Las condiciones para ingresar en la III Internacional
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
¿Por qué la Internacional Comunista estableció una serie de condiciones para ingresar en la misma? Rescatamos un material publicado en El Socialista, en enero de 1921, que nos ofrece respuestas, en estos tiempos en los que recordamos el centenario del intenso debate que se suscitó en el PSOE, como en el resto de los partidos socialistas, en relación con esta materia.
El Congreso constituyente de la Tercera Internacional (marzo de 1919, en Petrogrado) no elaboró condiciones ni requisitos para la admisión de partidos en la misma. En ese momento no había más que tendencias o grupos comunistas. Pero la situación fue cambiando cuando se celebró el segundo Congreso (verano de 1920).
Al parecer, distintos partidos y grupos se habían acercado a la Tercera Internacional y consideraban la posibilidad de adherirse a la misma sin que por ello se hubieran convertido en comunistas. La Tercera consideraba que la Segunda Internacional estaba muerta y los partidos “intermediarios” y los denominados “grupos de centro”, viendo la situación se esforzaban en apoyarse en la Internacional Comunista, pero queriendo conservar su autonomía que les permitiría proseguir su política “oportunista y centrista”. Era como si la Internacional Comunista estuviera de moda.
Estos deseos, confirmarían, en opinión de la Internacional Comunista que había conquistado la simpatía de la mayoría de los trabajadores “conscientes” del mundo, y era algo que crecía cada día. Pero la Internacional estaría amenazada, precisamente, por ese acercamiento, por la supuesta invasión de los grupos indecisos y vacilantes.
Además, había partidos, como el italiano y el sueco, muy destacados, que a pesar de su socialismo conservaban en su seno muchos elementos reformistas y “socialpacifistas”, que, en realidad, lo que buscaban era sabotear la revolución proletaria en ayuda de la burguesía y de la Segunda Internacional.
Por eso, ningún comunista debía olvidar la lección de la República Húngara de los Soviets. La unión de los comunistas húngaros con los reformistas había costado muy cara al proletariado de aquel país.
Era por todo esto por lo que el segundo Congreso veía la necesidad de fijar de forma precisa las 21 condiciones de admisión de nuevos Partidos, así como de indicar a dichos Partidos las obligaciones que les incumbían.
La primera condición estipulaba que la propaganda y la acción debían tener carácter comunista en conformidad con el programa y las decisiones de la Tercera Internacional. Los órganos de prensa debían ser redactados por comunistas en los que se tuviera total confianza y hubieran dado pruebas de estar consagrados a la causa del proletariado. En la información que se ofrecía no convenía hablar de dictadura proletaria como de una fórmula aprendida. La propaganda debía hacerse de manera que se entendiera la necesidad de dicha dictadura para todo trabajador, obrera, soldado o campesino. La prensa periódica y los servicios editoriales debían estar sometidos por entero al Comité Central del Partido, es decir que era inadmisible la autonomía de los órganos de prensa. En los periódicos, reuniones públicas, sindicatos, cooperativas y en todos los sitios a los que tuvieran acceso los partidos de la Tercera Internacional había que atacar sistemáticamente a la burguesía, pero también a sus cómplices, los reformistas.
Toda organización que deseara adherirse a la Internacional Comunista debía apartar de sus puestos de cualquier responsabilidad a los reformistas o “centristas”, siendo reemplazados por comunistas probados.
Como la lucha de clases estaba entrando en una fase de guerra civil los comunistas tenían que crear de forma paralela a la organización legal un organismo clandestino. Esta organización era fundamental en aquellos países donde por declaraciones de estados de sitio o por leyes de excepción los comunistas no pudieran desarrollar acciones legales.
El deber de propagar las ideas comunistas implicaba la absoluta necesidad de realizar una tarea de propaganda y una acción de agitación sistemáticas y perseverantes entre las tropas. Cuando no pudiera hacerse de forma legal habría que hacerlo de forma clandestina. Negarse a realizar esta tarea debería ser considerado como una traición al deber revolucionario, y era totalmente incompatible con la pertenencia a la Tercera Internacional.
La agitación era necesaria en el ámbito rural. La clase obrera no podía vencer si no estaba sostenida por los trabajadores del campo (jornaleros y campesinos pobres). La acción comunista en los campos adquiría, por lo tanto, una importancia capital. Negarse a cumplirla o confiarla a elementos reformistas era renunciar a la revolución.
Todo partido que quisiera pertenecer a la Internacional Comunista tenía del deber de denunciar al “socialpatriotismo” y al “socialpacifismo”. Había que demostrar a los trabajadores que sin haber derribado de forma revolucionaria al capitalismo nada podía preservar a la Humanidad de las guerras “imperialistas”, ni tribunales internacionales de arbitraje, ni debates sobre reducción de armamentos, ni ninguna reorganización “democrática” de la Liga de Naciones.
Los partidos de la Tercera Internacional tenían que reconocer la necesidad de romper completa y definitivamente con el reformismo. La acción comunista solamente era así posible. La Internacional era tajante en esta cuestión, no se podía discutir y tenía que realizarse en un plazo breve.
En los países que tuvieran colonias o hubiera “nacionalidades oprimidas” los partidos debían observar una conducta especialmente clara. Todo partido de la Internacional tenía el deber de mostrar qué significaba el imperialismo en las colonias, así como sostener todo movimiento de emancipación de las mismas, de fomentar entre los trabajadores de esos estados “imperialistas” el deber de la solidaridad hacia los trabajadores de las colonias y de las nacionalidades oprimidas, además de fomentar la agitación entre las tropas de las metrópolis.
Todo partido que deseara participar en la Tercera Internacional estaría obligado a seguir una propaganda constante y sistemática en el seno de todo tipo de organizaciones de las masas obreras, formando núcleos comunistas para hacerse con los sindicatos, y mostrar como la socialdemocracia (“socialpatriotas”) había traicionado a los trabajadores. Esos núcleos comunistas deberían estar subordinados al Partido.
Otro de los deberes, y en relación con el anterior, era del combatir a la Internacional de Sindicatos de Ámsterdam, considerada una organización amarillista. Había que luchar para que los sindicatos rompieran con la misma, y concurrir a la Unión Internacional de Sindicatos Rojos adheridos a la Internacional Comunista.
Los partidos de la Tercera Internacional tendrían la obligación de revisar la composición de sus grupos parlamentarios, apartando de los mismos a los elementos dudosos. Esos grupos debían estar completamente subordinados al Comité central del Partido. Todo diputado comunista debía dedicarse a la defensa de los intereses de la propaganda revolucionaria y de la agitación.
Los partidos debían organizarse bajo el principio de la denominada centralización democrática. En una época como la de ese momento, caracterizada por los comunistas como de guerra civil, el partido no podría cumplir su misión si no se organizaba de esa manera. Se trataba de una verdadera disciplina militar, en la que el Comité tendría amplios poderes, ejerciendo una autoridad indiscutida y gozando de la confianza unánime de los militantes.
Los partidos de los países donde los comunistas pudieran militar legalmente debían depurar su organización de forma periódica a fin de apartar de la misma a los elementos “interesados y pequeñoburgueses”. Los partidos debían sostener sin reservas a las Repúblicas Soviéticas en sus luchas con la contrarrevolución. Esa lucha se concretaba en conseguir que los trabajadores no transportasen municiones y equipos destinados a los enemigos de dichas Repúblicas, y proseguir con la propaganda entre las tropas enviadas.
Los partidos debían revisar sus programas socialdemócratas sin tardar y elaborar un nuevo programa comunista, adaptado a las condiciones de cada país, pero siempre bajo el espíritu de la Internacional Comunista. Esos programas debían ser confirmados internacionalmente. Si el programa no fuera confirmado el partido en cuestión tendría derecho a apelar al Congreso de la Tercera Internacional.
Las decisiones de los Congresos de la Internacional y los de su Comité ejecutivo serían de obligado cumplimiento para todos los partidos afiliados. En ese momento considerado, como hemos señalado, de guerra civil se hacía imprescindible la organización centralizada. Eso sí, tanto esos Congresos y el Comité tenían que tener en cuenta las condiciones diversas de los distintos países y procurar no adoptar resoluciones generales y, por lo tanto, obligatorias mas que en los casos posibles.
Los partidos que ingresaban en la Internacional debían cambiar su denominación, para pasar a ser partido comunista de…. (Sección de la Tercera Internacional Comunista). No se trataría de una cuestión de mera formalidad, sino de gran importancia política, porque la Internacional había declarado una guerra sin cuartel al “viejo mundo burgués” y a todos los “viejos partidos socialdemócratas amarillos”. Había que remarcar, por lo tanto, la diferencia entre los partidos comunistas y los viejos partidos “socialistas”, para que fuera más evidente para los trabajadores.
Los órganos de gobierno en la prensa de los partidos estarían obligados a publicar todos los documentos oficiales importantes de la Tercera Internacional.
Todos los partidos pertenecientes a la Internacional o que solicitasen su adhesión estarían obligados a convocar en un plazo máximo de cuatro meses después del segundo Congreso de la Internacional Comunista un Congreso extraordinario para pronunciarse sobre las condiciones.
En este sentido, además los partidos que quisieran adherirse, pero que no hubieran modificado su antigua táctica, debían previamente procurar que los dos tercios de los miembros de su comité central y de sus organismos fundamentales estuvieran compuestos por elementos que ya antes del segundo Congreso se hubiera pronunciado por la adhesión a la Internacional Comunista. Las excepciones a esta condición debían ser aprobadas por el Comité ejecutivo.
Los militantes del partido adherido que rechazasen las condiciones y tesis establecidas por la Tercera Internacional debían ser expulsados.
Hemos consultado el número 3724 de El Socialista, de 17 de enero de 1921.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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