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El estallido de un conflicto internacional: la Guerra de Crimea


Cuadro de Richard Coton (1856-1927) sobre Balaclava. (Europicture / Wikimedia Commons) Cuadro de Richard Coton (1856-1927) sobre Balaclava. (Europicture / Wikimedia Commons)

A mediados del siglo XIX, los emblemáticos Santos Lugares de Jerusalén se encontraban confiados a católicos latinos, bajo la protección del II Imperio francés, y a cristianos ortodoxos, bajo la del Imperio ruso. Pero era el Imperio otomano quien realmente controlaba el territorio, cuyo sultán mostró su apoyo a los católicos en algunos conflictos derivados de esa custodia, lo que provocó los recelos y protestas de Moscú. En esta política de conservación de los intereses católicos en Oriente, el emperador Napoleón III tuvo el apoyo de su esposa, la española Eugenia de Montijo, ferviente creyente muy preocupada por el avance de los ortodoxos en Tierra Santa. El zar Nicolás I deseaba aumentar la presencia rusa en el Mediterráneo, por lo que le resultaba decisivo el dominio del estrecho de los Dardanelos, donde se situaba Constantinopla, la capital de los Otomanos. La posición de la diplomacia británica y francesa se mostró contraria al crecimiento del comercio y de la influencia rusa en el Próximo Oriente, lo que aumentó la tensión internacional.

Moscú envió un ultimátum al gobierno turco exigiendo máxima capacidad de intervención, sin límite alguno, en defensa de los súbditos ortodoxos del Imperio otomano. Petición evidentemente desmedida que provocó la negativa diplomática y el comienzo de un posible enfrentamiento bélico, pero el zar creyó contar con suficientes fuerzas y con la colaboración del Imperio austríaco. El sultán intentó evitar la guerra, pero le resultó imposible, bien porque, con el acuerdo, su Imperio hubiera sido rebajado a la categoría de vasallo ruso, bien por las protestas y alzamientos musulmanes en todo su territorio, que exigieron la contestación de las armas al desafío ruso. De haberse negado a escuchar esa protesta social, el sultán posiblemente hubiese sido derrocado por sus propios súbditos, enardecidos por las exigencias rusas. El 30 de junio de 1853 los ejércitos del zar ocuparon la zona turca del Danubio.

El gobierno español analizó la crisis de Oriente, ante la cual se mostró partidario de una estricta neutralidad, aunque decidió enviar a un militar de prestigio, al frente de una comisión que debía actuar como observadora en el Imperio Otomano, siendo elegido el general Juan Prim. Asimismo, por cuestiones meramente de prestigio, Madrid decidió que el pabellón nacional no podía quedar marginado en el asunto de los Santos Lugares, por lo que elevó a la reina Isabel II un decreto a su firma por el cual España se afirmaba como protectora de las fundaciones piadosas de Palestina .

La guerra contra Rusia fue finalmente declarada por Constantinopla, no iniciándose el período de hostilidades hasta el 19 de octubre de 1853. Los rusos ocuparon los principados rumanos de Valaquia y Moldavia, aunque una flota franco-inglesa comenzó a llegar a los Dardanelos, preparada para asumir la declaración de guerra de sus gobiernos, en apoyo del Imperio otomano. No obstante, París intentó, inicialmente, localizar el conflicto, asumiendo el emperador Napoleón III el papel de mediador entre las potencias enfrentadas, calmando incluso los temores de Londres a una expansión rusa. De lograr acabar con la guerra, su prestigio como árbitro de las relaciones internacionales hubiera aumentado, pero su plan se deterioró el 30 de noviembre cuando la flota otomana fue hundida en la batalla de Sinopia, en el mar Negro. Finalmente, su proyecto de destruir el orden creado en 1814 sin necesidad de acción bélica alguna fracasó, por el hecho de que ninguna de las potencias implicadas se prestó a desempeñar el papel que el emperador francés había esperado de ellas: en vez de celebrar una conferencia que evitara la guerra, todo se precipitó hacia ella .

Las noticias de las derrotas otomanas ya habían sido previstas por el gobierno español, que había manifestado su temor a que, como consecuencia de las mismas, Constantinopla obligara a los cristianos sometidos de su territorio a luchar, enviándoles al frente obligatoriamente. En ese caso, Madrid no podía mantenerse ajeno al proteger conventos en Palestina donde vivían religiosos españoles, que podrían verse envueltos en una horrible catástrofe y a los que no se podía abandonar sin incurrir en una grave responsabilidad por imprevisión o por impotencia. Se decidió el envío de un ministro plenipotenciario al Imperio otomano, un cónsul a Jerusalén y tres buques, dirigidos uno al primer puerto y dos a Jaffa, con la misión de proteger la legación, consulados y religiosos españoles. Al mismo tiempo, para evitar una protesta diplomática con Francia -al considerarse la protectora de los Santos Lugares- se acordó informar detalladamente a París y Constantinopla del sentido de tales medidas y el propósito de Madrid de mantener una estricta neutralidad en la guerra.

Por otra parte, si bien España realizó esfuerzos para aclarar su posición ante los gabinetes de Londres, París y Constantinopla, no quiso nunca encontrarse en una posición incómoda con San Petersburgo. Rusia era la principal proveedora de trigo de los puertos españoles y, si bien no existían oficialmente relaciones diplomáticas, se mantenía las comerciales a través de un consulado español en Odessa.

En un último intento de conciliación, a finales del mes de enero de 1854, Napoleón III envió una carta personal al zar, que le contestó altivamente: "Rusia se mostrará en 1854 como lo hizo en 1812", recordando la resistencia nacional frente a la invasión de su tío, Napoleón I. A partir de entonces, mientras la prensa británica divulgó que la derrota naval otomana era considerada por el primer ministro Palmerston como propia, los preparativos para la guerra se consolidaron. Viena, contra las esperanzas rusas, se declaró neutral, exigiendo al zar la evacuación de las provincias danubianas que había invadido, mientras Prusia emitió ligeras quejas contra las ambiciones británicas. España comenzó a temer dificultades para conciliar su deseo de estar presente en la zona con su política de neutralidad, sin renunciar a los beneficios comerciales que de esta situación pudieran resultar. Neutralidad, no obstante, no declarada oficialmente, lo que lord Howden, ministro plenipotenciario británico en Madrid, recordó al gobierno español a comienzos del mes de marzo. Se le contestó asegurando que España mantendría la neutralidad celosamente.

En Europa la tensión internacional creció a diario y el día 27, París y Londres enviaron un ultimátum a Moscú, en un momento en que las dificultades internas eran graves, ante la insuficiencia de la última cosecha de trigo. El 12 de marzo, Francia y Gran Bretaña prometieron al sultán el envío de un ejército, pero, al mismo tiempo, Napoleón III anunció medidas de apoyo frente al desabastecimiento de trigo -como había escrito Eugenia a su hermana- , entre las cuales destacaron una subida de salarios y la creación de sociedades de crédito. El día 27, el ministro de Estado leyó ante el Cuerpo Legislativo la declaración de guerra a Rusia y, al día siguiente, Gran Bretaña hizo lo mismo. A principios del mes de abril, los emperadores recibieron en las Tullerías al duque de Cambridge, primo de la reina Victoria, y a lord Raglan, general en jefe del ejército británico, el cual estaba formado por 25.000 soldados que, junto a los 30.000 franceses, se dirigieron hacia los Dardanelos. Un gran conflicto de enormes repercusiones para el escenario internacional comenzó a partir de esos momentos. 

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.