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EL PERIÓDICO
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Juan March Ordinas (1880-1962), el lobo de los negocios. De la cárcel Modelo de Madrid a la prisión de Alcalá de Henares (1932-1933).


Juan March Ordinas (1880-1962) Juan March Ordinas (1880-1962)

El hombre más rico de España en aquella época pasó por dos prisiones con una sola idea en su mente, la fuga. Si nuestro preso hubiera tenido la suerte de ser protagonista de algún texto de Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle o Agatha Christie hubiera dado mucho juego en una novela negra. Sin embargo, le tocó en suerte que el gallego Manuel Benavides biografiara su vida en 1934. Bautizado como el último pirata del Mediterráneo criticaba los manejos de este artista de la peseta y narraba como virtud del empresario su talento para olfatear el dinero. March compró la edición para destruirla pero debió salirle el tiro por la culata porque se vendieron 15 ediciones por entonces. Que ya son ediciones.

El valiente periodista socialista no midió bien con quien se enfrentaba y sumó a su vida al peor enemigo. El autor acabó preso un par de meses por sumarse a la revolución de 1934 exiliándose en París hasta las elecciones de febrero de 1936. Volvió a España y en la guerra ejerció de Comisario de la Armada republicana. Benavides perdió la guerra exiliándose en México donde murió en 1947. March ganó aquella batalla. El autor se había atrevido a señalar que en 1916 nuestro protagonista mató a un rival contrabandista porque era amante de su mujer. En sus cuentas contables quedarían aquellas actividades olvidadas. Negocios.

En aquellos tiempos los administradores abusaban de sus conocimientos. Contaba el torero Rafael “El Gallo” sobre el engaño de quien le llevaba sus cuentas la siguiente anécdota. El matador de toros debía cobrar una cantidad y quien le pagaba lo hacía de una forma singular. Le pagaba con billetes contándolos así: uno, dos, cinco, seis, ocho, … Sus amigos le llamaban la atención y le señalaban que le estaban robando de esa manera. Pero el torero contestaba: “Éjalo, home… Ya lo veo, ¿pero no tiene gracia eso?”. March pagaba de esta manera en sus negocios. En cambio, a la hora de cobrar contaba: uno, dos, tres, tres, tres, cuatro, cinco, cinco, …

El fundador de la Banca March (1926) se movía como pez en el agua en negocios con mayor o menor ética profesional, ya desde muy joven. El contrabandista mallorquín creció entre el humo de sus cigarrillos durante el sistema político de Restauración. En la dictadura de Primo de Rivera estuvo a punto de ser apresado por sus negocios turbios. Huyó en automóvil vestido de cura en dirección a los Pirineos. A finales de los años 30 fracasada la dictadura intentó volver de nuevo el sistema político de Cánovas del Castillo. Ya agotado este régimen corrupto llegaría la democracia en formato de república parlamentaria. La venida de la democracia provocó una investigación de sus negocios. Esto lo llevó a prisión. No le dio tiempo a ponerse la teja de cura en la cabeza, de nuevo, para salir pitando de España.

No se derrumbaba un régimen político solo con revoltosos. Hacía falta dinero. No sería la primera vez, aunque el diputado March no creía en estos regímenes políticos. Solo buscaba dinero. El empresario no comprendía como unos hombres que no contaban con su colaboración económica ni la de la banca podían gobernar un país. No contempló la posibilidad de terminar en prisión con la pasta que había soltado a unos y otros. Pero ingresó en la cárcel Modelo de Madrid el 15 de junio de 1932. Allí lo conoció un funcionario de prisiones que durante la posterior Guerra Civil sería el secretario de Melchor Rodríguez (“el ángel rojo”). Juan Batista Gutiérrez (1902-1977) observó y convivió con el preso más famoso de España durante casi un año. March era generoso en propinas con todos los que tenía alrededor. De esa manera buscaba comprarlos a todos. La misma política continuaría durante el franquismo porque la corrupción es inherente a toda dictadura.

Batista escribió un manuscrito sobre las personas que conoció en las prisiones a lo largo de su vida. El funcionario de prisiones retrató a nuestro personaje durante el tiempo que pasó en prisión y después, ya que durante el franquismo lo invitaba frecuentemente a su palacio por amistad. Nuestro protagonista estuvo incomunicado en los primeros días de prisión en el verano de 1932. Comió poco al principio por el disgusto de su situación y también por el bulo que decía que se le iba a envenenar en prisión con la comida.

Desde el principio se planteaba escapar por una gran ventana de la primera galería que daba a la calle de Romero Robledo cortando unos barrotes de hierro para poder atravesar la reja. Atando una fuerte cuerda a los hierros y con ayuda exterior bajaría dentro de un gran cesto hasta la calle. Era su plan de fuga de la Modelo. Entre el humo de “Hoyos de Monterrey” contaba sus planes a dos funcionarios de prisiones. Sin embargo, no comprendía que eran profesionales que aceptarían alguna propina pero nunca arriesgarían su bien ganada plaza de funcionario. El temprano “proyecto de fuga” fracasó. Aunque los funcionarios veían en él a un hombre encarcelado sin pruebas al que otros pretendían apoderarse de su fortuna. Los funcionarios ayudarían al preso a pasar aquellos días en las mejores condiciones posibles. Nunca volvió a mencionar nada de su fuga de la Modelo.

Pronto preguntó por sus familiares y colaboradores. Se le tranquilizó al explicarle que por estar aislado nadie podía visitarle. Después tuvo frecuentes visitas. El primero fue el Teniente Coronel del Estado Mayor y diputado de las Cortes Tomás Peire Cabaleiro (1892-1968), su abogado defensor y secretario particular. A continuación su esposa Leonor y sus hijos Juan y Bartolomé le visitaron. En aquellos once meses no dejó de maquinar y reflexionar sobre su situación. En las entrevistas con sus amistades pedía que se hicieran campañas contra personas buscando sus debilidades personales, igual que se hace hoy, para desacreditarlos públicamente. Les indicaba que se debía hablar mal de Besteiro, Azaña, Fernández de los Ríos, Largo Caballero, Prieto, etc. Decía que con un poco de invención se podía montar una campaña que los hundiese.

En su estancia los funcionarios consiguieron que los presos que no le miraban con buenos ojos al principio dejaran de prestarle atención. March pensaba que alguno podía agredirle pagado por sus enemigos pero la situación se normalizó. Hizo amistad con Juan Batista con el que trataba de resultar lo más simpático posible en agradecimiento a su ayuda en la cárcel. Sus costumbres eran modestas y no hablaba de su dinero nunca. Su vicio era el tabaco. Cuando el banquero bajaba a los servicios de los sótanos, lugares oscuros y peligrosos, los funcionarios no le perdían de vista. Tenía la costumbre de no lavarse con agua por las mañanas. Se frotaba cara, cabeza y pecho con alcohol puro para secarse a continuación. Su bebida era agua de Solares, nunca bebió alcohol en prisión. Consumía sobre todo arroz a la mallorquina y pollo, que le entusiasmaba. El trato especial permitió que una noche de verano pudiera ir a la “Playa de Madrid” junto a Batista. Creada en 1932 era la primera playa artificial de España. A orillas del Manzanares se construyó un embalse para el disfrute de los vecinos de Madrid. El funcionario y el preso charlaron sentados en una terraza al fresco.

En conversación con March el funcionario se atrevió a preguntarle si ganaba mucho con todos los negocios. Le contestó que para él los negocios eran todos iguales y los defendía con el mismo interés y cariño, sin fijarse si la ganancia era grande o pequeña. Lo que buscaba era “ganar el negocio”. El frío hombre calculador, sin embargo, lloró en la noche del 24 de diciembre de 1932. Había preparado una treta con un médico para que por razones sanitarias pudiera esa noche estar con su familia. Aunque le habían asegurado su salida puntual se denegó a última hora. Testigo de su llanto fue Juan Batista que fue su sombra en la prisión como protección.

El funcionario le trató en la intimidad por el tiempo que pasó cerca de él. Batista firmaba que sus negocios le proporcionaban muchísimas preocupaciones y disgustos. No iba al teatro ni a ningún espectáculo si no era para gestionar un negocio. No paraba de trabajar. En cierta ocasión el banquero de forma terrible confesó: “No tengo suerte en la vida, toda persona que a mí se me acerca lo hace para obtener un beneficio, solo el interés le guía. Amistad y desinterés no encontré jamás”. Quizás por ello mantuvo gran amistad con el funcionario de prisiones. En la Modelo se le observaba pensativo calculando sus negocios mientras señalaba con su dedo índice en silencio.

A los once meses de permanecer en la Modelo se decidió el traslado al Reformatorio de Alcalá de Henares (hoy, parador de turismo) porque debieron tener informaciones secretas. No sabemos si interesadas y pagadas por el protagonista. El traslado a estas dependencias iba a ser temporal porque se estaban acabando las obras de la Casa Cuartel de los Guardias de Asalto. En automóvil se trasladaba el 5 de mayo de 1933 a la “Escuela Industrial de Jóvenes” que era el Reformatorio de Alcalá. Desde allí mismo, según Benavides, intentó organizar el asesinato de Prieto y Azaña. Mientras tanto seguían buscando pruebas para condenar al pirata.

A las 23.00 horas del 2 de noviembre de 1933 en Alcalá de Henares un preso salía por la puerta andando hasta un coche aparcado en la calle. Hasta las 11.00 de la mañana del día siguiente nadie se enteró que faltaba el preso más famoso de España en el Reformatorio de Alcalá. La prensa al día siguiente señalaba que el pájaro había volado hasta Gibraltar. También faltaba un oficial de prisiones, Eugenio Vargas. Del peñón pasó a Francia y volvía en 1936 para financiar el bando rebelde en la Guerra Civil española. Creo que a Juan March, en sus últimos días de vida, le temblaba la risa en la garganta por la forma en que se había reído de todos.

Bibliografía recomendada:

  • Benavides, Manuel D., El último pirata del Mediterráneo, Espuela de Plata, Sevilla, 2021, 3ª edición. [Se trata de un libro editado en 1934]
  • Cabrera Calvo-Sotelo, Mercedes, Juan March (1880-1962), Marcial Pons, Madrid, 2011.
  • Díaz Nosty, Bernardo, La irresistible ascensión de Juan March. Notas previas para una investigación biográfica, Sedmay, Madrid, 1977.
  • Ferrer Guasp, Pere, Juan March. La cara oculta del poder (1931-1945), Palma de Mallorca, Cort, 2004.
  • Ferrer Guasp, Pere, Juan March. El hombre más misterioso del mundo, Ediciones B, 2010.
  • Nebot, Juan, Juan March. Un mecenas del siglo XX, Gráficas Espejo, Madrid, 1962.
  • Piñeiro, A., Los March. El precio del honor, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 1991.
  • Urreiztieta, E., Los March. La fortuna silenciosa, Madrid, La Esfera de los Libros, 2008.

Juan de Á. Gijón Granados es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja en la enseñanza secundaria desde hace más de 20 años en la Comunidad de Madrid. Profesor Visitante (2006) en el Instituto de Historia (CSIC). Ha colaborado con la editorial Oxford en la elaboración de libros para profesores y alumnos. Entre sus temas de investigación están las Órdenes Militares, la arquitectura militar o la represión de los dos bandos en la Guerra Civil, entre otros. www.juangijon.com