarlo. Pero lo más normal es que trajesen cédulas de bautismo de socorro o "alma de socorro". El agua de socorro se administraba por miedo a que murieran muy rápidamente dada la fragilidad de las criaturas. En muchas ocasiones era proporcionado por las comadronas. Son: Manuela Toribia, Mª Antonia, José, Antonio Cayetano, María Manuela, Simón, Mª Antonia, Gertrudis Vicenta Maria de la Peña y el niño anónimo. Hemos encontrado situaciones en las que ni tan siquiera portaban esta cédula: Bernardo, Pedro y Andrés, Agustín, Bentura, Antonio y Maria de la Peña, Bernarda, Antonio, Ana Maria de la Peña y la niña anónima. Entre los "pobres pañales" de Juana de la Peña se encontró una cédula en la que se mandaba que se le bautizase, con lo que engrosa el número de los no bautizados. Tanto unos como otros eran bautizados: algunos en el propio convento y otros en los lugares donde se llevaban a criar. Agustín es bautizado allí mientras Bernardo, el primer expósito de nuestro periodo, fue bautizado en Villaverde de Omaña donde se dio a criar. Suelen aparecer los nombres de los padrinos y madrinas. De los primeros se reconocen a clérigos de la zona: el Lcdo. D. Agustín Sánchez, padrino de Agustín, era presbítero del lugar, también era clérigo presbítero el Lcdo. Francisco Gutiérrez que apadrinó a Manuela Toribia. Los religiosos de la orden también podían apadrinar, como Fray Manuel Panizo que lo fue de Antonio. Hasta un religioso lego profeso del convento apadrina a Bernarda (Fray Tirso de la Peña). Otras veces el padrino es un vecino, y la madrina el ama que amamanta al pequeño o pequeña. Así acontece con Mª Antonia (la expósita que muere a los dos meses). Fue apadrinada por Andrés de Álvarez y Antonia, mujer de Morán, a quien se dio a criar. El matrimonio encargado de la lactancia y cuidado del pequeño podría ser quien apadrinara: Tomé Fernández y su mujer se encargaron de Antonio Cayetano y lo apadrinaron. Pero otras veces son vecinos de lugar ajenos, en principio a la lactancia: Antonio Rubio y María, mujer de Lucas Cid, apadrinan a Antonio de la Peña. Contamos con un ejemplo de mujer que parece más o menos principal en la zona y estar vinculada familiarmente con el cura de Congosto, Don Antonio Sandoval. La pequeña Bernarda, cuyo padrino era el religioso lego citado, lleva el nombre de su madrina, Doña Bernarda de Sandoval.

En cuanto a los nombres y apellidos que les fueron impuestos parece que no se seguía una norma especial identificativa. Lo que si se solía hacer era imponer el apellido "de la Peña", por la advocación del cenobio. No hay casos anteriores a los años veinte, pero hacia 1727 parece que se hizo lo que indicamos: Antonio de la Peña y María de la Peña en ese año, Juana de la Peña, Gertrudis Vicenta María de la Peña, y Ana María de la Peña.

Los expósitos no eran alimentados y mantenidos en ninguna sala del convento. No existía una Cuna propiamente dicha, sino que se les daba a mujeres casadas o viudas de los lugares del término para que los amamantasen y cuidasen. Al finalizar la lactancia no sabemos que ocurría con ellos, pero pensamos que terminarían por ser prohijados. Sabemos que el niño de un año llamado Juan fue entregado a Antonio de la Vega y a Lucía García, su mujer, quienes le adoptaron.

Las amas de cría son las siguientes: Antonia, mujer de Toribio González, que crio a Agustín; la mujer de Miguel Álvarez, que crio posteriormente al mismo Agustín; Catalina mujer de Cascacid, que tuvo dos expósitos: Bentura y a Manuela Toribia; Felipa, mujer de Ángel, que terminó por criar a Manuela Toribia; Antonia, mujer de Morán, que amamantó primero a Bentura, después de haberlo hecho Catalina, luego a Mª Antonia (que murió), y cuando quedó viuda, a Antonio; Catalina, mujer de Francisco Carro, que alimentó a José; la mujer de Benito, que crio a Pedro; la mujer de Tomé Fernández, que alimentó a Antonio Cayetano; la mujer de Benito Droida, que amamantó a Bernarda; Antonia Morán, el único caso de viuda, alimentó a Antonio; Alicia la Morena, que no sabemos su estado y crio a Antonio de la Peña; lo mismo ocurre en cuanto al estado de Mariana Díaz, que crio a María de la Peña; Luisa Arias, esposa de Ángel Fernández y que crio a Simón. Contamos con un caso de crianza en el que solamente aparece el nombre de un hombre: María Manuela es entregada a Alonso de Viñales para que la criase. Abundaban las nodrizas de Congosto, San Miguel de las Dueñas y Cobrana.

La mayor parte de los expósitos debió permanecer con la misma nodriza; cuatro de ellos cambiaron. Agustín fue dado a criar a Antonia, mujer de Toribio González. Al mes siguiente lo entregó y hubo que buscarle otra ama. Esta fue la mujer de Miguel Álvarez. Las razones no sabemos cuáles fueron. En 1716, Catalina, la esposa de Cascacid, se encargó de Bentura pero al poco lo dejó y se encargó de su lactancia Antonia, mujer de Francisco "el Morán". Pues bien, Bentura llegó a tener una tercera nodriza, ya que cuestiones económicas motivaron que los clérigos despidieran a Antonia en el mes de noviembre. Parece ser que la llevaron a otro lugar y con otra nodriza: Juliana del Barrio, prima del Lcdo. Simón García, vicario de los Montes, y mujer de Manuel Veyra. Parece una prueba de que también los clérigos tenían problemas económicos como los grandes establecimientos para atender los pagos a las nodrizas. La misma Catalina amamantó a Manuela Toribia al año siguiente durante espacio de un año porque así aparece en el documento, "ajustada por un año". Al terminar el año se entregó la pequeña a Felipa.

A las nodrizas se les daba una cantidad en metálico y géneros como pago de su trabajo. En las Inclusas el estipendio era mayor, lógicamente, y algo distinto porque mientras en nuestro caso se les proporcionó alimento mediante la entrega de manteca esto no solía ocurrir en los grandes establecimientos; era preferible, por más cómodo, un salario y la ropa. A Antonia, el ama de Agustín, se le entregaron 11 ducados y 5 libras de manteca. A la siguiente ama de este crío se le ajustó en 11 ducados, 7 libras de manteca y pañales, aunque también sabemos que se le entregaron dos camisas. Estas cifras son de 1708. Pero tardaron en variar, ya que, en 1716, Catalina, la esposa de Cascacid, recibió los 11 ducados, 6 libras de manteca y pañales por alimentar y cuidar a Bentura. Por este caso sabemos que el pago no era al contado. El mismo día de la entrega se le dieron 8 reales y medio y una libra de la manteca. El marido de Antonia, Francisco el Morán, era el que recogía las cantidades por el trabajo de su mujer con Bentura. En principio fue declarada una renta de 10 ducados, manteca y pañales. Posteriormente, se le entregaron al tal Francisco 10 reales, otro día media libra de manteca, el día 29 de junio 8 reales, media libra de manteca y tres varas de lienzo viejo para pañales. El 12 de septiembre recibió 27 reales y 18 mrs. correspondientes de la paga de tres meses, llevándose la manteca que le correspondía por ese tiempo. En octubre se le dieron 9 reales, media libra de manteca y unos paños viejos. En esta ocasión fue la propia Antonia quien recogió todo. También lo hizo en noviembre: 9 reales, último mes que tuvo a Bentura.

Los 11 ducados y 6 libras de manteca siguen siendo el salario de las amas al año siguiente, ya que, por la crianza de Manuela Toribia, se estipulan estos conceptos a Catalina. A la segunda ama de esta niña -Felipa- no vemos que se le entregase dinero, pero sí una vara de pardo, otra de mandil de sayal con lista roja y amarilla y los pañales, así como las camisas necesarias.

En 1718 se le debían dar a Catalina, mujer de Francisco Carro, 10 reales cada mes y media libra de manteca por criar a José. Pero murió al poco. En 1719 se elevó el salario: 14 reales al mes para el matrimonio Fernández por Antonio Cayetano, pero se especificaba que no se le iba a dar otra cosa, con lo que el aumento era relativo. Claramente descendió el estipendio en 1720 porque a la mujer de Benito por dedicarse a Pedro se le debían entregar 9 reales por mes y media libra de manteca, eso sí con los pañales que no aparecen citados en el caso del año 1718. Para 1724 se cambió la fórmula: 100 reales y 10 libras de manteca anuales para Benito Droida y su mujer por Bernarda. Este mismo sistema lo vemos en 1730 con María Manuela, que es dada a criar a Alonso de Viñales.

Es importante destacar como algunas de estas mujeres tuvieron un cierto protagonismo porque se dedicaron a alimentar a más de un expósito: Catalina, esposa de Cascacid, y sobre todo Antonia, esposa y luego viuda de Francisco el Morán. Esta última debió verse impelida a seguir con esta función al perder a su esposo. En 1716 estuvo criando a Bentura hasta que es despedida por otra más económica, al año siguiente crio durante los dos meses de vida de Mª Antonia a la que también había apadrinado. Por fin, en 1728 crio a Antonio cuando ya era viuda, con tal mala suerte que se le murió también a los pocos meses.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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