El imperio de Napoleón
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
Este año se cumple el bicentenario de un personaje fundamental en la Historia contemporánea de Europa, Napoleón Bonaparte. En este artículo hacemos un veloz repaso de lo que supuso, a pesar de la imposibilidad de conocer todas sus dimensiones.
El golpe de estado del 18 de Brumario (noviembre de 1799) estableció un poder ejecutivo compuesto por tres cónsules, con Napoleón como primer cónsul. En 1799 se aprobó una nueva Constitución que volvió a reconocer el sufragio universal. El Senado sería elegido entre una lista propuesta por el primer cónsul. El gobierno tendría la iniciativa legislativa y proponía los proyectos de ley al legislativo. En la práctica, el Consulado fue una dictadura encubierta. Los éxitos militares y políticos de Napoleón fortalecieron la concentración de poder en su persona. En el año 1802, sería nombrado cónsul vitalicio tras un plebiscito. Ante la nueva situación, se aprobó otra Constitución, en 1802.
En el año 1804 se aprobó una nueva Constitución que, en su primer artículo, proclamaba que el gobierno de la República era confiado a un emperador con el título de Emperador de los franceses, no de Francia. El día 2 de diciembre de 1804, en la catedral de Notre Dame de París, y en presencia del papa Pío VII, Napoleón I se coronó a sí mismo y a su esposa.
El emperador emprendió un vasto programa de reformas interiores, un aspecto que se suele dejar relegado en un segundo plano ante su política exterior, pero que es fundamental para entender tanto la Historia de Francia como la de Europa. Restableció el orden público con la creación del Ministerio del Interior y con una eficaz y temible policía secreta. Se centralizó la administración, y los departamentos pasaron a depender del gobierno central en París. Se estableció una profunda reforma fiscal, que extendió a todos los ciudadanos la obligación de pagar impuestos, siguiendo los principios de la igualdad ante la ley. Napoleón firmó un Concordato con la Santa Sede, acabando con la política llevada por la Revolución con la Iglesia Católica, consiguiendo, en compensación que el Papado reconociese el nuevo orden. En materia educativa se introdujeron importantes reformas, comenzando por la extensión del derecho a la educación a todos los ciudadanos franceses. Se promulgó un Código Civil, que recogía las aspiraciones de la burguesía, especialmente, en relación con la protección a la propiedad privada, y que sirvió de modelo para el resto de Códigos del continente.
La nueva administración francesa con sus instituciones, derecho y reformas se intentó aplicar a los estados vasallos o aliados. Se proclamaron Constituciones: Monarquías limitadas con separación de poderes y legislativos elegidos por sufragio censitario; y se abolieron las sociedades estamentales. Pensemos, como ejemplo, en el caso del Estatuto de Bayona (1808) y el gobierno de José I, el hermano mayor de Napoleón, en España.
Las reformas napoleónicas perdurarían más en Europa que las alteraciones de fronterizas que produjeron las continuas guerras y los cambios de fronteras que, además fueron borradas por el Congreso de Viena. El imperio de Napoleón desapareció con su final, pero sus reformas fueron decisivas para ir minando el Antiguo Régimen en los futuros procesos revolucionarios que se generalizaron en Europa.
Entre 1792 y 1815 la guerra fue constante en Europa: entre Francia y las potencias europeas, aunque en distintas combinaciones. Es importante destacar que los éxitos militares napoleónicos fueron tan importantes porque las batallas se libraban contra ejércitos del Antiguo Régimen y que Francia contó con la colaboración en muchos países, de personas y sectores sociales partidarios de las reformas napoleónicas: afrancesados, filojacobinos, etc.. Las élites intelectuales europeas fueron afines a lo que pretendía Napoleón, aunque con el tiempo se produjo un divorcio ante la deriva tiránica del emperador. En España, los sectores más afines a cambiar el Antiguo Régimen se dividieron en dos grupos: los afrancesados que sí apoyaban la nueva administración y los cambios graduales, y los liberales que buscaban cambios más profundos, pero que no aceptaron la dominación francesa.
Napoleón contó con un ejército muy potente. Su núcleo principal era la Grande Armée, que en julio de 1812 llegó a contar con casi 600.000 soldados. En este ejército fue muy importante la participación de cuerpos de soldados extranjeros: italianos, alemanes y polacos destacaron en la colaboración. Además, Bonaparte introdujo importantes cambios en la forma de hacer la guerra: la movilización de grandes formaciones militares a través de grandes espacios, una gran velocidad para maniobrar y llevar a las formaciones al lugar necesario de la batalla con el fin de sorprender a los enemigos cuando estaban separados o separarlos cuando estaban reunidos. La táctica se basaba en el despliegue de su ejército en tres líneas: la primera iniciaba el combate muy dispersa, apoyada por la caballería y la artillería; la segunda actuaba en masa, concentrando las fuerzas en los puntos donde la penetración era más fácil; y la tercera intervenía para rematar el ataque en el momento decisivo.
La lista de éxitos militares franceses es muy larga: Austerlitz contra austriacos y rusos en 1805; Jena, contra los prusianos (1806); Eylau y Friedland contra los rusos (1807); Wagram, contra austriacos (1809), etc.. El conflicto con Gran Bretaña, siempre presente en las coaliciones contra Napoleón, obedecía más a causas económicas y de equilibrio internacional de poderes, que a la de los principios políticos e ideológicos, que animaban más a los reyes y emperadores absolutos europeos continentales. Tenemos que tener en cuenta que Napoleón intentó desafiar el poderío comercial y marítimo de Gran Bretaña. Para ello, decretó el bloqueo continental, que prohibía el comercio de cualquier país europeo con Gran Bretaña. Esta guerra económica provocó serios problemas a Gran Bretaña pero, también a la Europa continental.
La época napoleónica puede ser considerada como un esfuerzo por extender reformas profundas para terminar con el Antiguo Régimen, aunque matizando las más radicales, propias del momento revolucionario. Pero a este proyecto de cambios se enfrentaron los defensores de ese Antiguo Régimen, la diversidad cultural de los pueblos europeos y el inicio de los sentimientos nacionalistas de los mismos. En los estados donde las estructuras del Antiguo Régimen eran más débiles, los cambios introducidos por Napoleón fueron de más fácil aplicación, pero donde eran más fuertes, como en España o Rusia, los franceses tuvieron que hacer un mayor esfuerzo militar. En esos dos estados comenzó a gestarse la caída de Napoleón. La resistencia española comenzó en 1808 en la Batalla de Bailén y duró cuatro años de intenso conflicto, tanto abierto como a través de las guerrillas. La retirada de la Gran Armée durante la campaña de Rusia de 1812 fue catastrófica y decisiva para el fin del emperador.
Una nueva coalición de las potencias europeas derrotó a Napoleón en la Batalla de las Naciones (Leipzig, 1813), que permitió que los ejércitos aliados entraran en Francia. El imperio se desmoronó. Napoleón fue recluido en la isla de Elba. Pero el emperador no se rindió fácilmente, ya que regresó al poder en lo que se conoce como el Imperio de los Cien Días. El fin del imperio napoleónico llegó con la derrota de Waterloo en junio de 1815. Napoleón fue deportado a Santa Elena, en mitad del Océano Atlántico. Moriría en 1821.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.