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La política sanitaria en el primer año de la Segunda República


Marcelino Pascua Martínez, director general de Sanidad durante la primera etapa de la Segunda República, socialista, diputado por Las Palmas. Marcelino Pascua Martínez, director general de Sanidad durante la primera etapa de la Segunda República, socialista, diputado por Las Palmas.

En este trabajo nos acercamos al estudio del trabajo por la sanidad emprendido en el primer año de vida de la Segunda República.

El director general de Sanidad durante la primera etapa de la Segunda República fue Marcelino Pascua Martínez, socialista, diputado por Las Palmas.

Conocemos el balance por un extenso artículo de El Socialista donde se explicaba que un año era poco tiempo para apreciar los cambios en sanidad, y más cuando había que haber trabajado gran parte de ese tiempo con los presupuestos heredados de la Monarquía. En todo caso, por la información que disponemos se desarrolló una intensa labor en solamente un año, y poco conocida, por ejemplo, en comparación con la cuestión educativa, tradicionalmente más valorada por la historiografía.

En cuestión organizativa la Dirección de Sanidad se había reestructurado, teniendo en cuenta las normas de las administraciones sanitarias internacionales, en Secciones: Tuberculosis, Higiene Infantil, Higiene social y Propaganda, Ingeniería y Arquitectura Sanitaria, Higiene Alimenticia e Higiene Mental.

La Dirección de Sanidad planteaba una gran preocupación por la elevación del nivel científico médico-sanitario del país. Se pretendía crear el Consejo Superior de Investigaciones Sanitarias, y se había incorporado a la Dirección el Instituto Nacional del Cáncer con el fin de transformarlo en un organismo de alta investigación.

Se había emprendido la tarea de elaborar un proyecto de ley orgánica de Sanidad, como base imprescindible para racionalizar la estructura sanitaria española. Se pretendía presentarlo en junio de 1932.

En el combate contra la tuberculosis, uno de los principales objetivos de esta Dirección General, y verdadera obsesión de los socialistas, habida cuenta del componente social de la misma, se había construido un hospital-sanatorio en Carabanchel Bajo, capaz para 100 enfermos, completando con 500.000 pesetas la cantidad donada para dicha obra por doña Margarita de Iturralde. Pero, además, se había instalado un preventorio infantil en San Martín de Trevejo (Cáceres), se había puesto en marcha otro infantil en el Piornal (Cáceres), cuyas obras comenzarían en breve, se habían levantado dos dispensarios antituberculosos en las ciudades de Santander y Valencia, se había instalado una enfermería para 20 tuberculosos pulmonares y dispensario anejo en Talavera de la Reina (Toledo), y se habían puesto en marcha el dispensario de Torrelavega (Santander), y el de Puericultura, anejo al preventorio de Guadarrama, para la vigilancia de lactantes separados de focos tuberculosos, y colocados en familias de campesinos, en las proximidades de dicho preventorio.

Por otro lado, se habían adjudicado 200.000 pesetas para terminar las obras del sanatorio de Sierra. Espuña (Murcia), que pasaba a ser propiedad del Estado.

Se había aprobado la subvención para que se instalaran dos enfermerías para tuberculosos en Huelva y Audazarrate (Guipúzcoa).

Y por fin, se habían creado diez dispensarios en las siguientes ciudades: Zaragoza, Santander, Salamanca, Valencia, Sevilla, Santa Cruz de Tenerife, Coruña, Oviedo, Pontevedra, Huelva, Alicante, Las Palmas, Huesca, Vitoria, Murcia, Cáceres, Córdoba, Valladolid, León y Orense.

Cada dispensario comprendía los servicios de tisiología, diagnóstico y tratamiento (en el dispensario y domiciliario), consultas infantiles, de garganta, nariz y oídos, y servicios de laboratorio y radiografía, siendo cada uno desempeñado por especialistas, y adscribiéndose asimismo enfermeras visitadoras para que, mediante investigaciones domiciliarias de focos tuberculosos, pudieran llevar nuevos enfermos al dispensario y vigilar los enfermos anteriormente inscritos y personas que con ellos convivían. Estos dispensarios estaban coordinados con centros de hospitalización y prevención (sanatorios, enfermerías, salas para tuberculosos, preventorios y sanatorios marítimos). Esta coordinación permitía establecer una selección más científica, eficaz y rápida de enfermos tuberculosos para ingresar en los establecimientos de cura y profilaxis del Estado o subvencionados por éste.

En Madrid se había aumentado la dotación y los servicios de sus dispensarios, dos de ellos dedicados a la lucha contra la tuberculosis.

Se había procedido a la instalación de rayos X, lavaderos mecánicos, sala de operaciones, ropas, vajillas, etc., en el Sanatorio de Valdelatas (cercanías de Madrid), mediante una inversión de 300.000 pesetas, construyéndose un pabellón asimismo para servicios auxiliares, con lo cual había podido lograrse una ampliación de treinta camas pera enfermos tuberculosos.

También se había construido un pabellón de observación y se habían instalado los servicios de rayos X y de laboratorio en el Preventorio de San Rafael, en el que llegaba a tratarse de manera permanente a 115 niños.

Se había procedido a la ampliación en cincuenta plazas en el Preventorio infantil de Guadarrama, que anteriormente no tenía más que diez. Se había incorporado al Estado el Sanatorio de Alcohete (Guadalajara), completándose su instalación, que era insuficiente, lo que había supuesto un gasto de 5o.000 pesetas.

Se había probado la subvención para el sostenimiento de doce camas en la Cesa de Salud Valdecilla (Santander).

Se había procedido a subvencionar para mejorar la instalación y funcionamiento de los dispensarios antituberculosos de Albacete, Jaca, Guadalajara, además de instalarse un dispensario en Gijón.

El Estado aumentó las consignaciones presupuestarias para los Sanatorios marítimos de Oza, Pedrosa y Malvarrosa, lo que permitirá tener mayor número de niños durante todo el año y en mejores condiciones para el tratamiento.

También se habían aprobado los créditos para que funcionase en 1931 el Sanatorio marítimo de Torremolinos, capaz para 140 niños.

Se había terminado la construcción del pabellón de niños tuberculosos del Hospital Nacional de Enfermedades infecciosas.

La Dirección general de Sanidad, además, había tenido que hacer pagos considerables de partidas en las cuentas por descubiertos del Sanatorio de Alcohete, por valor de 70.000 pesetas; Prevención de San Rafael, 15.000 pesetas y débitos a la Junta antituberculosa de Sevilla, enviándose çon dicho fin más de 30.000 pesetas y a la Junta de Zaragoza 30.000 pesetas para el Preventorio de Cabezo Cortado.

El segundo eje de actuación sanitaria fue el de la “higiene rural”, es decir, la preocupación por llevar la sanidad y la prevención de las enfermedades al campo español. En este sentido se crearon quince centros de higiene rural, pensándose en que muchos de ellos debían tener filiales en las aldeas más próximas. Se pusieron en marcha en Hellín, Alcoy, Reinosa, Plasencia, Sigüenza, Jaca, Linares, Algeciras, Lorca, Talavera de la Reina, Villalón, Villafranca del Bierzo, Valdepeñas, Peñaranda de Bracamonte y en Pozo Blanco. Estaban dirigidos por oficiales sanitarios, y contaban con personal técnico necesario, y en estrecha relación con los Institutos provinciales. Estos centros tenían como función, la atención de las madres y los niños hasta que alcanzasen la edad escolar, la lucha contra la tuberculosis y las enfermedades venéreas, la educación sanitaria de la población, el saneamiento de las poblaciones, los análisis clínicos, y luchas locales contra determinadas enfermedades endémicas como el paludismo, el tracoma, así como contra los accidentes.

El tercer gran objetivo de la política sanitaria de la primera Administración republicana fue la lucha contra la mortalidad infantil, un problema muy grave en la España de las primeras décadas del siglo XX. No se consiguió mucho presupuesto para esta cuestión, como reconocía el periódico socialista, unas 300.000 pesetas. En todo caso, se había creado la Sección de Higiene Infantil, como expresamos al principio, y que había dispuesto la necesidad de poner en marcha Centros de Puericultura, que pudieran servir como modelo para cuando se pudiera contar con más fondos.

La profusión de las enfermedades venéreas era otro quebradero de la medicina española, y la Segunda República no podía dejar esta cuestión sin atender. Así pues, se incluyó esta lucha a través del presupuesto asignado a Sanidad, un verdadero cambio, ya que hasta entonces la financiación de la atención médica a esta cuestión no procedía de los presupuestos públicos, sino de las exacciones a los propietarios de las casas de prostitución.

En relación con la asistencia psiquiátrica se había dado un decreto el 5 de julio de 1931 modificando la legislación anterior, considerada anticuada, para poner las bases de una reforma fundamental, necesaria y urgente en el tratamiento y prevención de las enfermedades mentales. Se había creado el Consejo Superior Psiquiátrico, esperando poder abrir el primer Dispensario de Higiene Mental en la Dehesa de la Villa.

Otros aspectos de la política sanitaria tenían que ver con la lucha contra el tracoma en el sudeste, el tráfico y consumo de estupefacientes, la aplicación de tratamientos hidro-minerales, que dejarían de ser un monopolio de “médicos privilegiados”, la inspección sanitaria de viviendas y espectáculos públicos, y la incineración de los fallecidos que así lo desearan.

Hemos trabajado con el número 7234 de El Socialista. Sobre la lucha contra la tuberculosis podemos encontrar muchos trabajos en la hemeroteca de El Obrero.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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