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La obsesión antinapoleónica de un diplomático


Napoleón, muerto, en la isla de Santa Elena, en un cuadro pintado por Carl von Steuben. Napoleón, muerto, en la isla de Santa Elena, en un cuadro pintado por Carl von Steuben.

El 5 de mayo de 1821 moría Napoleón en Santa Elena. Encaminado a su último destino diplomático en Londres, Luis de Onís recibía la noticia de la muerte del emperador, cabeza del “linaje infernal”. Nacidos con una diferencia de siete años en los años sesenta del siglo XVIII, Onís había observado desde 1780 el final del Antiguo Régimen, el desarrollo de la revolución francesa y el ascenso de Napoleón desde su misión en Dresde. La corte sajona se terminaría convirtiendo en un satélite del imperio napoleónico como un nuevo reino, tras la desaparición del sacro imperio romano germánico.

Al ser destinado como oficial de la secretaría de Estado de la monarquía hispánica en Madrid, Onís recibió el encargo del negociado de Francia durante el gobierno de Manuel Godoy. La monarquía hispánica había pasado a ser aliada de Francia desde 1796 y así seguiría hasta mayo de 1808. Acompañó a Godoy y a las tropas españolas en la guerra de las Naranjas contra Portugal.

En 1802 formó parte de la delegación española que participó en el Tratado de Amiens, que suponía la devolución de Menorca y confirmaba la pérdida de Trinidad y Tobago, conquistadas por los ingleses en 1797.

Debido a su destino, Onís había tomado parte en la firma del infame Tratado de Fontainebleau en diciembre de 1807, que admitía la entrada de tropas francesas en España con el objetivo de la ocupación y reparto de Portugal. Al regresar de Francia en abril de 1808, se encontró con el sequito de la familia real en Vitoria camino de Bayona. Recomendó a Fernando VII que no renunciara a sus derechos, siendo enviado poco después a Madrid, poniéndose a las órdenes de Floridablanca y la Junta Central, que resistía a los franceses. Huyendo de Napoleón en diciembre de 1808, tras una penosa marcha pudo llegar a Cádiz con su familia.

Pudo enviar a su hijo Mauricio como joven de lenguas de la embajada patriota en Londres, mientras que su hermano permanecía en Madrid al servicio de José I Bonaparte en la secretaría de Estado. Pese a la antigüedad de su servicio dentro de la carrera diplomática y su experiencia europea, Onís fue destinado en junio de 1809 a la legación en Estados Unidos.

Llegado a Filadelfia, el diplomático no fue recibido como ministro plenipotenciario español, observando el presidente Madison una neutralidad benévola hacia el imperio napoleónico. Los Estados Unidos tenían malas relaciones con Gran Bretaña, que culminarían en una guerra entre 1812 y 1814. Además, desde 1803 se habían engrandecido territorialmente con la venta por Napoleón de La Luisiana, manteniendo con la monarquía hispánica pleitos por sus fronteras en Tejas y Las Floridas.

El estallido de la insurgencia en Florida occidental y Caracas en 1810, abrió un nuevo frente a la acción diplomática del enviado español en Estados Unidos. No obstante, en esos momentos, la posible llegada de emisarios napoleónicos a América era lo que más preocupaba al ministro español. Cabía la posibilidad de que algunas autoridades imperiales españolas en América reconocieran a la nueva monarquía de José I. Onís asumió la coordinación de hecho de las autoridades imperiales españolas en América, debido a la dificultad de comunicación desde Cádiz.

Tuvo que disuadir al militar Correa, que había sido enviado a Estados Unidos por el ministro español Bardají con la estrambótica misión de asesinar a Napoleón dando un rodeo continental antes de llegar a Francia. Onís consiguió desenmascarar a algunos agentes napoleónicos, provocando medidas exageradas de represión y el miedo de las sociedades americanas. A medio plazo, esta reacción no favoreció los intereses de la monarquía hispánica, como ha destacado recientemente el historiador Timothy Hawkins en el libro A Great Fear. Luis de Onís and the Shadow War against Napoleon in Spanish America, 1808-1812. Algunos virreyes y capitanes generales fueron destituidos al ser sospechosos de ser afrancesados y de debilidad o ambigüedad ante los sucesos peninsulares, lo que socavó la tranquilidad y legalidad hispánica en Iberoamérica.

Onís no consiguió ver reconocida su calidad de ministro plenipotenciario hasta la definitiva derrota de Napoleón en 1815 y el fin de la guerra de Estados Unidos con Gran Bretaña. En esos años de guerras napoleónicas, los norteamericanos habían ocupado parte de la Florida occidental y apoyado la insurgencia en Tejas, así como facilitado suministros a los rebeldes americanos y tolerado el corso y la piratería.

Onís recibió el encargo de denunciar el tratado de retrocesión de La Luisiana a la Francia napoleónica en 1800, lo que vio que no era viable cuando los norteamericanos ya habían establecido administraciones sobre Nueva Orleans, pero sí trató de restablecer la frontera en el rio Misisipi a cambio de concesiones territoriales en las Floridas e incluso el Caribe.

José Bonaparte se expatrió en Estados Unidos, al igual que muchos militares napoleónicos, lo que retroalimentó el miedo de Onís a que desde Estados Unidos se tramara la liberación de Napoleón de la isla de Santa Elena o que José pretendiera establecer un imperio en México. De hecho, en 1818 el exgeneral Lallemand estableció una colonia en Tejas, con apoyo de piratas de origen francés en La Luisiana, que tuvo que ser dispersada por las tropas virreinales.

Tras ser enviado a Nápoles como embajador en plena revolución carbonaria y observar la culminación de la emancipación iberoamericana desde Londres en 1821-1822, Onís terminó exonerado y expatriado en Montauban con su hermano afrancesado tras la intervención en España de los cien mil hijos de San Luis que ponían fin a la revolución del Trienio Liberal.

Abdón Mateos López (Madrid, 1960) es un historiador español. Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en Madrid, dirige el Centro de Investigaciones Históricas de la Democracia Española y la revista semestral Historia del Presente. Fundador y presidente de la Asociación de Historiadores del Presente desde el año 2000.

Desde el año 2007 es responsable en la UNED de la Cátedra del exilio. En el año 2008 obtuvo la acreditación nacional de Catedrático de Historia Contemporánea. En el año 2009 obtuvo un segundo año sabático en Roma en la Universidad LUISS, financiado con la convocatoria nacional de Movilidad, y la Universidad de Las Palmas.

Actualmente dirige el proyecto de la Cátedra del Exilio (2011-16, patrocinado por el Banco de Santander) Emigrantes y exiliados en América después de la guerra civil. La construcción de una ciudadanía democrática, así como el proyecto de investigación del Ministerio (2012-16) "Historia del PSOE. Construcción del partido y reformismo democrático, 1976-1990".

Fue secretario general de ASU en Madrid.

Ha publicado recientemente Historia del PSOE en transición. De la renovación a la crisis (Madrid, Sílex, 2017).

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