Aspectos simbólicos y organizativos de los carbonarios
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
Ya en alguna otra ocasión nos hemos acercado a los carbonarios, la sociedad secreta italiana, pero también francesa, portuguesa y hasta española, asociada a la lucha nacionalista y liberal de los primeros decenios del siglo XIX. Es un tema que nos interesa y seguimos buscando materiales sobre esta organización secreta. En estas investigaciones nos topamos con un trabajo publicado en La Revista Blanca en noviembre de 1923, en su sección de “Curiosidades históricas y científicas”, firmado por “El Bachiller de Salamanca”, que nos ha interesado porque trata aspectos organizativos, que pudieran tener alguna connotación con la Masonería, a pesar de que no se puede confundir la Carbonería con la misma, ni por sus fines, objetivos, ya que poseen naturalezas distintas, por mucho que empleen símbolos y puedan desarrollarse en ámbitos secretos, aunque hoy en día la Masonería prefiera hablar de discreción más que de secretismo. En todo caso, nos aventuramos con algunas comparaciones entre ambas en los ámbitos simbólicos y organizativos.
Averiguamos que el lenguaje simbólico de los carbonarios contaba con expresiones propias de sus fines. Así pues, “limpiar la selva de lobos” equivalía a limpiar la patria de extranjeros y déspotas, es decir, se aunaba la lucha nacionalista con la liberal. El “carbón” era el símbolo fundamental, lógicamente de la Carbonería. El carbón purificaría el aire, y cuando ardía en las habitaciones alejaba de la misma a las bestias feroces. La riqueza simbólica de la Masonería, en contraposición, es casi infinita. Los carbonarios se reunían en “chozas” o “barracas”, frente a los templos masónicos. Debemos interpretar que los carbonarios se reunían en esas chozas como los carboneros lo hacían en chozas o cabañas en medio de los bosques, ya que trabajaban con el carbón vegetal. Precisamente, la “selva” o el “bosque” eran los alrededores de las chozas o barracas. Las reuniones en sí de los carbonarios eran las “ventas”, frente a las tenidas masónicas, aunque este concepto de venta casa más, a nuestro entender, con el de logia masónica, por lo que veremos de la organización de los carbonarios franceses. Un grupo de chozas formaba una república.
La Carbonería francesa comprendía “círculos” o “ventas” de cuatro clases:
-Particulares de veinte “primos”. En Masonería los miembros son hermanos. Cada venta particular tenía un presidente, un secretario y un diputado. En Masonería, en cambio, los oficios son más numerosos y complejos.
-Los diputados de veinte ventas particulares formaban una venta central, que tenía también su diputado, único primo que estaba en relación directa con la venta superior, que a su vez nombraba también un delegado que la representase en la venta suprema. Este sistema no coincide con la organización de logias y talleres masónicos, que se aglutinan en una determinada Obediencia.
Estas diferencias que observamos organizativas tienen que ver, a nuestro juicio, precisamente, con los distintos fines y naturalezas de ambas organizaciones, como ya avisábamos más arriba. La Carbonería tendría una estructura clandestina para la lucha, necesitando menos oficios, así como, configurar un sistema fiable de relación entre sus componentes, precisamente por su carácter combativo, algo muy distinto a lo que se hacía y se hace en Masonería, un trabajo intelectual simbólico de perfeccionamiento personal, aunque con repercusión externa. Por fin, las ventas tenían nombre, como las logias masónicas tienen los suyos. En el París de la segunda década de principios del siglo XIX pudo haber cientos de ventas, con nombres como Washington, Victoriosa, Belisario, Sincera o Amigos de la Verdad.
En la Carbonería se pagaba con la muerte la traición. Había un juramento, acto que compartía con la Masonería, aunque de naturaleza distinta, para el iniciado. El juramento carbonario imponía la obligación de no conocer a los individuos de las demás ventas, algo que no se produce en la Masonería, donde, aunque no se puede desvelar a profanos quienes son masones, si se mantiene una estrecha relación con hermanos de otras logias, tanto de la propia Obediencia como con otras con las que hubiere establecidas relaciones, visitándose en tenidas y participando en actos conjuntos. Pero el carbonario era un luchador o combatiente, algo que no ha sido ni es un masón, por lo que aquel debía preservar la organización, pareciendo lógico que se restringiera el conocimiento de otros carbonarios a los más estrechamente cercanos.
Los iniciados en la Carbonería pagaban por estar en la organización, tanto por derechos de admisión, que podían ser de unos cinco francos, y un franco mensualmente. En Masonería también habría que pagar al ingresar y se capitaría mensualmente.
En la Carbonería no había comunicaciones escritas, frente a la Masonería que cuenta con libros de actas, “planchas”, etc.. De nuevo, los carbonarios no podían dejar rastros. Las órdenes se trasmitirían verbalmente por delegados especiales de la venta suprema. En la Masonería no se darían órdenes, a pesar de su estricta jerarquía, o a lo sumo las jerarquías masónicas, en función de su legitimidad democrática, establecen disposiciones, pero que tienen que ajustarse a constituciones y reglamentos muy detallados y restrictivos. La Carbonería, insistimos, se dedicaba a la lucha, y en toda lucha los líderes dan órdenes, que deben ser acatadas. Los carbonarios se comprometían a obedecer sin discusión los acuerdos de la venta suprema y a sacrificar su fortuna y su vida en pro de la libertad y de la patria. Todo carbonario debía tener dispuesto un fusil con su bayoneta y veinticinco cartuchos. Es evidente, que todo esto no tiene nada que ver con los masones, aunque sí la idea del compromiso de que lo dispuesto debía ser acatado, pero los masones no sacrificarían su vida ni su fortuna, ni estaban obligados a tener armas, ya que las únicas que emplearían en el ritual -las espadas- tendrían siempre un significado simbólico.
Cada jefe de venta superior y central tenía media tarjeta irregularmente cortada, y la otra media la presentaba el delegado para darse a conocer. Tenían, además, palabras de paso y de orden, y signos especiales de reconocimiento. Menos la cuestión de las tarjetas estos aspectos coinciden más con los propios de la Masonería, que dispondría de palabras de paso, de orden, y signos especiales para reconocerse, además del retejo.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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